Once científicos muertos, los ovnis y Donald Trump
El viernes por la noche, Antena3 Noticias se hacía eco de un caso insólito: “Estados Unidos investiga el misterioso asesinato o desaparición de once científicos. Todos trabajaban con información sensible y varios investigaban la vida en el espacio. Hasta ahora no existía una conexión oficial entre ellos, pero la prensa de Estados Unidos está empezando a atar cabos”. El titular no dice ninguna mentira: efectivamente la portavoz de la Casa Blanca ha comunicado la voluntad de investigar estos hechos y el mismo Trump ha asegurado que de aquí a una semana y media informarían de las conclusiones. Ahora bien, la mirada acrítica con que el informativo explicaba los hechos delata más voluntad comercial que periodística.El caso es, sin duda, muy jugoso: científicos muertos, información clasificada y ovnis. Un cóctel ganador. Pero los medios más rigurosos le están cogiendo distancia. Todo empezó con la desaparición del general retirado William McCasland a finales de febrero. Salió de casa equipado solo con un arma y ya no se ha sabido nada más. Podcasters y creadores de contenido en las redes empezaron a recopilar otros casos antiguos forzando los puntos en común entre ellos y fabricaron un patrón de manera retrospectiva, sin que existiera previamente. Construyeron un relato conspirativo basado en estereotipos: científicos que sabían demasiado, descubrimientos sobre la vida extraterrestre y eliminación de testigos. La historia se hace viral y, siguiendo el método del "embolica que fa fort" (enreda que hace fuerte), se le van añadiendo capas narrativas: China, secretos de estado y ovnis. Se crea una teoría de la conspiración tan perfecta que determinados medios de derechas norteamericanos no supieron resistirse a ella. Y ya tenemos un ecosistema mediático y social más potente que ha transformado unos casos aislados en una narrativa conspirativa muy atractiva. El relato funciona aunque los once casos sean de años diferentes y de profesionales muy diversos, interesadamente unificados bajo la etiqueta genérica de "tenían acceso a información clasificada". El ruido, por tanto, se amplifica a golpe de clic. Y, mira por dónde, tanto la Casa Blanca como Donald Trump acaban hablando de ello públicamente, comprometiéndose a investigarlo y a dar una respuesta. Una estrategia de comunicación política que permite conectar con públicos que normalmente desconfían de las instituciones. Proyectan así una sensación de control absoluto, mostrándose como un gobierno implacable que actúa ante hechos altamente extraños y aparentemente peligrosos. De paso, este presunto misterio de los once científicos muertos les permite desviar la atención de cuestiones mucho más importantes e incómodas que ya conocemos. Es muy posible que, en las semanas venideras, los medios de comunicación hablen de este caso de los once científicos muertos, pero es esencial la mirada crítica que desmenuce los detalles y las miserias: cómo la teoría pasa de los foros de internet a los medios de derechas y, de aquí, a la política institucional. Porque en vez de periodismo hay muchas ganas de dar gato por liebre.