Sobre los pederastas y los portavoces de 'La huida'
TV3 estrenó el martes una nueva entrega de La fugida, la serie documental que recoge los trabajos de investigación del periodista Guillem Sánchez sobre los abusos sexuales cometidos en entornos religiosos. En 2024 vimos una primera temporada. Pero cada emisión interpela a nuevas víctimas y, por tanto, también se denuncian otros agresores. Esta vez, los tres nuevos episodios (que encontraréis en la plataforma 3Cat) se centraron en casos vinculados a los Escolapios y a la Escola Pare Manyanet de Barcelona.Como siempre, las historias de las víctimas son devastadoras, y más cuando la impunidad de los abusadores y la connivencia de las instituciones que los amparan son flagrantes. La huida. Verdades ocultas provoca una indignación profunda.El trabajo de investigación es impecable: escucha y protege a las víctimas y busca voces acreditadas que den solidez a su relato. Quizás la necesidad de recrear escenas que aluden directamente a los episodios de abusos es lo que chirría un poco. A pesar de la prudencia de estas breves ficciones, incorporan un elemento morboso que hace inevitable plantearnos cuál es el objetivo de las dramatizaciones y si hay una necesidad real de incluirlas. Tener que recrear a un cura poniéndose una criatura en la falda quizás es demasiado.Guillem Sánchez consigue hablar con algunos de los agresores. Es especialmente impactante la escena en que intercepta al religioso Josep Blay saliendo de una escuela después de que los Escolapios hayan negado su proximidad con menores. También mantiene una conversación con el misionero Manel Sales en un autobús. Las excusas de mosquita muerta, las evasivas, la falta de memoria y las argumentaciones paternalistas de los agresores dan asco. Pero seguramente solo son la versión rudimentaria y torpe de una retórica y un cinismo que acaban siendo representativos de sus comunidades religiosas.Y aquí es donde entramos en la parte más escandalosa que denuncia Guillem Sánchez. Tanto Jordi Vilà, provincial de los Escolapios, como Borja Aitor Arriaga, portavoz de la Escola Pare Manyanet, quedan en evidencia en el documental. Hacen un ridículo clamoroso. Cuando se dice que la vergüenza ha de cambiar de bando es obvio que no solo ha de recaer en los abusadores, sino sobre todos aquellos que intentan protegerlos a través de un discurso lleno de confusiones, imprecisiones y argumentaciones engañosas. Ambos tuvieron que rectificar a posteriori afirmaciones hechas ante las cámaras. Vilà y Arriaga han quedado desacreditados como fuentes periodísticas con su papel de pacotilla. La historia del informático del Pare Manyanet es imprescindible para entender las estrategias de estas instituciones religiosas.Por otra parte, quizás habría que dejar de utilizar la jerga eclesiástica de “padre”, “hermano” y “comunidad” para aludir a los abusadores en documentales sobre abusos sexuales de la Iglesia, y decirles por su nombre y apellidos, sin eufemismos. Porque los términos religiosos enmarcan simbólicamente a estas personas e instituciones en una esfera que parece paralela a la de la sociedad civil, incluso más distante o elevada. Y, al fin y al cabo, ante la justicia son como cualquiera de nosotros. Aunque ellos no se lo piensen.