La Séptima, una rueda de hámster ideológica
El jueves se estrenó La Séptima, también conocida como Telesánchez. El logo de la cadena incluso comparte el rojo corporativo que identifica al PSOE. El ideólogo del planteamiento televisivo es José Miguel Contreras, que ya fue creador y fundador de La Sexta. No le ha hecho falta romperse la cabeza. La Séptima es como si entraras en un bucle de Al rojo vivo de La Sexta que se alarga durante todo el día, de doce del mediodía a una de la madrugada. No hay ni informativos. Es una tertulia eterna. Un único plató y una sola mesa. Las presentadoras se van pasando el relevo. Solo cambian los colores de los grafismos para que parezca otro programa, y los tertulianos. Unos tertulianos que, la inmensa mayoría, son los que ya vemos en las otras cadenas. Igual que en los inicios de La Sexta, la cadena se ha inspirado en el planteamiento visual de la Fox. Hay una evidente jerarquía de género en la distribución de los protagonistas. Todo gira alrededor de una figura masculina de referencia que lidera el proyecto televisivo. Javier Ruiz ocupa el prime time y es también el jefe de programas. El resto de la parrilla la comparten un elenco de mujeres presentadoras cortadas por el mismo patrón. Todas se ajustan a unos cánones de belleza hegemónicos, parecen seleccionadas no solo bajo criterios profesionales sino también estéticos y estilísticos. Un molde de inspiración instagramica que las convierte casi en figuras intercambiables. La Séptima proyecta una representación extraordinariamente limitada de cómo debe ser una mujer ante la cámara. Con los rostros masculinos no existe la misma exigencia física.
Javier Ruiz abría la emisión dirigiéndose a los espectadores y enseñando las entrañas de la cadena: “No ha sido fácil. No nos lo han puesto fácil, pero ya estamos aquí”. Anunciaba los dos ejes fundamentales del canal: el directo y la honestidad periodística. Y, con una demagogia inaudita, hacía una petición a la audiencia: “No dejen que nos convirtamos en todo aquello que hemos venido a combatir. No dejen que nos convirtamos en todo lo que hemos venido a cambiar”. Una propaganda de su diferencia que, en realidad, no tiene ninguna singularidad. La Séptima es una maquinaria de construcción de opinión permanente: “Venimos a cambiar puntos de vista, a cambiar la conversación, a pluralizar el debate”. Prometen dar “otra honestidad a la profesión”, que es un eufemismo digno de un premio de malabares periodísticos. Más allá de su vacío, delata un gusto por tergiversar conceptos elementales del periodismo. Es una fórmula retórica para vender un supuesto compromiso ético, pero, a la vez, hace de la honestidad una simple impostura publicitaria. “Aquí, el dato va a matar el relato”, afirmó Ruiz desde una cadena de debate perpetuo.
La Séptima, aparte de desconfigurarnos el mando a distancia, es como una rueda de hámster creada a la desesperada para intervenir en la campaña electoral y preparada para afrontar un cambio de ciclo político. Un engranaje ideológico que tiene aspiraciones de movilizar al electorado. José Miguel Contreras ha dicho que es una nueva manera de hacer televisión, pero en realidad es el sistema de siempre para construir relato político.