Zapatero y los tertulianos de guerrilla

José Luis Rodríguez Zapatero, entrevistado en Onda Cero por Carlos Alsina, ha criticado que la emisora tenga contratada a Ketty Garat, de The Objective, como tertuliana. Resulta antipático ver a un expresidente criticando ad hominem a una periodista, por mucho que le resulte incómoda y hostil. Si ha publicado alguna información falsa, tiene instrumentos legales a su alcance para buscar una rectificación o, en su caso, una indemnización. La queja pública, incluso aunque esté cargada de razones, resulta estéril y contraproducente, y hoy toda la galaxia del medio alimentaba el clásico martirologio que entonan esta tipología de digitales agresivos. La fórmula es conocida: mientras lloran y se hacen los perseguidos, van fustigando a sus enemigos políticos desde tribunas de lujo con dossieres de procedencia dudosa que demasiado a menudo acaban en nada.

Ahora bien, dicho esto y más allá de este caso concreto, la presencia de determinadas voces en las tertulias es claramente una anomalía funcional del sistema mediático (que ciertamente no se resolverá con míster Talante frunciendo sus icónicas cejas ante un micrófono de radio). Bajo la noble etiqueta del debate dialéctico desde sensibilidades opuestas lo que los grandes medios ofrecen no es la búsqueda de los grises desde el relato poliédrico sino un espectáculo lamentable donde determinados perfiles actúan como cuasi portavoces de los partidos. Zapatero habría podido iluminar este problema sin centrarse en un nombre, sino en el fracaso estructural. Y verbalizando que también la izquierda se ha dotado de tertulianos de guerrilla. Ahora bien, la solución —que nunca llegará, no soy iluso— debería venir del gremio. Son los periodistas que siguen los estándares del oficio quienes deberían negarse a participar en depende qué circos y al lado de depende qué trabucaires de la opinión. Nadie, claro, dará el primer paso.