La dulzura de San Dionisio

La 'mocadorà', una tradición valenciana hecha de mazapán, historia y amor

6 min
La 'mocadorà' reúne las tradicionales frutas de mazapán y las figuras de la 'piuleta' y el 'tronador', dos de los elementos que forman parte del imaginario de esta tradición valenciana.
Joan Baixeras
07/10/2026 - 20:00 h

Con la llegada de octubre, las calles comienzan a perder los colores del verano. Los árboles ya han dejado caer las primeras hojas, las tonalidades ocres y terrosas ganan espacio y las rutinas vuelven a ocupar los días. El otoño tiene algo de estreno y de pausa a la vez: mientras retomamos el curso, quizás también miremos un poco atrás.

Pensemos en los meses que han pasado, en los lugares donde hemos estado y, sobre todo, en las personas que han estado con nosotros. Las que han compartido los días extraordinarios y también los más sencillos. Las que continúan cerca y las que, por un motivo u otro, querríamos volver a tener al lado.

Es precisamente en medio de esta sensación de añoranza que hay rincones del País Valenciano donde, a principios de octubre, la estación se resiste a perder el color. Los escaparates de las pastelerías se llenan de frutas de mazapán: naranjas, limones, cerezas, fresas y calabazas aparecen ordenadas en los mostradores, modeladas con tanta precisión que parecen recién recolectadas. A su lado, las figuras de la piuleta y el tronador recuerdan una fiesta antigua, cuando la pólvora perfumaba las calles y los petardos rompían el cielo.

Este paisaje de colores, formas y sabores es el resultado de una costumbre que cada 9 de octubre vuelve a poner el amor en el centro de la fiesta. La historia de la mocadorà, sin embargo, no se puede explicar como una tradición nacida entera en un único momento. Es el resultado de diversas costumbres que se encontraron alrededor de una misma celebración. Entre el recuerdo de un territorio, la pólvora, el mazapán y la costumbre de regalar, acabaría tomando forma la mocadorà de San Dionisio.

El rastro de una celebración enmudecida

Para entender cómo nació hay que remontarse a la fecha misma. El 9 de octubre es una jornada vinculada a la historia de la ciudad de Valencia: el año 1238, Jaime I entró en la ciudad después de la conquista y, con los años, aquella jornada se convirtió en una celebración de carácter público. El primer centenario, en 1338, dio lugar a actos conmemorativos y, finalmente, la fiesta fue adquiriendo una dimensión anual vinculada también a San Dionisio. La pólvora y los cohetes ocuparon en ella muy pronto un lugar destacado, hasta el punto de que la víspera de la fiesta las calles y edificios de la ciudad podían llenarse de petardos y espectáculos pirotécnicos.

Durante siglos, aquella celebración vivió en la calle. Pero después de la guerra de Sucesión, los Decretos de Nueva Planta de Felipe V prohibieron la conmemoración pública del 9 de octubre y, con ella, los actos que la acompañaban. La fiesta perdió su expresión oficial, pero algunos de sus símbolos encontraron otras maneras de sobrevivir. La memoria pasó a las casas y a los obradores, y aquello que había formado parte de una celebración pública empezó a tomar formas más pequeñas y domésticas.

Estatua ecuestre de Jaime I en Valencia, en recuerdo del rey que entró en la ciudad el 9 de octubre de 1238, fecha que se encuentra en el origen de la celebración valenciana.

Según una de las explicaciones más extendidas sobre el origen de estas figuras, los confiteros valencianos habrían reproducido en mazapán algunos de los petardos que habían desaparecido de las calles. La piuleta y el tronador quedaron así convertidos en dulces: dos formas que recordaban a la pólvora sin necesidad de encender ninguna mecha. El fuego había desaparecido del cielo, pero sus símbolos todavía podían reposar sobre un mostrador de pastelería. Con el tiempo, estas mismas piezas han recibido también otra lectura: la de ver en ellas una alusión a los cuerpos masculino y femenino. Una interpretación que ha arraigado en el imaginario popular de la mocadorà y que dota al conjunto de un sentido todavía más íntimo.

Junto a estas figuras aparecieron las frutas de mazapán, inspiradas en los productos de la huerta valenciana. Naranjas, limones, cerezas, fresas o calabazas convertían la pasta de almendra en un pequeño paisaje comestible. Según la tradición, estas piezas evocaban la fertilidad de la huerta valenciana y recordaban la ofrenda de frutas y hortalizas que el pueblo hizo a la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I. Un regalo reservado durante mucho tiempo a ocasiones especiales y vinculado progresivamente a la celebración de San Dionisio.

La manera de presentar estos regalos también ha ido evolucionando. El pañuelo de tela se convirtió en el envoltorio tradicional de los dulces de mazapán y acabó dando nombre a la costumbre. Hoy, sin embargo, también es habitual encontrarlos dispuestos sobre piezas de cerámica de Manises, vinculadas a la tradición artesanal valenciana. La mocadorà ha ido incorporando, así, nuevas formas de presentarse sin perder lo esencial: reunir los dulces y ofrecérselos a alguien querido.

Un nuevo santo para los enamorados

San Dionisio ya tenía una historia propia mucho antes de convertirse en patrón de los enamorados valencianos. Dionisio es venerado por la tradición cristiana como uno de los primeros evangelizadores de la Galia y como el primer obispo de París. La tradición explica que, en el siglo III, fue decapitado junto con sus compañeros, Rústico y Eleuterio. Entonces recogió su propia cabeza y continuó caminando mientras predicaba hasta caer allí donde más adelante se levantaría la basílica dedicada al santo. De esta figura de fe y perseverancia quedó la devoción; de la coincidencia de fechas con la fiesta valenciana, nacería, siglos después, un patronazgo mucho más terrenal.

Los dulces que se preparaban para la jornada del 9 de octubre acabaron convirtiéndose en presentes para las personas queridas, hasta que la costumbre adquirió una dimensión propia: regalar figuras de mazapán a alguien especial. Lo que había comenzado como un producto asociado a las ocasiones señaladas encontró así una nueva manera de expresar afecto.

San Dionisio de París, representado con su propia cabeza entre las manos, en un detalle del portal de la Virgen de la fachada occidental de la catedral de Notre-Dame de París.

El pañuelo, sin embargo, todavía tardaría en llegar. El nombre de mocadorà, para referirse al conjunto de dulces envueltos con esta pieza de ropa, es posterior y se consolida en el siglo XIX, cuando este trozo de tela se convierte en uno de los soportes habituales del regalo. La costumbre añadía una segunda parte al presente: después de comerse el mazapán, quedaba la tela como recuerdo.

Con los años, la costumbre de regalar estas piezas de mazapán se consolidó y arraigó sobre todo en las pastelerías de Valencia y localidades cercanas. La tradición ha ido adaptando sus formas y presentaciones, pero el gesto de fondo no ha cambiado: regalar dulces en señal de estima.

Cuando el amor se envuelve

Hay una cierta intimidad en el momento de entrar en una pastelería a buscar una mocadorà. Porque su verdadero valor no está tanto en el dulce del mazapán como en el pensamiento que lo acompaña: saber a quién se llevará, imaginarle la cara al recibirla. Nada más sencillo, y nada más difícil de explicar.

No es casualidad que esta costumbre se haya acabado asociando a San Dionisio, patrón de los enamorados valencianos. Igual que el santo continuó caminando con la cabeza entre las manos, sin dejar de hacer aquello que se había propuesto, el amor también es, muchas veces, una cuestión de constancia: la de alguien que, año tras año, repite un gesto que ya sabe que hará feliz a la otra persona.

Los dulces se acaban, los colores se desdibujan y los días pasan, pero a menudo queda el pañuelo doblado en un cajón, guardado sin saber muy bien por qué. Un único testimonio de aquel instante en el que alguien, un 9 de octubre, pensó en nosotros.

Quizás la mocadorà ha sobrevivido a tantos siglos y a tantas cosas por una razón bien sencilla: al fin y al cabo, amar es encontrar a alguien ante quien no haga falta esconder nada y con quien podamos sentirnos vulnerables. Alguien que se convierte en refugio cuando los días pesan, en calma cuando todo va deprisa, y con quien lo único que duele es tener que separarse. Cada 9 de octubre, sin embargo, la historia vuelve a empezar: hay quien entra en una pastelería, elige un pañuelo lleno de mazapán y lo lleva a alguien a quien ama. No hace falta decir nada más: basta con dejarlo en las manos de quien amamos.

stats