Huérfanos de padre, ciudadanos generosos

"¿Crees que a las víctimas nos importa quién ha ganado? Lo importante es la paz"

Antoni Bassas
28/02/2016

Bilbao"ETA mató a mi padre delante de mí. Yo tenía 16 años. Me estaba acompañando a la parada del autobús para ir a la escuela. Estábamos dentro del coche, parados en un semáforo en rojo. Alguien vino caminando por detrás y le disparó. Desde ese día y durante muchos años, cada vez que paraba en un semáforo me temblaban las manos. Hubo una temporada en la que ni siquiera podía intentar sacarme el carné de conducir. Iba por la calle y oía pasos detrás de mí. Fueron épocas muy duras".

Después de aquella mañana de 1993, José Goikoetxea estuvo en tratamiento psicológico. Aquel crimen de ETA causó una gran impresión porque el padre de José era sargento primero del Erzaintza y militante del Partido Nacionalista Vasco. José no entendía nada. Incluso un día, en el instituto, una novia suya recibió una carta con el sello de ETA advirtiéndole que dejara a José. Era falsa, o sea que, encima, alguien se permitía continuar haciéndole daño con su dolor.

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"Éramos una sociedad enferma. Estábamos comiendo y en la tele explicaban que ETA había matado a alguien y lo veíamos como algo normal. Yo ni siquiera dejaba llorar a mi madre. Me siento mal conmigo mismo por haber pensado así, pero de estas cosas no se hablaba ni nos preguntábamos el porqué. Justificábamos la violencia".

José es un muchachote que habla con voz de tenor de orfeón y con esa rotundidad tan vasca: "Sé que el asesino de mi padre murió al año siguiente en un tiroteo con la policía y que los otros dos cómplices fueron a la cárcel, pero no lo sigo, ni quiero saber nada, porque el desconocimiento te da calma. Mucha gente me pregunta que por qué no me quiero vengar. Pero ¿sabes qué pasa? Que yo, con el odio, no perjudico a nadie. Por más que te odie a ti, tú no tendrás dolor de cabeza. Cuando entiendes esto, dejas el odio al margen".

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Eraikiz, mezclar para no mezclar

José Goikoetxea tiene 39 años y, como su padre, también es policía. Hace cosa de cinco meses firmó el documento constitutivo de Eraikiz (edificio en euskera), un grupo formado por familiares de personas asesinadas por el terrorismo de diverso signo. Piden a la sociedad y a los partidos "que no tengan prejuicios y reconozcan la pluralidad de las víctimas como reflejo de la pluralidad de la sociedad vasca". Entre los firmantes están Marta y Sara Buesa, hijas de Fernando Buesa, vicelehendakari socialista a quien ETA mató haciendo estallar un coche bomba en el 2000, y Pili Zabala, hermana de José Ignacio Zabala, miembro de ETA secuestrado, torturado, asesinado y enterrado en cal viva por los GAL en 1983.

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"Más que una petición de perdón, lo que nos gustaría oír es que todo el mundo reconoce que aquella violencia estuvo mal. Y no mezclar a víctimas y política".

Pero quizás los ideales por los que lucharon las víctimas siguen siendo importantes en las respectivas familias, le pregunto. "Lo importante es la paz. ¿Tú crees que a las víctimas nos importa quién ganó y quién perdió? Los ideales no están por encima de nuestros hijos".

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"No hace falta que nadie me pida perdón, basta con que no se repita"

"Teníamos a los GAL debajo de casa, vigilando a nuestro padre. Los veíamos. Ya habían cometido atentados, pero si avisabas a la policía te contestaban que estar parado en la calle o sentado dentro de un coche aparcado no era delito. Mi padre se refugió en San Juan Lohitzune, pero lo fueron a matar allí, en Iparralde [el País Vasco en territorio francés]. Tenía 40 años. Yo tenía 18". Era marzo de 1985.

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Karmen Galdeano es abogada. Trabaja en la secretaría de una ikastola y todavía se encuentra a gente que le habla con afecto "de mi aita [padre]", Francisco Javier Galdeano, periodista que había fundado el diario Egin. Arrastra una secuela: "Antes de que mataran a mi aita, el teléfono sonaba a media noche. Cuando lo cogíamos, colgaban. Supongo que era la policía. Desde entonces, mi hermana y yo no podemos soportar que suene el teléfono de noche. Incluso a mi hija le tengo dicho que si no tiene que venir a dormir, que no me llame, que mejor que me envíe un whatsapp".

La trinchera ideológica

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Karmen admite que durante varios años vivió en una trinchera ideológica: "Era para poder sobrevivir. Tú sabías que había otro que también sufría, pero lo vivías desde tu subjetividad, y si te decían «Sí, pero ETA mata», contestabas «Sí, pero el estado tortura», y era un «Y tú más, no tú, tú más muertos...» Al final parecía una competición para ver quién era más malo. Y en las concentraciones políticas, en las calles, en las plazas, cada uno se ponía detrás de su pancarta".

Pero el paso de los años y el anuncio de cese definitivo de la actividad armada de ETA, en octubre de 2011, cambiaron las relaciones: "Ahora salgo con gente de la ikastola y canto en una coral, y nos decimos: «¿Pero cuántos años hemos estado sin mirarnos a la cara unos a otros sólo porque tú eras del PNV y yo no...?» Hemos vivido un absurdo. Incluso me he reunido con familiares de víctimas de ETA. El primer día suele ser dramático. Fuimos a comer, y no pensaba que pudiera hacerlo algún día. Quizás los vascos somos ariscos y nos cuesta abrirnos. Pero escuchas y te escuchan. Y empiezas a sentir respecto, desde el dolor. No es necesario que te hagas amiga íntima de nadie, sólo hace falta que reconozcas al otro, avanzando en la empatía, construyendo puentes. ¿Quién puede negar el sufrimiento en todos los bandos?"

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A Karmen hay una palabra que no le gusta nada, víctima, probablemente porque ha estado mediáticamente asociada sólo a las víctimas de ETA que reclaman un final con vencedores y vencidos: "A veces veo víctimas por la tele y pienso: «Pero ¿cómo se puede vivir con ese odio por dentro?». Yo no podría".

Karmen lo pasó mal durante la entrevista: "Me supone un desgaste. Y los hay que se hunden. Pero no quiero estar como las víctimas del franquismo ahora, que están abriendo fosas al cabo de ochenta años. No podemos estar llorando siempre. No tenemos derecho a aburrir a los jóvenes que no lo han vivido. Y no hace falta que nadie me pida perdón. Basta con que no se repita. Nos queda mucho, pero si nosotros hemos podido avanzar, ¿la sociedad no será capaz de hacerlo?"