Patrimonio de agua dulce

A ver quién sabe primero... de qué pueblo de Catalunya son "los paellones"

El Museo de los Almadieros

09/08/2025

Tiempo atrás, el transporte de madera desde el Pirineo hasta las tierras llanas y el mar se realizaba por vía fluvial. La aventura empezaba en el bosque. Era el trabajo de los picadores, que talaban los árboles y acto seguido, ayudados por encuentros, llevaban los troncos hasta el agua. Luego era cosa de los almadieros, que hacían con los troncos una plataforma flotante –la balsa– que conducían río abajo hasta el destino. "Las ganancias de los almadieros podían llegar a triplicar las de los campesinos. Era un buen trabajo; en los siglos XVIII y XIX buena parte de la población de Coll de Nargó se dedicaba", me explica Emili Molins, miembro de la Asociación de Almadieros de la Ribera del Segre, galardonada con la Creu de Sant Jordi.

"Era un oficio muy familiar y jerarquizado. Había el delantero –el que iba delante; era el experimentado– y el colista –el que iba detrás; era el aprendiz– (cada uno con un remo, que más que para avanzar era para guiar)", explica Emili. Era un trabajo arriesgado, sí, pero no hay constancia de muertes (sí de heridos). Y totalmente masculina. La mujer se quedaba en casa, a cuidar a los hijos, al huerto... y mucho más de lo que te puedas imaginar. En Coll de Nargó está la Fuente de la Mujer del Raier, que las homenajea.

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He llegado un cuarto de hora después de la hora acordada en el Museu dels Raiers –no he calculado el tiempo para aparcar; es imposible hacerlo donde se encuentra el museo, en la parte vieja de Coll de Nargó– y me he encontrado a Emili barriendo. Situado en la capilla del Roser, es un museo pequeño pero apretado. Emili dedica voluntariamente horas y horas para mantenerlo listo para las visitas.

La balsa era tanto vehículo como mercancía. Sólo tenía un viaje de vida. Cuando llegaban a su lugar de destino –habitualmente iban varias balsas juntos–, en la llanura, en el Ebro o en el mar, se desmontaban y la madera de la que estaban hechos era vendida. Como si un transportista se vendiera un camión que viene de Alemania cuando llega al destino. Algunos bajaban mercancías –aceite, fruta, carbón...–, pero esto era excepcional, y también podían llevar a personas en algunos tramos. Normalmente la balsa iba sin ninguna carga.

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"Los almadieros no eran los propietarios de la madera que transportaban, sino asalariados del empresario carpintero, que les pagaba un sueldo según el trayecto o encargo que les daba", me cuenta Emili mientras oigo el sonido del agua bajando por el río –es la banda sonora del museo.

De repente Emili coge una sartén con un mango larguísimo y me dice: "Coge este paellón. Es lo que llevaban los almadieros para cocinar (a orillas del río, no en la balsa). Por eso a los almadieros de Coll de Nargó –y por extensión a los habitantes de Coll de Nargó– se les llamaba «los paellots». A menudo pasaban hambre, y suerte de las truchas de río, y de la maurada (torta que "dura mucho tiempo", y que no se corta con cuchillo; la vas rompiendo siguiendo las marcas; se vende de vez en cuando en la pastelería Reig de Coll de Nargó). Se dice que algunos almadieros hacían juegos para ver quién se comía qué (lagartos, babosas...).

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Me llama la atención un panel donde existe un "catálogo" de maderas largas y horizontales, con las medidas de cada una. Buena parte de los troncos de los rais –básicamente de pino– ya bajaban preparados para su función: vigas para casas (el Eixample de Barcelona se hizo con la madera que venía de Coll de Nargó. Mira, un posible titular para este reportaje... pero ya he elegido otro), palos para las velas de los barcos... española sufrió muchos naufragios en el Caribe a causa de una serie de huracanes. Hubo que construir nuevos barcos. "¡Esto rai!", pensaron los de Coll de Nargó, y bajaron rais y más rais para hacer nuevos barcos para la armada.

"El año veintisiete fue el último que se quitó madera del río. Allavons vinieron los camiones", leo en uno de los paneles del museo. Son palabras de uno de los almadieros que indican la fecha en la que este oficio se acabó. Las carreteras y los camiones –y los embalses, la estocada definitiva– les sentenciaron a muerte.

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Me voy del museo habiendo aprendido un montón de palabras: escuadrar (hacer los troncos cuadrados, ya que debían ser vigas), barranquear (hacer bajar los troncos sin atar por torrentes y rieras, en pasos difíciles; la balsa no se montaba hasta que el río no era lo suficientemente ancho y caudaloso), goza (hacer un reconocimiento del estado del río antes de poner la balsa en el agua), alpargatar (volver caminando a casa, con alpargatas de esparto), redorta (rama de abedul que ataba los troncos de la balsa –en el museo podréis ver–)...

Finalmente, Emili me propone dar una vuelta por el pueblo. Pasamos por debajo puente de una casa que, para ganar espacio, debe crecido hasta la capilla del Roser. Vamos hasta otro templo, más antiguo (prerrománico y románico). Es la magnífica iglesia románica de Sant Climent, situada en la llanura. Antes, asomamos la cabeza al mirador del Cabo del Roc, donde tenemos una espléndida vista sobre el Segre y la cola del pantano de Oliana. "¿Ves ese puente sobre el río? –me dice Emili–. Es el puente de Espia. De ese puente lanzaron al río, atado con una roca, el conde de España, un déspota, que participó en la Primera Guerra Carlista".

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Un transporte fluvial ancestral

"Los estudiosos sitúan el origen de los rais en la época romana. Pero probablemente su origen debía de ser aún mucho más antiguo. De lo que no cabe duda, sin embargo, porque tenemos datos escritos, es que la actividad raiera ya estaba muy viva en la Cataluña de la Edad Media", explica el historiador Marcel Fité, que ha estudiado a fondo el mundo de los almadieros.

El transporte a través de balsas, en tiempos retranqueados, no era una actividad exclusiva de los ríos pirenaicos. Pere Gil, enGeografía de Cataluña(1598), nos informa que “Por los Ríos de Llobregat, y Ter, y Segre baja mucha madera. partes de España...".