29-N: con antifascismo no hay suficiente
Una de las perlas de sabiduría de la Ética de Baruch Spinoza es la idea de que "Una emoción no puede ser frenada ni destruida sino por una emoción contraria y más fuerte que la emoción que se quiere frenar". Creo que es la frase que más repetiré para orientarme en esta campaña electoral tan confusa que nos espera. Porque pronto hará un par de décadas que la única respuesta del sistema a la ruptura del contrato social es plantear el debate político como una lucha entre la racionalidad de los expertos y los partidos de centro y la locura de los extremistas. Y, naturalmente, los extremos no han parado de subir. Siguiendo a Spinoza, la única manera de salvar la democracia (o, mejor dicho, restaurarla) es dejar de identificarla con la racionalidad displicente y recuperar su núcleo escandaloso y radical.
No hay política sin emociones porque la política no es lo mismo que la gestión. Gestionar es canalizar los medios para un fin que ya se ha decidido, pero hacer política es decidir colectivamente cuál debe ser ese fin, que siempre es una apuesta incierta por un futuro diferente que resuelva las contradicciones del presente. Pero, si hay contradicciones en el presente, y volverá a haberlas en el futuro, es porque las sociedades humanas son un campo abierto con intereses y valores imposibles de reconciliar en una utopía. La política nos excita y nos implica porque el orden social nunca está cerrado del todo, y al abrirlo en una dirección u otra nos va la vida en ello.
La contradicción del sistema que nos ha abocado a las crisis actuales es propia del tipo de capitalismo que hemos acabado llamando neoliberal. Pensábamos que una cierta combinación de globalización, libre mercado e individualismo nos haría cada vez más ricos y prósperos, pero resulta que aquello que al principio parecía que funcionaba, ahora nos está haciendo cada vez más pobres y desapoderados. Y, cuando la promesa de crecimiento perpetuo ha dejado de ser creíble, la nueva derecha ha irrumpido con la propuesta de intentar salvar los pocos muebles que nos quedan excluyendo a los inmigrantes del reparto de las migajas. No hace falta decir que podemos señalar que esta fantasía es una trampa porque no sirve de nada castigar a los más débiles que tenemos en casa en vez de organizarnos juntos en una mayoría que presione para cambiar el modelo económico que nos ha fallado. Pero lo que hay que repetirse una y otra vez es que la caída de las derechas clásicas ante las neorreaccionarias que tantos mandarines lamentan no es la sustitución de un modelo racional por uno ilógico, sino de la fe en el mercado por la fe en la pureza nacional.
Contra la disyuntiva entre recauchutar el centrismo neoliberal fallido y entregarse al neofascismo, existe la alternativa de luchar por la democracia. El problema es que, en vez de dar la opción al ciudadano de desentenderse de la cosa pública y delegar las cosas en la autoridad de los mercados, la raza, la nación o el líder supremo, la democracia no ofrece consuelo. Se suele presentar la democracia como el sistema más estable, pero la paradoja es que la democracia es estable solo cuando abre las puertas a un exceso permanente, al deseo imposible de satisfacer de que el sistema esté a la altura de la promesa de igualdad radical entre ciudadanos que separa la democracia del resto de sistemas. La democracia que se apoya en políticos profesionales, burócratas y expertos se convierte en una nueva forma de esclavitud.
Otra paradoja es que, justamente porque es la forma de organización política más exigente, también es la que puede convocar las emociones más fuertes. Ser ciudadanos informados, vigilar el poder, participar en las decisiones y establecer lazos de solidaridad con los que son diferentes a nosotros es muy cansado. Pero, como sabrá cualquier persona que participara en el Procés y el 1 de Octubre, aquella potencia política no salía de imaginarnos qué haríamos con dinero que ganaríamos suprimiendo el déficit fiscal, sino del hecho de que todos estábamos dispuestos a salir de la pasividad y a arriesgarnos para cambiar las cosas. Las ideologías reaccionarias movilizan sentimientos de pertenencia fortísimos, pero, a la vez, nos piden que fabriquemos un enemigo interno que, en el fondo, todos sabemos perfectamente que podría ser nuestro aliado. Las revoluciones radicalmente democráticas como la que vivimos en el Procés pueden llegar más lejos porque rechazan esta pequeñez y se abren a todo el mundo.
El gran problema de las elecciones que tenemos delante es que la dialéctica entre fascismo y antifascismo no tiene suficiente alcance. Por un lado, Pedro Sánchez ha interpretado el momento como si hubiera leído a Spinoza: sabe perfectamente que la vieja receta no funciona y que, para ganar, hace falta excitar el compromiso político de los ciudadanos y hacerles sentir que luchan por algo más (si después de tantos años en la Moncloa tiene más o menos credibilidad, ya es otra cosa). Por el otro, después de una campaña del tipo "si tú no vas, ellos vuelven" como las que siempre hace el PSOE, si llegas al poder ya no sientes la obligación de hacer nada más y puedes reinstalarte en las viejas recetas.
En cambio, en las luchas de los sindicatos de vivienda por recuperar el control democrático sobre los mercados hay una agenda que no se agota impidiendo que las derechas lleguen al poder, sino que moviliza a todo el mundo contra las promesas incumplidas de todos los gobiernos, tengan el color que tengan. Naturalmente, un servidor no tiene ni idea de si este caldo de cultivo político que estamos viendo en las calles triunfará donde fracasaron sus predecesores. Lo que sí tengo claro es que, para salvar la democracia, no basta con la alternancia electoral entre los partidos actuales, y menos aún con llamar a la gente a recuperar el orden y la confianza en los expertos del viejo sistema. La tentación reaccionaria es emocionalmente fortísima; una alternativa radicalmente democrática lo sería aún más.