29-N: realidades y ficciones
1. Las elecciones previstas para el próximo 29 de noviembre no son la consecuencia de un hecho concreto (los decretos exprés sobre la vivienda) sino de un gobierno inviable al menos desde los hechos de Ceuta de finales de julio, que a día de hoy todavía no se han solucionado. Si Junts y el PNV hubieran dado apoyo a unas leyes que, por otra parte, se pueden aplicar provisionalmente, la precariedad parlamentaria sería la misma. En este sentido, que las elecciones fueran el 29 de noviembre o dentro de pocos meses, el año 2027, cuando tocaba, es irrelevante. La dramatización del adelanto, así como su interpretación política sobreactuada, forma parte de una estrategia electoral legítima. En cualquier caso, solo es eso: una estrategia electoral que teóricamente favorece al PSOE y a los partidos que le dan apoyo parlamentario. De momento, ninguna encuesta augura que esta expectativa equivalga a una victoria.
2. Pedro Sánchez ha gobernado con el apoyo de Junts y del Partido Nacionalista Vasco. Continuar repitiendo que la suma parlamentaria que le ha sostenido era "un proyecto de izquierdas" es objetivamente ridículo. En cambio, es innegable que la suma del PP y Vox representa la derecha pura y dura, y que si ganan, cosa nada improbable, actuarán de acuerdo con sus ideas. El gobierno de Pedro Sánchez ha tenido el apoyo de formaciones muy diversas. Cada una le ha dado apoyo por razones que son cualquier cosa menos homogéneas. Las razones del independentismo catalán, las del populismo de izquierdas español o las de otros grupos se parecen como un huevo a una castaña. Entre el PP y Vox, en cambio, existe una continuidad ideológica evidente. Las ideas son más o menos las mismas, pero el lenguaje y el tono son diferentes (por ejemplo, en relación con la cuestión de la inmigración, donde Feijóo evita emplear el registro de Abascal).
3. Los votantes conocen cómo funciona la actual coalición parlamentaria en torno al PSOE; a escala autonómica, también saben perfectamente a dónde lleva la suma del PP y Vox (y la vuelven a votar). Todo ello es más importante de lo que parece: apostar por unos o por otros no implica ya ninguna incertidumbre. Todo el mundo sabe a qué atenerse.
4. A lo largo de los casi ocho años de gobiernos del PSOE liderados por Sánchez, o de los ayuntamientos de izquierdas en Barcelona, la situación de la vivienda en el estado español ha empeorado hasta niveles nunca vistos. Con esto no estoy diciendo, ni siquiera insinuando, que la responsabilidad –en términos causales– sea suya. El problema de la vivienda tiene un alcance europeo y deriva de hechos muy diversos. Ahora bien, en el caso de la alcaldía de Ada Colau, por ejemplo, no se produjo ninguna medida que ayudara a mitigar o suavizar sustancialmente el problema. Tampoco ha pasado en el Madrid de Ayuso/Almeida, ni en ningún otro ayuntamiento grande. Todo ello hace pensar que si quieren colocar la cuestión de la vivienda en el centro del debate electoral el tiro les puede acabar saliendo por las respectivas culatas. En la entrevista que TVE le hizo unos días antes de su desahucio (está colgada en la web oficial de la emisora), Maricarmen Abascal culpaba con claridad, y en este orden preciso, a Pedro Sánchez, Ayuso y Almeida de su problema. Cuidado, pues, porque las demagogias habitacionales las carga el diablo.
5. La cuestión del liderazgo resulta también relevante para contextualizar los próximos comicios. La figura de Pedro Sánchez está muy erosionada en España, pero en el ámbito internacional el político madrileño tiene unas expectativas magníficas. Se ha sabido hacer un hueco gracias, entre otras cosas, a haberse enfrentado inteligentemente a Trump. Feijóo, en cambio, es consciente de que esta es su última oportunidad, y supongo que eso le genera una cierta angustia. Por otra parte, su discurso monótono y previsible no parece muy estimulante. Creo, en todo caso, que lo que acaba decidiendo un voto no es la oratoria del candidato.
6. Ni las elecciones del 29 de noviembre, ni otras que se celebren ahora mismo en Europa o en América, resultan inteligibles sin tener presente un profundo cambio de mentalidad, en general de carácter reactivo, relacionado, al menos, con tres factores: el empobrecimiento de la clase media, el flujo migratorio y el modelo de familia. Quienes hacen abstracción de ello siempre terminan equivocándose (pero nunca rectifican): "Milei se hundirá", "Lula lo tiene ganado", "En los países escandinavos esto no puede pasar", etc. Es comprensible que este cambio de mentalidad se quiera confundir acomodaticiamente con un cambio ideológico. Son cosas relacionadas, pero de ninguna manera iguales. A diferencia de las ideologías, las mentalidades tienen un recorrido subterráneo y lento, pero a la vez estable.