Se acaba el auge de la extrema derecha?

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Un colegio electoral en Atlanta, Estados Unidos.
07/11/2026 - 18:06 h
Socióloga

El sonoro bofetón a Trump, el triunfo de Lula, los cambios en Bulgaria y los disturbios juveniles por toda Europa son buenas noticias. Parecen anunciar que el crecimiento de la extrema derecha se detiene, frenado por su propia furia y omnipotencia. He de decir que, personalmente, era mi hipótesis más optimista; mientras estos partidos se presentaban como una alternativa a los partidos democráticos que durante años han tenido la hegemonía, que claramente se han desgastado en el poder y, sobre todo, han perdido poder a causa del crecimiento de las multinacionales, podían canalizar la esperanza de muchas personas que se han ido empobreciendo en esta etapa de capitalismo tóxico. Pero la prisa de la extrema derecha por cambiarlo todo, por imponer su ley del más fuerte, ha sido tanta que muy rápidamente la población ha comprendido qué es lo que pretendían y está reaccionando y buscando otras alternativas.

Es lo mejor que podía pasar: que rápidamente actuaran de manera que se viera cuál es su cara real. Ahora bien, ¿podemos pensar que con el debilitamiento o la desaparición de estos líderes devastadores y prepotentes se acaba la amenaza antidemocrática? Tengo la impresión de que no, aunque este es un factor importante.

Tendemos a pensar que la política de Trump, o de Milei, o de Bolsonaro, o de tantos otros, se debe a sus características personales, a su megalomanía, egocentrismo, falta de empatía, etc. Y algo hay de eso, ciertamente. Pero, ¿por qué de repente la gente, mucha gente, vota a estos personajes atrabiliarios, que personalmente inspiran tan poca confianza? Por dos razones; porque las cosas no van bien, los dirigentes demócratas han perdido credibilidad y estos aprendices de dictadores prometen soluciones sencillas, aparentemente exitosas y dirigidas al bien común. Pero si miramos más allá del hecho individual, las cuestiones de fondo son otras, que a menudo han sido señaladas desde la sociología, cuya tarea es precisamente tratar de entender la estructura social y sus cambios en cada momento.

¿Y qué es aquello que caracteriza la etapa actual? Aquello que podemos llamar como un cambio de élites, o, para ser más exactos, un cambio de la clase dirigente. Las burguesías nacidas y crecidas con el crecimiento de la industria, y muy especialmente, en el caso de los Estados Unidos, de la industria del automóvil, que representó un cambio profundo en la sociedad, han entrado ya en la decadencia, o, sobre todo, están siendo sustituidas por otro grupo social, capitaneado por los grandes empresarios de las nuevas tecnologías, que en este momento dominan los mercados mundiales y se están enriqueciendo en unas proporciones nunca conseguidas antes. Un grupo reducido, pero potentísimo, que no acepta normas ni barreras que condicionen su enriquecimiento, su proyecto de llegar a poseer la mayoría, o la totalidad, de la riqueza mundial.

Y como siempre que llega una nueva clase dirigente, que basa su poder en una nueva forma de producción, lo primero que hace es tratar de borrar todas las normas que, a lo largo de los años, han tenido que ir pactando las élites que la han precedido. Fuera cualquier pacto, ahora se hará aquello que me interesa, aunque, para conseguirlo, tenga que aniquilar las instituciones, las normas, las convenciones, los códigos de convivencia largamente trabajados en los años anteriores. Trump, Bolsonaro, Milei y tantos otros no son sino marionetas al servicio de estos nuevos señores, que no dudarán en cambiar de caballo si, de repente, sus dirigentes lo han hecho tan mal que la gente empieza a rechazar sus recetas políticas, porque, para decirlo coloquialmente, les han visto el plumero.

No quiero en absoluto debilitar la esperanza que nace con la patada en el trasero que la sociedad estadounidense acaba de dar a su presidente. Espero que, vista la sentencia de los estadounidenses tras dos años de desgobierno en su país, sean muchas en todas partes las personas que rechacen este tipo de propuestas, en un momento en que se hace urgente establecer otras políticas de redistribución de la riqueza, de repensar el fenómeno migratorio, de trabajar para disminuir la destrucción del planeta que nos acoge y sin el cual no existiríamos. Ojalá se fueran a Marte, para no volver, unos cuantos devastadores de este momento. Pero hay que no bajar la guardia; este tipo de clases ascendentes son profundamente egoístas, y, si les hace falta, renunciarán a sus dirigentes actuales, pero para sustituirlos por otros más listos, que sepan medir el impacto de sus políticas, o, directamente, eliminando la democracia, por la cual no tienen ningún respeto, porque, entre otras cosas, se creen poseedores de una inteligencia superior.

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