¿A quién benefician los disturbios?
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Durante toda la semana había habido anuncios en las redes sociales de una movilización el sábado a imagen de lo que estaba ocurriendo en Francia. No quedaba claro quién la organizaba –todavía no se sabe–, y la convocatoria corría por TikTok y otras redes sociales y se dirigía sobre todo a gente joven. En Madrid pinchó, pero en Barcelona llegaron a reunirse más de 500 jóvenes, muchísimos de ellos menores, la mayoría chicos, que casi ni intentaron hacer ver que les movía una protesta reivindicativa y rápidamente pasaron a enfrentarse con la policía y a saquear tiendas de ropa o calzado joven y de productos de electrónica de una manera que parecía planificada. A pesar del dispositivo policial previsto, no fue suficiente y los jóvenes consiguieron saquear catorce establecimientos, destrozar mobiliario urbano, herir a agentes de la policía y provocar el caos en el centro de la ciudad. El resultado han sido 128 personas detenidas, la mayoría menores de edad, y, sobre todo, la sensación de que se ha perdido el control.
Es poco tranquilizador que la comisaria jefa de los Mossos, Sílvia Catà, reconociera ayer que les sorprendió lo que pasó porque no se esperaban este grado de convocatoria ni de violencia. Los comerciantes afectados se han quejado de que nadie les advirtió y la oposición en el Parlament y en el consistorio ha salido en tromba a criticar la gestión que han hecho de ello el Govern y el Ayuntamiento, mientras que tanto Salvador Illa como Jaume Collboni hablaban de mano dura y se comprometían a evitar que se repitiera. De momento, ya se sabe que hay una convocatoria similar para el sábado que viene.
Pero más allá de valorar si ha habido o no un error en la previsión y la actuación con estos disturbios, lo que todo el mundo se pregunta –es la pregunta más incómoda– es por qué ha pasado y, sobre todo, quién está detrás. En el primer caso, de momento todos los analistas parecen coincidir en que hay una clara imitación de lo que sucede en Francia –las razones de queja, desde la crisis educativa hasta la vivienda, son asimilables–, pero aquí este malestar se está vehiculando a través de las acampadas y las asambleas de estudiantes y profesores, que rápidamente han salido a criticar lo que ha pasado y a asegurar que no sabían nada. El caso francés, pues, parece más una excusa que otra cosa para dejar salir una rabia que seguro que sociológicamente se puede explicar, pero que socialmente no se puede aceptar.
La otra pregunta, la de quién está detrás, es más importante. Están surgiendo hipótesis sobre si es la ultraderecha o si son grupúsculos antisistema, pero podría ser también que fuera gente sin ninguna filiación política y que solo lo hiciera porque sí, por diversión. Habría que llegar hasta el fondo y encontrar realmente el origen, porque es clave para poder evitar que estos actos vayan a más. Sin embargo, de lo que no hay dudas es de a quién beneficia. Y aquí sí que parece claro que electoralmente beneficiará a la derecha y a la ultraderecha, que tendrán argumentos y munición para criticar a los gobiernos socialistas español y catalán. Habrá que estar atentos a la posibilidad de que, por cuestiones electoralistas, no haya de rebote una sobreactuación autoritaria gubernamental, como ha pasado en Francia, pero también habrá que vigilar que en las próximas protestas previstas desde ahora hasta las elecciones, huelga general incluida, no se aproveche para provocar más estallidos de violencia.