Cae el tabú del fascismo
1. Ahora ya no hay matices. Una tras otra, las derechas europeas van claudicando, entregándose a la extrema derecha. En Italia, la última ocurrencia de la presidenta Giorgia Meloni, que ya lleva cuatro años en el poder, ha sido una ley electoral que regala setenta escaños a quien obtenga el 42% de los votos, es decir, una prima que minimiza el pluralismo. Y todo el mundo se ha quedado tan ancho. Estamos en la dinámica del “todo vale”.
En Francia, todo hace pensar que Marine Le Pen será presidenta de la República, salvo que la justicia, con quien tiene cuentas pendientes, lo impida. Pero las encuestas dan por hecho que, si no fuera ella, sería su segundo, Jordan Bardella. Y en España, salvo que se quiera dar emoción a la situación especulando con las capacidades de Sánchez para revertir tendencias, con la gesta de haberse cargado el felipismo en su biografía, todo hace pensar que este final de año podemos vivir una regresión, con el PP y Vox gobernando juntos.
En cualquier caso, Núñez Feijóo ya ha dado por hecha la normalización de la extrema derecha. Y no es ninguna sorpresa. Pero lo que ha acelerado la ruptura del tabú es que Abascal cada vez presiona más. Y Feijóo ha empezado a notar inquietantes cosquilleos. El hecho es, pues, que estamos cerca de unas elecciones que tienen todos los números para llevar el neofascismo al poder. Y las limitaciones del presidente del PP lo hacen todavía más probable. Y la realidad es que, tanto si pasa como si no, el tabú ya ha caído. Ya se da por hecho que, si hace falta, Vox estará en el gobierno y en la mayoría parlamentaria, condicionando todo lo que haga falta. Incluso manipulando derechos fundamentales. Y el PP se pone de acuerdo. Todavía no hemos llegado y ya tenemos dos ejemplos. Todo ciudadano español, por el hecho de serlo, tiene derecho de voto. El PP y Vox quieren impedir que voten los nietos de exiliados recientemente nacionalizados, porque sospechan –la historia es la que es y la derecha española tiene los orígenes que tiene– que no les votarían a ellos. Y no tienen suficiente con esta intervención partidista en el censo. Ahora van contra el voto por correo, con acusaciones de manipulación.
La ligereza del PP a la hora de reconocer derechos a los demás es alarmante, y es propia de aquellos que, con complicidad con la extrema derecha, caminan decididos hacia el autoritarismo posdemocrático. No es un vicio español, es una tendencia que desdibuja las democracias occidentales. Y los catalanes no podemos hacer ver que no va con nosotros. No tengo ninguna duda de que si Junts consigue salir del callejón sin salida Puigdemont y vuelve a ser la derecha catalana que había sido, la Alianza de Sílvia Orriols estará allí cuando los necesiten para hacer la suma.
2. Todo se ha acelerado en poco tiempo. El tabú de la extrema derecha era un lugar común en las democracias europeas, lógica herencia de la guerra. En España la liberación vino mucho más tarde, y el fantasma del franquismo operó al inicio de la Transición, condicionando el proceso de construcción del nuevo régimen sobre el pacto de pasar página de la dictadura. Pero desde entonces el mundo occidental ha cambiado, fruto del paso del capitalismo industrial al financiero y digital, y la radicalización derechista se ha extendido de manera inquietante. A veces la historia tiene sus golpes escondidos, y la irrupción de un Trump, símbolo de esta nueva etapa, ha levantado algunas alarmas en Europa, y quién sabe si puede acabar actuando como vacuna, para que no caiga tanta gente en la tentación autoritaria. Ahora mismo, en los Estados Unidos, Trump está en caída libre. Pero en parte el daño está hecho. Y el levantamiento del tabú del fascismo es preocupante en Europa.
El caso francés es canónico. La autodestrucción de la imagen de Emmanuel Macron es de libro. Parecía que se iba a comer el mundo y ahora mismo su figura está pintada de gris. Tenía que modernizar Francia, sacarla de manos de los herederos del gaullismo y de los socialistas, y la entregará en las condiciones para que la extrema derecha llegue al poder y marque el paso a la derecha que el presidente quería convertir en la más liberal de Europa.
Las ambiciones son difíciles de conjugar con la realidad, y en este momento es innegable que Europa está encallada, con el liberalismo y la socialdemocracia a la baja y las derechas juntándose sin complejos para avanzar hacia el autoritarismo posdemocrático. Y resulta curioso que ahora mismo se mire con cierta esperanza la figura desacomplejada del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que parece ajeno a las grandes compañías y que se ha erigido en referente del Partido Demócrata. El problema es que Nueva York es Nueva York, no es los Estados Unidos.