Como una casa
"Quiero una huelga en la que vayamos todas"
Gioconda Belli, 1978
Siempre que se convoca una huelga general, uno mira atrás para poder seguir mirando hacia adelante. La vida en común –y la de cada cual– religa y se entrelaza con las huelgas generales que hemos vivido. La primera que recuerdo, espejo retrovisor de niño absorto, es con el abuelo Saturnino –encarcelado en la inmediata posguerra durante años y pasando de las huelgas contra la dictadura a los paros de los años ochenta por una democracia económica y social que no llegaba nunca y que todavía no conocemos–. Aquel 14-D de 1988 con la ciudad parada contra un PSOE que tomaba el poder con la izquierda y lo tocaba con la derecha, en la reestructuración del capitalismo en el estado español ordenado por la CEE después de la oscuridad del franquismo. Eran los tiempos Solchaga en los que el ministro decía: "España es el país donde se puede ganar más dinero a corto plazo de toda Europa". La siguiente fue la de 1994 contra la precariedad laboral –y también contra el PSOE, y ya se hablaba de una generación de jóvenes a la deriva neoliberal–. Con más nitidez retengo la de 2002 contra José María Aznar. Y después, para dar el salto, la de 2012 –con la memoria imborrable de la dignidad infinita de Ester Quintana–. La última fue la general categórica más desbordante que he visto nunca: la del 3 de octubre de 2017, en protesta unánime contra una represión vergonzosa e infame. Recuerdo fuentes patronales hablando de un seguimiento del 92% y que en el barrio no hicieron falta ni piquetes. Urge añadir que el último exiliado llegará a casa antes de Navidad. Nueve años después.
Si uno se pregunta cómo gira el mundo hoy, dónde estamos exactamente, es prescriptible que hurgue en el pasado, porque también somos –herencia y legado– las huelgas que nos han precedido. Hay derechos de los que disfrutamos todavía hoy que se apuntalaron entonces. A fin de cuentas, si todavía trabajamos ocho horas –los que las trabajan, y los que ya trabajan muchas más a destajo– es por la huelga de todas las huelgas. La de la Canadiense de 1919. Y la huelga de alquileres de 1931. Y la huelga de los tranvías de 1951. Y las que no fueron generales, pero que estuvieron ahí y tanto nos las quieren hacer olvidar, no fuera caso que reaprendiéramos de la amenaza de los buenos ejemplos: de Laforsa en 1975 a Bruguera en 1986, de la huelga general de Sabadell de 1976 que desahució al alcalde franquista a la de Roca que ganamos en 1977, de la Fábrica Nueva de Manresa de 1946 a la de Harry Walker de 1970. Vida dialéctica, de contrastes y contradicciones, tengo que reconocer que cuando oí a Garamendi, de la CEOE, preguntándose contra quién se convocaba exactamente la huelga del 11-N, encontré que tenía razón. Porque las huelgas, sí, se convocan contra los gobiernos y sus inacciones –aunque, paradójicamente, también contra la oposición que tumbó los decretos de vivienda y, preventivamente, contra la probabilidad hiperrealista de la involución feroz que puede caer el 29-N.
Se equivoca, sin embargo, quien piense que es una huelga repentina e improvisada: el potente movimiento por el derecho a la vivienda ya hace tiempo que cocinaba la idea. Y ha tenido experiencias parciales exitosas. Por ejemplo, la huelga de alquileres contra La Caixa impulsada por el Sindicato de Inquilinas, protagonizada por 112 hogares durante 14 meses y que concluyó en junio y bien ganada: todos los pisos afectados y muchos más han pasado a parque público de por vida. En total, 1.900. ¿Para qué sirve una huelga? Pues para esto. Ampliar la democracia ante los que la quieren disminuir. En medio, todo ello, de una crisis social europea sin precedentes y a la vez más previsible que nunca: ¿quién demonios no sabía que devaluando los servicios públicos, degradando las condiciones de vida, precarizando las existencias, mercantilizándolo todo o especulando con la vivienda no se tensarían las costuras, se acumularían malestares y surgirían las protestas que reclaman poder vivir, todos y todas, con una mínima dignidad? El añorado Xosé Manuel Beiras, el más lúcido de los irmandiños gallegos, ya decía en una de sus últimas intervenciones que había que comprender –o no entenderíamos nada de nada– que la era oscureciente que afrontamos no es nada más que el epílogo funesto y nefasto –también predecible– de 50 años de neoliberalismo canalla, ludópata y sociópata.
Hace años que los datos económicos ponen de manifiesto que el mitificado crecimiento económico se ha desacoplado del todo del progreso social. A más riqueza, más desigualdad. Mientras trato de concentrarme en estas líneas, miro de reojo datos oficiales que me descolocan. Las cifras de los beneficios netos que, solo entre enero y septiembre de 2026, ya acumulan el sector eléctrico –15.000 millones– o el sector bancario –29.200 millones–. En ambos casos, ganancias antológicas. La motosierra debe ser esto: 4,45 millones por hora en el caso de la banca, 2,28 millones por hora en el caso de las energéticas. Como para no electrocutarse –como para hacer una huelga general–. Sobre todo porque nos han vendido que la energía subía como consecuencia de las guerras –y entonces, ¿de dónde vienen tantas ganancias?–. Sobre todo porque, a diferencia del tejido productivo y la pequeña y mediana empresa, todos sabemos de dónde extraen tanto dinero las entidades financieras. Y entonces el problema es doble: que pase y que lo permitamos. "Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez", decía una proclama insurreccional de la Junta Tutelar de la Junta de La Paz, en Bolivia, el año 1809.
La convocatoria de la huelga sirve también para mirar la realidad de frente y no aceptar nunca gato por liebre. Porque esta idea torpe de que, en materia de vivienda, hay un conflicto que escinde a la sociedad catalana en dos mitades –la inquilina y la rentista– es absurda, falsa y falaz. Lo siento, pero no. Que la patronal del sector pretenda equiparar a tanta gente que vive en un piso de propiedad abonado con su salario con quienes juegan al póker de la timba inmobiliaria no cuela y es un fraude. Catalanes que alquilen pisos no hay más de 600.000 (un 7% del país). Empresas o propietarios que alquilen más de cinco pisos, según los datos más recientes de la Agencia Tributaria, una elitista minoría selecta –0,3%– que algunos tanto se empeñan en defender. Minoría que cuadra al detalle con aquel 1% frente a un 99% general que siempre pregonan nuestros queridos yayoflautas jubilados, en lucha ahora por la vida de nietas y nietos. Que la patronal proponga ahora que la consideración de gran tenedor solo opere a partir de más de 100 pisos es para echarse a temblar –y es comprensible en parte, su portavoz acumula 35, la mayoría de alquiler de temporada, mira por dónde–. En cualquier caso, canción de suburbio, lección de sumas y verbos o canción de las balanzas –por decirlo en términos ovidianos–, el miércoles, sí, hay convocada una nueva huelga general. Para garantizar que vivir no cueste la vida, ojalá sea una huelga como una casa.