Votar sin despistarse

5 min
Un votante escogiendo la papeleta para votar en las elecciones europeas
23/10/2026 - 18:16 h
Periodista y activista social

"Quien crea que, sea cual sea la apariencia,
el fascismo está muerto y enterrado, se lo habrá
de pensar dos veces antes de decirlo"
Judith Skral, El liberalismo del miedo (1989)

Cada vez que se habla de las extremas derechas como fenómeno "nuevo" o se nos pretenden presentar como una radical novedad sobrevenida, deberíamos arrugar la nariz sin lugar a dudas. Solo habría que considerar que la primera irrupción del primer Le Pen del temprano FN francés data del lejano 1984 en el Parlamento Europeo. Obtuvo un 11% de los votos, más de dos millones de votos y diez actas de diputados –hoy las extremas derechas ya copan un 25% de la Eurocámara y Marine Le Pen está a punto para disputar las cuartas presidenciales–. En 1992, la memoria cuando quema, ya se incendiaban albergues para personas refugiadas en Rostock –y hoy la AfD es la primera fuerza en Sajonia-Anhalt, con un 44% de los sufragios–. A principios de los noventa –1991, 1992, 1993– el fascismo que no iba con corbata todavía asesinaba a Lucrecia Pérez en Madrid, a Sonia Rescalvo en Barcelona y a Guillem Agulló en Montanejos –y ahora las palizas a las personas migrantes llevan uniforme militar en Ceuta–. A finales de los 90, el MSI italiano de Gianfranco Fini, ya reconvertido en Alianza Nacional, entraba en los incipientes desgobiernos de Berlusconi, y el mismo Fini, il fascista del Duemila, acabaría siendo vicepresidente y ministro de Exteriores. Hoy Meloni gobierna el estado italiano con vocación plenipotenciaria y anuncia una reforma electoral autoritaria en nombre de la gobernabilidad.

Y aún más. Corría el año 1999 cuando Haider y el FPÖ quedaban como segunda fuerza austriaca. Revisar la hemeroteca espanta, evidencia el cambio de rasante y certifica la evidente aceleración desdemocratizadora. Entonces, la UE presionó y bloqueó la nominación de Haider como canciller, con advertencia de sanciones incluidas. Hoy los ha normalizado completamente. La hemeroteca perdura, detalla sus prolegómenos y cataloga la cartografía acumulada de ausencias, pérdidas y desastres. Como radiografía de la línea de tiempo sociopolítica, socioeconómica y sociocultural de cómo hemos ido perdiendo bueyes y esquilones hasta llegar aquí. Cuando lo hecho y lo no hecho siempre pasa facturas y fracturas. Bien caras unas; demasiado dolorosas otras. Ha habido una transformación molecular de las sociedades europeas hacia el fascismo, como ha diseccionado lúcidamente Santiago Alba Rico. Rememorando a Gramsci, recuerda que, en tierra firme, todos rechazaríamos ser caníbales en un naufragio en alta mar a la deriva. Hasta que llega el naufragio, claro. Entonces hay un proceso silencioso de metamorfosis en el que vamos pasando de la responsabilidad del nosotros –el autocontrol ético colectivo– a la amenaza del ellos –cada conspiración defensiva que alienta tantas violencias verbales y reales contra los otros–. Nunca deberíamos ser caníbales y podemos acabar siéndolo. Nunca nos comeríamos a nadie hasta que pasa. Es cuando aterriza la crueldad y retorna la moralidad del mal –linchar migrantes es correcto y se hace en nombre del bien– hasta penetrar en gente que siempre se ha considerado justa y razonable. Alba Rico recuerda, con urgencia y en medio de los tiempos que corren, que lo contrario de un naufragio –donde hay que elegir binariamente, sin solución de continuidad, entre muerte y autofagia– siempre será un puerto.

La retrospectiva, mirando lejos por el retrovisor, obliga a reflexionar sobre todo lo que ha pasado, con tanta gente a la deriva en busca de vías seguras de presente y puertos hospitalarios de futuro. Para atender sobre qué vacíos, errores y carencias se han ido consolidando proyectos de retrotopía (un pasado perfecto que nunca existió) en la era europea de la solastalgia: no reconocer ya el lugar donde hemos nacido, crecido y convivido tras los cambios acelerados introducidos por el turbocapitalismo. Ahora que la distancia entre el espacio donde se deciden nuestras vidas y el tiempo en que las vivimos se ha vuelto tan abismal. A veces me agota que, en nombre de la imprescindible batalla contra el fascismo que hace tiempo que viene, se pretenda pasar de puntillas por la enorme y capital irresponsabilidad de la socialdemocracia europea. Aquellos que, como con el violín, tomaban el poder con la izquierda y lo tocaban con la derecha. Porque los monstruos crecen en los desiertos, y estos han crecido sobre los enormes eriales que la izquierda oficial ha dejado. Desterrando aquellas instituciones de lo común que vertebraban proyectos sociales de transformación y emancipación, que tejían redes solidarias basadas en el apoyo mutuo, que construían alternativas cotidianas a pie de calle y a pie de vida y que proyectaban un proyecto político de libres entre iguales. En este agujero negro de ayer es donde se han expandido las extremas derechas y donde se han acelerado de mala manera las mil caras de la fascistización social y el tecnofascismo global.

Tampoco esto es nuevo. Hace 30 años, en las clases de la UAB, ya nos hacían atender a Offe y Wallerstein, criticando aquella dejadez de la izquierda en el poder que tenía rasgos persistentes en la contribución al desbarajuste: arrogancia y soberbia, connivencia –cuando no corrupción– con los poderes fácticos, negligencia con los sectores desposeídos, cultura vertical y nada delegativa, gestión burocrática sin ninguna transformación social y escasa sensibilidad con temas emergentes. Hoy, la mala broma y la pésima realidad retorna en paradigmático aforismo: los que ahora salen corriendo con todos los aspavientos, llamando a rebato, para salvar la democracia son los que hace años que han contribuido de mala manera a devaluarla en tiempos de demolición. Y uno irá a votar, y antes secundará la huelga general, claro. Sin ingenuidades: sabiendo que al día siguiente seguirá votando cada día, sabiendo que la lucha va para largo y es mucho más profunda que la cita electoral. Soportando, sin embargo, que los últimos ocho días tengamos que escuchar todo lo que harán mientras han tenido ocho años para hacerlo –un solo ejemplo sencillo: derogar la ley mordaza.

Preocupado a la vez por lo que (no) han hecho ahí dentro y, sobre todo, por lo que no han hecho fuera. Porque es en las afueras, en la comarca de la proximidad, donde mientras tanto se ha desplegado un imaginario cooperativo, donde se han construido espacios de libertad y solidaridad y donde se han autoorganizado comunidades, barrios y comarcas. La oposición más solvente vuelven a ser las plazas. Y es mucho lo que nos queda: los asideros que han sobrevivido, los mil puertos que todavía tenemos disponibles y los flotadores para salir del naufragio. Y es que me parece que no hay otra. Ante los tiempos de apogeo del fascismo, ¿desde dónde rehacer la trama? Desde el único lugar realmente disponible. Uno aprendió de Howard Zinn que el espacio más fértil y liberado del que disponemos son las vidas y prácticas cotidianas, en un sentido tanto amplio como concreto: el espacio exacto y útil para no dejar pasar ni una, el refugio democrático desde donde plantear cada reconstrucción general y la forma más eficaz de anular el fascismo que puede anidar en cada uno de nosotros. El desfiladero se ha hecho tan estrecho que va de un voto, de acuerdo, pero sobre todo de lo que hacemos y dejamos de hacer cada día entre cada contienda electoral. Así las cosas, esta vez ya sopeso votar a ciegas: elegir dos papeletas, romper una y no saber qué hay en la otra. No saber ni qué he votado sabiendo a ciencia cierta que he votado antifascismo. Ya veremos.

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