"Coño gratis en la habitación de arriba"

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Estudiantes de la universidad de Cornell protestan contra la gestión que ha hecho la universidad del caso de la violación grupal de siete de sus alumnos contra una compañera.
12/10/2026 - 18:02 h
Psicóloga especialista en victimología

Hay frases que basta con oír una vez para que nos persigan, que nos hacen daño al alma cuando las recordamos. Me ha pasado estos días con el llamado caso de Cornell. "Coño gratis en la habitación de arriba", decía el mensaje de un chat grupal donde había una cincuentena de hombres. No he podido dejar de pensar en ello. La frase explica cómo la violencia contra las mujeres se ha normalizado hasta la brutalidad.

En el llamado caso de Cornell, una estudiante ha denunciado haber sido víctima de una violación grupal (siete compañeros la agredieron durante siete horas) mientras se encontraba drogada, en una situación de vulnerabilidad extrema. Según la información que ha trascendido, uno de los implicados es quien anunció, en el chat antes mencionado, que había un "coño gratis en la habitación de arriba". Cincuenta chicos recibieron el mensaje. La pregunta más incómoda que hacerse es: ¿cuántos de estos estudiantes lo vieron y por qué no hicieron nada?

Esto no habla solo de los agresores, sino de una estructura que permite que estas cosas pasen. Habla de violadores, pero también de hombres que decidieron mirar hacia otro lado. De una cultura que deshumaniza a las mujeres y convierte nuestro cuerpo en mercancía, espectáculo y objeto de consumo y violencia, un cuerpo que puede ser destrozado. Esta es la cultura de la violación, un concepto que, contrariamente a lo que muchos quieren que signifique, no explica que todos los hombres son violadores, sino que dice que existe un sistema cultural que banaliza, justifica, silencia e, incluso, tolera la violencia sexual.

Esto por una parte. Por la otra, Cornell nos obliga a mirar una realidad incómoda, por la dureza de los hechos, y a la vez porque desmonta un relato que algunos (la extrema derecha, pero no solo) repiten una y otra vez, y que hemos oído de sobra últimamente, sobre todo en relación con Ceuta: los violadores son los otros, la violencia sexual viene de fuera y el problema son los inmigrantes. Así de simple y así de absurdo.

Este caso, protagonizado por estudiantes universitarios norteamericanos, evidencia que la violencia machista no entiende de orígenes, religiones ni colores de piel. La cuestión es qué masculinidad está legitimada. No podemos explicar la violencia sexual culpando sistemáticamente a los inmigrantes mientras obviamos la que ejercen los hombres que consideramos los nuestros. La masculinidad hegemónica enseña demasiadas veces que el deseo masculino está por encima de la voluntad de las mujeres, que el éxito sexual da estatus y que el cuerpo femenino es un territorio de conquista. Y que los hombres deben celebrar las conquistas de los otros, reforzando la fratría, en lugar de detenerlas cuando son abusivas. Cuando esta lógica llega al extremo, una mujer deja de ser percibida como una persona con voluntad propia y se convierte en un objeto a disposición.

El problema, por tanto, es estructural. La violencia contra las mujeres no es solo una tragedia individual, porque revela las normas que la hacen posible y la refuerzan, los silencios que la perpetúan y las estructuras que la toleran.

El caso de Cornell habla de nosotros. De nuestros hijos, hermanos, amigos, compañeros y alumnos. Por eso debemos poner bajo el foco las masculinidades que son el origen de estas violencias.

Pero ahora más que nunca también debemos reivindicar los avances conseguidos por el feminismo. Si hoy estos casos pueden denunciarse, si existen servicios especializados y recursos, es porque durante décadas el movimiento feminista ha luchado contra el silencio. Pero ahora este silencio vuelve a estar en disputa. La extrema derecha quiere desarticular la lucha feminista, cuestionar los servicios de atención, desacreditar a las víctimas y sustituir la explicación estructural de la violencia por un enemigo conveniente: el inmigrante. Atacar a las mujeres y a las personas migrantes es parte de un mismo proyecto de laminación y retroceso de derechos.

Si ganan ellos, nosotras perdemos. Perdemos derechos, recursos, capacidad de denuncia y educación sexual y afectiva. Y, sobre todo, perdemos libertad.

Por la compañera de Cornell. Por todas las mujeres que han sufrido violencia sexual. Por todas, pero también por todos, ahora más que nunca, nuestra mejor protección es el feminismo.

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