La cruzada de los niños

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Disturbios en Barcelona la noche del 24 de octubre de 2026.
03/11/2026 - 18:01 h
Filósofo

Leí La croisade des enfants (1896) de Marcel Schwob a principios de los ochenta, cuando cursaba primero o segundo de carrera, en la preciosa y minúscula edición castellana de Tusquets con prólogo de Borges (no sé dónde fue a parar; recuerdo su cubierta dorada). La volví a leer en su lengua original hace poco, y me siguió pareciendo una recreación literaria extraordinaria de un hecho histórico adulterado, sin duda, pero en esencia real. Estos días he pensado en ella en relación a otra "cruzada", esta vez con muchas comillas. No pretendo hacer una comparación del contexto histórico ni de los hechos, que no tienen nada que ver, sino del fenómeno de la viralidad; lo subrayo para que no se malinterprete lo que explicaré a continuación. 

La cruzada de los niños del verano del año 1212 es uno de los episodios más extraños y trágicos de la Edad Media. Surgió de manera casi simultánea en Francia y Alemania, algo realmente sorprendente. No era una expedición militar dirigida por la Iglesia o por los reyes de la época, sino un movimiento encabezado por dos niños que habían tenido visiones místicas casi al mismo tiempo: un pastor francés, Étienne de Cloyes, de unos diez o doce años, y un alemán llamado Nikolas, de Colonia, poco más o menos de la misma edad. Afirmaban haber recibido mensajes divinos que les animaban a recuperar Tierra Santa, pero no con las armas, como los caballeros de la época, sino por medio de la pureza y la inocencia de los pueri. En latín, pueri quiere decir "niños", pero en aquel momento también se refería a la gente más humilde y desamparada: a los pobrecitos, a los desgraciados. Decían que el mar Mediterráneo se abriría milagrosamente a su paso. Llegaron a ser, según las fuentes, entre 20.000 y 30.000 y, como es obvio, implicaron un problema social mayúsculo. El desenlace fue nefasto: muchos miles de jóvenes murieron de hambre y frío, sobre todo cuando atravesaban los Alpes, y los que consiguieron llegar al Mediterráneo acabaron vendidos como esclavos. Las cifras son inciertas, pero se calcula que el 25 de agosto de 1212, cuando llegaron a Niza, quedaban todavía entre 2.000 y 3.000. 

Si el fenómeno se compara con los disturbios y revueltas adolescentes de la Europa contemporánea –desencadenados a veces por tensiones sociales reales y otras por simples ganas de pelea–, se observan paralelismos interesantes, especialmente en el mecanismo de contagio y en la organización horizontal. En ambos casos destaca el efecto viral entendido como la propagación fuera de control de una idea o de un comportamiento colectivo que se extiende al margen de los canales de autoridad tradicionales. En la cruzada medieval, la viralidad se articuló mediante el boca a boca, las canciones populares y los sermones itinerantes en mercados y caminos. Todo sucedió a una velocidad incomprensible teniendo en cuenta la época (la aventura comenzó en junio y terminó en agosto). La combinación de un contexto de exaltación religiosa y miseria económica, así como el carisma de los dos líderes infantiles, actuó como un catalizador que encendía el entusiasmo de villa en villa, generando un sentimiento de pertenencia irresistible entre la juventud de aquel tiempo. Hoy en día, este mismo contagio social se ha acelerado de forma exponencial gracias a las redes sociales como TikTok y aplicaciones de mensajería como Telegram. Los algoritmos de estas plataformas amplifican el material audiovisual violento y convierten la protesta o el disturbio en una tendencia que hay que replicar para obtener reconocimiento entre iguales. El elemento común fundamental es el canal horizontal de transmisión: ni la cruzada del siglo XIII respondía a las órdenes del Papa o de los reyes, ni los disturbios actuales tienen una cúpula clara y estructurada. La dinámica de grupo, la búsqueda de identidad prêt-à-porter y la promesa de ser protagonistas de un cambio histórico o de un excitante acto de rebeldía, con premio material incluido derivado del saqueo, actúan como el motor principal. Sin embargo, mientras que la cruzada de los niños canalizaba la frustración de una generación hacia una salvación espiritual trascendente y un ideal colectivo, los disturbios adolescentes modernos solo suelen expresar el descontentamiento a través de la vandalización del espacio urbano.

En última instancia, ambos fenómenos muestran cómo la presión grupal, por irracional que parezca, puede ser poderosísima, irresistible, tanto si se transmite en forma de cancioncilla medieval como de vídeo en las redes. La otra cuestión relevante, decisiva, es la del liderazgo: los nombres de los dos chavales que empezaron aquella historia han perdurado, y eso significa algo. ¿Qué pasaría si algunos de los que hoy rompen escaparates en París o en Barcelona dispusieran de carisma y capacidad de organización?

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