Hacia dónde vamos, los cuatro motores?
Los últimos datos sobre el peso económico de las diferentes autonomías en el global español han generado la lectura habitual: Madrid lo aumenta y Cataluña consigue mantenerlo. Es una conclusión correcta, pero es conveniente ponerla en perspectiva, tanto del tiempo como del contexto europeo.
Cuando, hacia el año 2000, me impliqué en responsabilidades políticas en el gobierno de Cataluña, teníamos en la Europa de las regiones unos compañeros de viaje que apreciábamos mucho: los Cuatro Motores para Europa. Éramos Baden-Wurtemberg, Cataluña, Lombardía y Ródano-Alpes (hoy Auvernia-Ródano-Alpes), todas exponentes del dinamismo industrial histórico de Europa. La relación todavía existe. Pero me parece que ha perdido centralidad en nuestra acción exterior. Si me equivoco me alegraré, porque había hermandad entre nosotros. En su momento aprendí mucho de Baden-Wurtemberg, que, como land federal alemán, tenía el mismo peso político que nosotros.
¿Cómo nos ha ido a los cuatro desde el 2000? Me focalizo en la comparación del peso (porcentaje) de población de la UE-27 en cada región con el correspondiente peso en el PIB de la UE-27. También amplio el abanico y añado dos primos de siempre: Baviera y el Véneto, y un vecino, Madrid, que tratamos mucho.
Las siete regiones tenían en el 2000 un porcentaje de PIB europeo por encima del de la población. Lo continúan teniendo en el 2025, excepto Cataluña, que lo iguala. Del 2000 al 2025, todas siete aumentan en peso demográfico (en mayor grado Cataluña y Madrid, y en menor el Véneto y Baden-Wurtemberg), y todas pierden peso en el PIB de la UE-27, excepto Cataluña y Madrid, que ganan (más Madrid que Cataluña). En cuanto al PIB por persona, y a precios del 2000, todas bajan en relación a la media europea (que ha aumentado un 33%), con Madrid, Baviera y Baden-Wurtemberg como las que menos, y el Véneto y la Lombardía como las que más. Cataluña queda en un punto intermedio.
Entre estos hermanos y primos, Cataluña tiene singularidades. Algunas de desfavorables vienen de siempre (seguimos siendo el pariente menos próspero). Otras son favorables (hemos mantenido el peso en el PIB de la UE-27). Pero dicho esto, estas viejas regiones industriales de Europa son un referente natural para nosotros. Haríamos bien en participar creativamente en su proceso de evolución hacia economías basadas en las nuevas revoluciones tecnológicas, muy dependientes del conocimiento de frontera. Tenemos las bases académicas, de investigación e industriales para poder hacerlo.
De hecho, pienso que nuestro futuro económico depende de cuatro factores:
1. Es previsible que la UE emprenda algún tipo de nueva política industrial. Tenemos que estar desde el principio. Pero debemos ser conscientes de que la UE no tiene un motor de la potencia adecuada. Ya sea por la vía de la UE o de acuerdos intergubernamentales (coaliciones de voluntarios), nos iría bien un nivel europeo de actuación dotado de mucho más músculo.
2. Diría que el éxito de Madrid, con su envidiable concentración de servicios de alto valor añadido –y correspondientes buenos sueldos–, no puede ser ajeno al hecho de ser la capital de un país históricamente muy centralizado. En la medida en que esto depende de la política –de ella depende mucho–, se sigue que de política hay que saber hacer con inteligencia y pragmatismo. Si vuelve a haber una oportunidad como la Agencia Europea del Medicamento, que no se nos escape.
3. La administración pública catalana (y española) no es lo suficientemente ágil y facilitadora de la actividad innovadora. Es tímida. Tiende más a la evaluación por cumplimiento estricto de reglas y procedimientos que por resultados. Para Cataluña esto es una herida autoinfligida. Somos un mundo de pequeñas y medianas empresas. No nos podemos permitir que al gran actor económico que tenemos –la administración pública– le cueste asumir el rol facilitador que conviene a la economía. No tiene ni pies ni cabeza, por ejemplo, que con la crisis residencial que nos golpea la tramitación urbanística y de edificación sea lenta. Por cierto, la iniciativa de la compra conjunta presentada por el presidente Illa esta semana es interesante.
4. Finalmente, el talante social es demasiado negativo e instintivamente conservador. Del montón de callejones sin salida que nos confrontan, solo saldremos adelante con proyectos que tengan un punto de audaces. Pero estos nos asustan y generan innumerables plataformas en contra.
La consecuencia de todo ello puede ser que la nueva industria europea prospere en Baden-Wurtemberg, en Baviera, en el Véneto, en Ródano-Alpes o en la Lombardía. Pero que a la locomotora catalana le falte fuerza para estar allí también. Ojalá no sea así.