El fin de la cultura católica en Cataluña

León XIV ya vuelve a estar en el Vaticano. En Madrid, continúan con el ritmo político y mediático habitual. En Barcelona, la Sagrada Familia está colmada de turistas, se circula tan mal como siempre y en el Raval y en Brians I la vida, complicada y dura, continúa abriéndose camino, como si no hubiera pasado nada. A Canarias continuarán llegando pateras con inmigrantes de África; serán bien acogidos por gente de buena fe, o serán rechazados por las autoridades oficiales y los xenófobos y racistas incrustados por todas partes. La vida continúa y nos espera un verano largo y agobiador de calor y malestar político, social, cultural, como si León XIV no hubiera venido nunca.

Más allá del globo inflado por políticos, opinadores de todo tipo y condición, medios, aparatos públicos y las autoridades eclesiásticas (no todas; el perfil discreto de muchos obispos, arzobispos y cardenales españoles ha sido bastante llamativo), aún se pueden proponer otros elementos de análisis, menos inmediatos, pero que pueden explicar la configuración cultural y mental de nuestro presente.

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1. La certificación definitiva de que la cultura católica catalana, tan potente e influyente desde finales de la década de los años cincuenta hasta los años ochenta del siglo pasado (¡más de treinta años!), desapareció hace años y no volverá. Para mucha gente y opinadores consagrados, esto es poco importante. Para un país con una historia compleja como la nuestra, es un elemento notable. Desaparecida la generación católica de la posguerra (también llamada generación del 25, formada por religiosos y seglares), en la que sobresalieron desde frailes capuchinos hasta jesuitas, benedictinos y curas y seglares de todo tipo, las condiciones creadas o heredadas de la ola de secularización de principios de los años setenta del siglo pasado (la decepción por la lentitud y las vacilaciones de Pablo VI en el desarrollo de la herencia del Concilio Vaticano II, por ejemplo) y el largo y retrógrado pontificado de Juan Pablo II (con afectaciones directas en Cataluña, que han sido irreversibles; solo hay que pensar en la sucesión del arzobispo Narcís Jubany hasta nuestros días, Omella incluido), desmantelaron esta cultura católica liberal, incluso progresista, catalanista y, sobre todo, muy abierta y bien conectada con el mundo católico europeo. Si a esto sumamos las evoluciones culturales, económicas, políticas y sociales del continente (y del mundo occidental en general), entenderemos que no haya habido literatura católica solvente que haya trascendido los muros de sus círculos para iluminar un poco el mundo de los laicos e, incluso, de los no creyentes, sobre la visita de León XIV.

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2. Somos una sociedad secularizada, en la cual la cultura católica y sus expresiones han perdido centralidad de manera definitiva. Sin embargo, la respuesta no creyente a la visita de León XIV (desde los ateos oficiales del país hasta la dirigente de la USTEC) ha sido demagógica, superficial, simplista y ridícula. Las razones gritadas desde las plazas eran de vergüenza ajena. Dicho de otra manera, la cultura católica se diluyó y desapareció, pero nadie ocupó su lugar. Simplemente hemos continuado adelante ignorando este patrimonio, dejándolo en un rincón, sin llenar ninguno de los vacíos que dejaba. La pobreza cultural e intelectual se ha instalado en el país desde que se decidió (por decirlo de alguna manera) tirar a la basura la herencia recibida.

3. La visita deja una mancha negra, un olvido voluntario que conecta dos ámbitos directamente: los abusos en el mundo eclesiástico y religioso y la decepcionante visita a la abadía de Montserrat. Que León XIV no se haya reunido con ningún afectado, con ningún representante de algunos de los grupos organizados en torno a este asunto, es inexcusable y vergonzoso. Hasta dónde ha jugado el poder religioso (Conferencia Episcopal, cardenal Omella, etc.) para conseguir que no formara parte de la agenda quizás no lo sabremos nunca. Ni siquiera se programó un encuentro con los responsables de las órdenes religiosas más señaladas (ni con los obispos de las diócesis donde se han producido todo tipo de episodios de esta índole).

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Esta ocultación afecta directamente a la comunidad benedictina de Montserrat. Conocido el historial que arrastra la comunidad en asuntos de abusos y conductas discutibles en su ámbito, uno podía esperar de los actuales responsables de la abadía un acto de contrición público, hacia fuera (con los afectados) y hacia adentro (con aquellos monjes que lo denunciaron y fueron injustamente perseguidos y castigados), ante León XIV. No solo han callado, sino que ofrecieron una recepción de un perfil religioso, civil y cultural bajísimo, en la cual parecía deliberada la ocultación de todo aquello que ha significado el monasterio en el plano religioso y cultural. De hecho, era un aviso para creyentes de buena fe y gente de la cultura: como el conjunto de la cultura católica del país, aquel Montserrat ha desaparecido y no volverá. Son los signos de los tiempos.