¿Cuándo dejará Trump de hacer el burro?
Comienzo un poco lejos, pero la cosa va de Trump... Manuel Azaña fue la figura política española más vilipendiada y odiada por la derecha durante los años republicanos. Simbolizaba las reformas progresistas y el anticlericalismo. No era, ni de lejos, un radical, pero lo pintaban como si lo fuera. Como jefe de gobierno y presidente, fue el objetivo principal de la propaganda conservadora, que lo consideraba el último responsable de la "destrucción" del orden tradicional, es decir, de la desigualdad secular a favor de unos pocos. Hace unos años, en una operación de reescritura, algunos ideólogos y publicistas fachas quisieron apropiarse del Azaña patriótico, dejando en segundo término el progresismo que tanto habían denostado sus padres y abuelos intelectuales. Se trataba, así, de desacreditar a Zapatero y Sánchez, unos supuestos antipatriotas que buscaban resolver el sempiterno desencaje de Cataluña. Por fortuna, la reescritura de la historia tiene sus límites.
El Azaña de ahora es Pedro Sánchez, que está concentrando todas las iras envenenadas de los propagandistas del universo PP-Vox. Pero el hábil presidente socialista esquiva los dardos y busca salidas por elevación, como el "No a la guerra", un posicionamiento que le está dando gran protagonismo al exterior y que, por supuesto, tiene una más que notable reverberación al interior. El sentimiento popular catalán, español y europeo es que la deriva bélica global es un desastre. Con Trump y Netanyahu como rivales de Sánchez, Feijóo queda ciertamente como un enano insignificante. Es importante saber elegir a los enemigos. Y, claro, saber elegir a los amigos, socios y compañeros de viaje. A la vez es importante entender que, en política, la ingenuidad es imperdonable (lo decía Tarradellas). Pero el cinismo también. Ni un país se arregla con la confrontación permanente –por muy difícil que sea el diálogo– ni el mundo se arregla prescindiendo de la diplomacia –por muchos límites que esta tenga.
En tiempos de burbujas ideológicas y desinformación, estamos volviendo a descubrir que la realidad sí que cuenta. Ya puede ir proclamando la derecha que Sánchez es el demonio, que España se hunde y bla, bla, bla. Los hechos son los hechos. Más allá de la grieta habitual, no se está rompiendo nada. Lo mismo se puede decir de Trump: cada dos por tres proclama que tiene la guerra de Irán ganada y que el régimen de Teherán se hunde. Pero resulta que es él quien va ofreciendo planes de paz a unos ayatolás que ni siquiera le escuchan y que continúan defendiéndose con uñas, dientes, misiles y drones, poniendo en jaque el comercio energético global. Es Trump quien tiene prisa por acabar con un conflicto de Oriente Medio que se le está escapando de las manos, con Israel aprovechando la ocasión para arrasar Líbano. Crece la sensación de descontrol e improvisación de la Casa Blanca.
Lejos de engañar a los convencidos, Trump se está engañando a sí mismo y está perdiendo credibilidad nacional e internacional a marchas forzadas. En lugar de MAGA, está haciendo MASA: Make America small again. Demasiados errores erráticos. El país más poderoso del planeta en términos militares está enseñando sus costuras descosidas, empezando por un presidente con un evidente déficit de comprensión lectora, es decir, de comprensión de la realidad. ¿Hasta cuándo le reirán las gracias los suyos? ¿Qué crédito económico y político global le queda? ¿Qué nueva huida hacia adelante perpetrará? ¿De Irán a Cuba y lío padre? ¿Alguien se atreverá a pinchar la burbuja donde vive?
China se mira desde la barrera la hiperactividad desgastadora de Trump. Europa parece que empieza a entender que no le puede seguir el juego. Sánchez ha hecho bandera de marcar distancias. Los jeques árabes, descolocados, sufren un ataque de nervios. La inestabilidad mundial no es ninguna broma, nadie quiere verse arrastrado. La madre de un amigo se ve que decía a menudo: "Cuando vuelva a nacer quiero ser china para no tener que proteger la cultura catalana" (frase, por cierto, que sigue perfectamente vigente). Con el mundo por referencia, la podríamos parafrasear así: "Cuando vuelva a nacer quiero ser chino para no tener que depender más de los EUA". En fin. Cataluña, España, Europa y Asia, todos pendientes de que Trump deje de hacer el burro.