Delirios de grandeza con resultado trágico

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Un conductor de un tren de alta velocidad Avlo, en la estación de Sants, en una imagen de archivo
31/10/2026 - 18:28 h
Periodista y productor de televisión

La apuesta española por la alta velocidad siempre me ha parecido una cuestión digna de ser analizada en términos políticos, sociológicos e incluso históricos, porque ha trascendido gobiernos y partidos y se ha instalado como un mantra de la gestión pública, lo cual revela, bajo mi parecer, algunas obsesiones que han devenido enfermizas.

Uno de los motivos para impulsar el AVE español fue una obsesión recurrente en los últimos tres siglos: imitar a Francia (y a ser posible, superarla). Es el resultado de un atávico complejo de inferioridad. Hoy en día España tiene más kilómetros de vía que su vecino del norte (y más que ningún otro país europeo). Pero el TGV francés transporta muchos más viajeros y, por lo tanto, es más rentable. Muchos tramos del AVE español aún tienen que demostrar su utilidad en cierta España que ahora se denomina vaciada.

Otro motivo fue también de inspiración francesa: convertir Madrid en París, en el núcleo de un territorio centralizado y radial. Compensar con movilidad la tentación centrífuga del Estado de las Autonomías y –teóricamente– compensar el desequilibrio territorial (por eso el primer tramo inaugurado, en 1992, fue el Madrid-Sevilla).

El tercer motivo tiene que ver con el segundo, y es de carácter nacionalista. Lo explicitó Magdalena Álvarez cuando era ministra de Fomento por el PSOE: “Estamos cosiendo España con hilos de acero. [...] Esta es la mejor forma de defender la unidad nacional”. Esto ha sido doctrina de estado, adoptada tanto por el PSOE como por el PP. Porque además de “coser”, el AVE se ha utilizado para dirigir los intercambios humanos. Aznar llegó a la presidencia prometiendo que todos los españoles estarían a pocas horas de Madrid en tren. Esta era la idea: Madrid como centro y también como salida al mundo, a través de los vuelos intercontinentales en Barajas.

Y como complemento, una consigna no escrita: aplazar tanto como se pueda la conexión entre las dos capitales del eje mediterráneo (Barcelona y Valencia), que concentra la mitad –¡la mitad!– del comercio exterior español. Tanto es así que 34 años después todavía no se ha hecho. Ni el PSC, ni el PP catalán ni los lobis empresariales de los dos territorios han conseguido que España baje del burro. Si ni siquiera las instituciones europeas, que pagan la fiesta, y que consideran que el Corredor Mediterráneo tiene un valor estratégico fundamental, lo han logrado! ¿Por qué? Primero, para no poner en riesgo la primacía de Madrid; segundo, porque el acercamiento entre catalanes y valencianos es la principal pesadilla de España. Les costó mucho romper el puente cultural y lingüístico que nos unía. No pueden permitir que este puente se reconstruya en nombre de la logística.

En España la política corrige las lógicas geográficas y económicas. La gestión pública está guiada por la soberbia, los delirios de grandeza y los recelos más infantiles. Y todo ello, hecho al por mayor, sin previsión (los accidentes son accidentes, pero la falta de inversión en mantenimiento en comparación con Francia es un hecho incontrovertible). Es terrible que hayan hecho falta tantas muertes inocentes para ponerlo en evidencia.

En 2015, el ministro de Exteriores del PP, García-Margallo, visitó Austria, y exhibió el progreso de España ante agentes políticos y económicos, mostrando inversiones faraónicas como la T4 de Barajas o los túneles y viaductos que habían permitido la expansión del AVE. Un periodista le preguntó: “Ministro, Austria es un país montañoso, y además es uno de los pocos contribuyentes netos de la UE, y no se ha podido permitir una red ferroviaria como la española. ¿Cómo se lo han hecho ustedes para pagar todo esto, si dependen, año tras año, de las ayudas europeas?”

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