El diluvio

El lunes cayó un buen chaparrón. Algún pluviómetro marcó ciento veinte litros por metro cuadrado. El agua del tejado rebosó del canalón y hacía una cascada al otro lado de la ventana. El patio se convirtió en una piscina. La casa es vieja y empezó a caer agua del techo al comedor, sobre el sofá. El agua del patio entraba por los respiraderos hacia el sótano, como grifos abiertos.La tormenta acabó yéndose, pero el daño ya estaba hecho. S’Agaró se inundó, después lo he visto en los vídeos. Una vecina del barrio recibió más: tiene un negocio de estética y quiromasajes en unos bajos y el agua entró por la puerta. Fuimos a ver si necesitaba algo, estaba desesperada con el Ayuntamiento, que levantó la calle para hacer un paso de cebra justo delante de su puerta. “Quizás me lo pagará el seguro, pero entonces me subirán la cuota del año que viene”.Pasamos la tarde sacando cubos de agua del sótano de casa. Haremos arreglar otra vez el tejado y buscaremos una solución para abajo. Podría haber ido peor, pensaba, mientras vertía paladas de agua en el cubo. Hacia las seis cayó un segundo aguacero. Volvió a llover dentro de casa. Por suerte esta vez se aclaró rápido.

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Miré el radar meteorológico antes de ir a dormir. No se veían nubes y el pronóstico para el día siguiente era soleado. En la cama, cerré los ojos. Qué día de mierda. Dormí toda la noche de una tirada, hasta me pareció extraño. Las últimas semanas he tenido problemas con el sueño por culpa de un requerimiento de hacienda.El barrio está lleno de casas viejas de la época del corcho y vivo rodeado de obras. Algunas casas se despiertan ahora de la letargia invernal y se preparan para los veraneantes ricos. La radial se para aquí y se pone en marcha allá. Camiones y furgonetas en la acera. Las casas no se mantienen solas. Si te desentiendes, se deterioran y se pudren y llega un momento que la única solución es tirarlas abajo y empezar de nuevo.Una casa, un país. Quizá te las has arreglado para no escuchar las quejas de la familia y que nadie te pueda después pasar cuentas. Será aún peor. Por unos años, si no llueve mucho, puedes imaginarte que no pasa nada, que solo pasa el tiempo y que el tiempo es inocuo. Pero el tiempo no es neutral. Tienes que esforzarte cada vez más, para no oír los crujidos extraños ni ver las grietas, las manchas de humedad y las puertas que no ajustan bien, las tejas rotas y las baldosas que bailan cuando las pisas. Hasta que un día los truenos se oyen por más que te tapes los oídos, cae un diluvio y resulta que vivías poco menos que a la intemperie.