La Dinamarca del norte
El estrecho de Oresund es un cuello de botella, de cuatro kilómetros en su punto más estrecho, que separa el mar del Norte y el mar Báltico (para hacerse una idea, el estrecho de Ormuz tiene treinta). Los daneses construyeron allí el castillo de Kronborg, una fortaleza para controlar el paso y hacer pagar peaje a las embarcaciones comerciales. A finales del XVI, la fortaleza se convirtió en un magnífico castillo renacentista, de una opulencia que lo hizo famoso en toda Europa.El castillo está en la ciudad de Helsingor, hoy más conocida en el resto del mundo como Elsinor, nombre en inglés que Shakespeare utilizó cuando, pocos años después de la gran reforma, ambientó allí Hamlet. Pude visitarlo este domingo y pocas veces he tenido la impresión de un lugar donde la literatura se corresponde tan exactamente con lo que ves: pasillos, puestos de guardia, frialdad nórdica y conspiraciones, incluso la gran sala donde Hamlet pudo haber hecho representar la muerte de su padre. Que Shakespeare no hubiera estado nunca allí no importa. El ser o no ser va de esto.
La impresión que un catalán se lleva de Dinamarca es intensa y está relacionada con este ser o no ser. Fuera del castillo, por las calles y parques daneses, tuve la sensación de una utopía representada: civilidad, ausencia de esclavos en los trabajos humildes, respeto por el idioma propio (todo el mundo sabe inglés pero el inglés no tiene presencia pública). Lo más impactante eran los niños. Familias con tres criaturas, mujeres embarazadas, cochecitos y la felicidad que los niños dan y que aquí ya hemos prácticamente olvidado: los niños como prueba de la confianza en el futuro, del sentido que tiene dejar una herencia. No me extraña que los daneses salgan siempre en los primeros puestos de los rankings de satisfacción vital y de felicidad. Todo lo que va contra la herencia –en otras palabras, asesinar al padre de Hamlet– es barbarie, decadencia y sumisión. Hablar de Cataluña como Dinamarca del sur solo puede ser un escarnio.Precisamente estos días se representa en la sala Beckett Dinamarca, de Lluïsa Cunillé, una reflexión de nuestra gran escritora viva sobre este ser o no ser, y que puede ser leída a partir de la frase que cierra el segundo acto de Hamlet: “La obra será la trampa para atrapar la conciencia del rey”. La obra tiene todo el sentido en este país nuestro, donde tan acostumbrados estamos a vivir en una pura representación. A pesar del título, Dinamarca permite –de hecho, exige– ser situada en un piso de Barcelona. Dirigida e interpretada con un talento extraordinario, es un acontecimiento teatral de primer orden que recomiendo con fervor.