El ERC de Rufián
¿Qué votáis, los partidos o las personas? En general, recomiendo fijarse más en los partidos, o sea, en la ideología o el programa que los inspira, que en los nombres propios que hay al frente. Las personas pasan, las organizaciones se quedan. Y si no se quedan, a menudo es precisamente por culpa de los hiperliderazgos. Es lo que le pasó a la Convergència de Pujol. Más pronto o más tarde habrá que ver qué le pasa al Junts de Puigdemont. A la vez, también es verdad que sin un líder fuerte cuesta cohesionar cualquier organización: sea un partido, una institución, una empresa o una asociación. El equilibrio entre el grupo y la personalidad que lo encabeza nunca es sencillo.
Vamos al caso de ERC. A los votantes tradicionales les incomoda Rufián. En cambio, es posible que con este cabeza de cartel el partido consiga nuevos sufragios, sobre todo de gente joven –o no tan joven– desligada del catalanismo tradicional. Es otro dilema clásico: ¿concentrarse en el público propio y satisfacerlo con aquello que espera o abrirse y captar gente diferente? ¿Mantener las esencias o hibridarse? ¿Aguantar la posición o arriesgar? Esta vez, ERC, más que tomar una decisión madurada, se ha visto arrastrada por la situación: Rufián es ahora mismo una marca propia demasiado potente como para prescindir de ella. La ERC liderada por Junqueras ha decidido que es lo suficientemente fuerte para mantener este verso libre, aunque les chirríe la coherencia. Es una bicefalia con poco riesgo porque Rufián no tiene capacidad de maniobra dentro del partido, donde su corriente (Tardà y cía) es minoritaria. Junqueras, pues, ha decidido que ya le iba bien tener en Madrid a alguien con capacidad de incidencia mediática, alguien que juegue la carta del frontismo de izquierdas. La cara visible de ERC en Madrid puede ser más heterodoxa que en Barcelona.
¿Cuántas veces el catalanismo ha jugado con el Cataluña adentro y Cataluña afuera? Recordemos el tándem de Prat de la Riba y Cambó. O de Pujol y Roca: este segundo, es cierto, acabó mal. Roca, claro, era muy fuerte dentro de CDC. Después hubo el tándem de Pujol y un Duran blindado con su propio partido, UDC. Pujol le dejaba hacer. Con el PSC ha sido diferente: el partido se vinculó desde el principio orgánicamente al PSOE, de manera que en Madrid el referente ya no era un político propio. Muy pronto perdieron el grupo parlamentario en el Congreso.
La historia de ERC, como la de la mayoría de formaciones, está llena de batallas fratricidas. Dentro de cinco años, sin embargo, ya será un partido centenario. Teniendo en cuenta la convulsa historia contemporánea de Cataluña, el hito no es desdeñable. Nació en 1931 en un proceso de unidad acelerada de las izquierdas, las más obreristas y las más nacionalistas. El precipitado invento les salió bien, con el quijotesco Macià, exmilitar español, como líder: el Abuelo, un mito viviente. Después vino Companys, el presidente mártir, fusilado en 1940. ERC sobrevivió a la larga dictadura y uno de sus exdirigentes, Tarradellas, presidente en el exilio, se situó al frente de la Generalitat restaurada, a pesar de no hacerlo en nombre de ERC sino como emblema de la continuidad institucional. Una ERC que a los inicios de la Transición prácticamente resucitó de la nada en medio de fuerzas de izquierdas mucho más implantadas en el antifranquismo: socialistas y comunistas.
Uno de los momentos clave de la historia reciente del partido fue el salto al independentismo con la entrada de Àngel Colom –líder de la Crida– y Josep-Lluís Carod-Rovira –militante de Nacionalistas de Izquierdas–. El paso se gestó justamente el otoño de hace ahora cuarenta años, en 1986. La primera señal pública la lanzó Carod-Rovira con un artículo en el Avui publicado el 1 de noviembre: Una necesidad vital: refundar ERC. Empezaba la remontada de una ERC entonces marginal con 5 diputados en el Parque de la Ciudadela. Al cabo de una década, Colom y Pilar Rahola se marchaban para fundar el efímero Partido por la Independencia (PI). La ERC liderada por Carod-Rovira siguió en alza, con los 23 escaños en el Parlamento de 2003, cuando hizo posible el tripartito. La historia posterior, incluida la marcha de Carod-Rovira, ya es suficientemente conocida. El máximo de escaños llegó en 2021 con 33 y Pere Aragonès elegido presidente. El tándem Junqueras-Rufián no deja de reflejar la doble alma histórica de los orígenes del partido. A ver hacia dónde les lleva.