¿Está Europa en guerra?

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¿Está Europa en guerra?
24/10/2026 - 21:05 h
Directora del ARA

En dos conversaciones mantenidas en las últimas tres semanas, dos personas con buena información y capacidad de análisis han coincidido en decirme que estamos en una tercera guerra mundial de carácter híbrido. El primero fue un politólogo conservador, el canadiense Michael Ignatieff; el otro, un ministro de Defensa de un país de la UE. La primera conversación la publicamos en el ARA y la segunda forma parte de un off con alguien con un nivel extraordinario de información de lo que está pasando en el este de Europa. La afirmación es, sin duda, terrorífica, por lo cual es imprescindible ver dónde estamos y qué podemos hacer para no contribuir a seguir cavando la fosa.

De entrada, repasemos cuáles son estas agresiones contra Europa que justifican las palabras de los dos interlocutores, que coinciden en señalar a Rusia como el agente provocador. Más allá de la agresión directa contra Ucrania, se multiplican los gestos grises de acoso sobre Europa: una serie de sabotajes y ataques que por sí solos no justifican una respuesta de la OTAN pero que exigen una relectura despierta de la situación.

1. Polonia, noviembre de 2025. Una explosión destruyó un tramo de la línea de tren Varsovia-Lublin, a la altura de Mika, una infraestructura esencial para transportar suministros hacia Ucrania. Los autores también manipularon la vía y dañaron instalaciones eléctricas. El sabotaje puso en peligro un tren con 475 pasajeros. El primer ministro, Donald Tusk, identificó a dos ciudadanos ucranianos que, según los servicios polacos, actuaban por encargo de la inteligencia rusa y que huyeron a Bielorrusia.

2. Alemania, noche del 4 al 5 de agosto de 2026. Un dron cargado de explosivos penetró en el aeropuerto de Leipzig/Halle e impactó contra el ala de un avión Antonov dedicado al transporte de material para Ucrania. No detonó. Los investigadores localizaron posteriormente otros aparatos con cargas explosivas en el entorno del aeropuerto. El 1 de septiembre, el ministro alemán del Interior, Alexander Dobrindt, atribuyó abiertamente la operación a Rusia.

3. Estonia, 15 de agosto de 2026. Se prende fuego a las instalaciones de Milrem Robotics, en Tallin, una empresa especializada en vehículos terrestres no tripulados utilizados también por las fuerzas ucranianas. Los servicios de seguridad de Estonia atribuyeron la operación a los servicios secretos rusos.

4. Polonia, septiembre de 2026. Un incendio destruyó el sistema eléctrico y el generador de reserva de una instalación de Starlink en el centro de Polonia. Las comunicaciones que provee la empresa de Musk son fundamentales para las operaciones militares ucranianas. Las autoridades polacas atribuyeron el incidente a Rusia.

También ha habido ataques investigados sin autoría rusa acreditada, pero sí sospechosa, como los daños a cables submarinos de telecomunicaciones o un intento de sabotaje incendiario contra una estación terrestre de Starlink cerca de Vilna. Las autoridades alemanas localizaron, a mediados de septiembre, un dron con explosivos cerca de la base aérea de Wunstorf, en la Baja Sajonia. Los investigadores sospechan que podía tener como objetivo aviones de la Bundeswehr. El 21 de octubre, Reuters informó que las fuerzas armadas alemanas habían elevado el nivel interno de amenaza por sabotaje ruso a "significativo". Tanto en los países bálticos como en Hungría se cuentan por decenas las operaciones aéreas de provocación protagonizadas por aviones rusos.

Utilizar el miedo

En Polonia, uno de los países europeos que mejor conocen la amenaza rusa por razones históricas y geográficas, el miedo ya forma parte de la vida política. Según una encuesta del instituto IBRiS publicada en septiembre, el 68% de los polacos temen una provocación armada de Moscú. En cambio, solo un 16% creen que la guerra de Ucrania se extenderá a su territorio. Los dos datos, procedentes de encuestas diferentes, muestran a una sociedad que no vive necesariamente convencida de que estallará una guerra abierta, pero que ha asumido la posibilidad de una agresión permanente. Es el terreno en el que opera la guerra híbrida: un estado de inseguridad en el que la frontera entre la paz y la guerra se desdibuja deliberadamente.

La prensa polaca ha identificado el núcleo de esta estrategia. En un artículo publicado en Rzeczpospolita, Marek Kutarba lo resume con un título elocuente: "Rusia ya tiene suficiente con que le tengamos miedo". La tesis es: Putin no necesita invadir Europa para empezar a someterla. Le puede ser suficiente conseguir que los europeos tomen sus decisiones condicionados por el miedo a Rusia. Cada sabotaje, cada incursión con drones y cada amenaza buscan demostrar que Moscú tiene capacidad para alterar la normalidad europea. La destrucción material puede ser limitada; el efecto político que se persigue es mucho más ambicioso. El objetivo no es simplemente intimidar, sino modificar las decisiones de los gobiernos y el comportamiento de las sociedades. Que ayudar a Ucrania parezca demasiado peligroso. Que reforzar la defensa europea se interprete como una provocación. Que cada nuevo sabotaje alimente la tentación de ceder para evitar otro.

Esta es la paradoja que afrontan las democracias europeas. Tienen la obligación de informar a los ciudadanos de los riesgos, pero también deben evitar que la intimidación consiga su principal objetivo: paralizar la voluntad política. La cuestión ya no es únicamente cuántos ataques puede soportar Europa, sino cuántas decisiones está dispuesta a dejar de tomar por miedo a provocar otro. La victoria más rentable para el Kremlin sería una Europa que, sin haber sido derrotada militarmente, empezara a actuar como si lo hubiera sido.

La guerra híbrida no busca necesariamente conquistar territorio, sino condicionar la libertad de decisión del adversario. Y esta es su dimensión más peligrosa. Una democracia puede resistir un sabotaje, reparar una vía ferroviaria o sustituir una infraestructura destruida. Lo que resulta mucho más difícil de reparar es la pérdida de confianza en la propia capacidad. Rusia no necesita ganar una guerra contra Europa si consigue que Europa renuncie, por miedo, a defender sus intereses.

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