El éxito literario y la IA
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A finales de septiembre se produjo en Francia un escándalo que ha hecho tambalear el mundo editorial y cultural. La novela que lideraba las ventas en la rentrée literaria –la mayor parte de la narrativa de ficción se publica justo al volver de las vacaciones estivales– parece que no la ha escrito su autor, Thélyson Orélien, él solo, sino que se debe sobre todo a la inteligencia artificial.
El autor de la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir), que relata el largo y difícil recorrido de un profesor haitiano hasta Quebec, huyendo de la violencia y la miseria, es un quebequense de origen haitiano, lo cual añadía autenticidad al relato de ficción. La obra tuvo un éxito fulgurante de público y de crítica, y fue clasificada entre las finalistas en los premios literarios más conocidos, hasta que una cuenta anónima de una red social denunció que había sido escrita en gran parte por la IA. El responsable de esta denuncia ha resultado ser un opinador de derechas que se dedica a hacer públicos casos en los que se ha utilizado la IA sin decirlo. Lo hace pasando textos por los programas informáticos que detectan el uso de la IA, lo cual no deja de ser irónico y paradójico: solo la misma IA es capaz de confirmar que se ha utilizado la IA.
Las reacciones frente a esta revelación han sido diversas: desde la indignación por lo que se considera una estafa (el presidente de la academia Goncourt incluso ha comparado a Orélien con el catalán Enric Marco, que conoce a través del libro de Javier Cercas) hasta los que lo han defendido diciendo que nada prohíbe utilizar la IA para escribir una obra literaria de ficción. El autor, por su parte, ha afirmado que había escrito la novela años antes de que la IA fuera capaz de hacer las proezas actuales en el campo lingüístico, y ha acusado a sus detractores de deshumanizarlo.
Otros comentaristas han puesto contexto a esta polémica: Alexandre Dumas, el autor de los Tres mosqueteros, ya fue acusado hace casi dos siglos de no escribir sus novelas y de tener todo un equipo de escritores a sueldo para producir libros a un ritmo sostenido. La acusación no se probó nunca, pero sirvió para criticar lo que ya entonces se llamaba la “literatura industrial”. Otros han destacado las connotaciones racistas y clasistas del asunto Orélien: hay quien piensa que es imposible que un haitiano, o incluso una persona de color, domine tanto el francés y la técnica narrativa para hacer una buena novela. De manera similar, la autoría femenina de obras del pasado se pone en duda muy a menudo: se señala, oportunamente, a un marido, un hermano o un secretario como verdadero autor de la obra, aunque no se pueda demostrar.
El caso actual plantea, sin embargo, cuestiones interesantes respecto a la institución literaria y a qué llamamos “literatura”. Por lo que se refiere a la primera, forma parte de las “industrias culturales”, y las editoriales, por la ley del mercado, se ven obligadas a crear eventos, presentar autores como “revelaciones”, ejercer presión para la obtención de premios prestigiosos, de entrevistas en los medios, etc. Nada de todo esto es ilegítimo o poco ético en sí, por supuesto, pero se debe ser consciente de hasta qué punto determina nuestros gustos y hábitos lectores.
En cuanto a la definición de lo que entendemos por literatura, en general es lo suficientemente amplia para incluir desde obras que muy poca gente llega a leer por su dificultad intrínseca, como el Ulises de James Joyce, hasta el último bestseller de fantasía romántica, género que triunfa actualmente y en el cual abundan las obras escritas en gran parte por la IA. Sin embargo, la novela de Thélyson Orélien se sitúa en la franja intermedia de los textos considerados “de calidad literaria” pero al mismo tiempo éxitos de ventas. C’était ça ou mourir toca un tema candente de hoy en día, sin endulzar la dureza de la migración forzada, pero con un toque “humano” que suaviza la amargura.
La paradoja, a mi entender, es que la IA se basa en la predictibilidad: nos propone formulaciones lingüísticas basándose en lo que es más previsible sobre la base de la enorme cantidad de textos que ha procesado. Buena parte de la literatura, y del arte en general, suelen fundamentarse exactamente en lo contrario, en imágenes y expresiones que nos sorprenden, y nos hacen pensar y soñar precisamente porque difieren de las que utilizamos en la vida y la comunicación cotidianas. La afirmación de Mallarmé según la cual la poesía da “un sentido más puro a las palabras de la tribu”, aunque discutida, es compartida por muchos escritores. Algunas editoriales han empezado a poner la etiqueta “100% humano” a sus libros. Ahora bien, ¿hay alguna actividad humana, en nuestra era tecnológica y virtual, que sea puramente humana? Quizás haríamos mejor abandonando este ideal de pureza y acostumbrándonos a la idea de que la lengua no es una propiedad exclusiva de los seres que nos llamamos a nosotros mismos humanos.