Exorcizar lo imprevisto
A la hora de escribir estas líneas no se sabe exactamente cuál fue la naturaleza de los altercados, destrozos y pillajes que provocó la juventud reunida la noche del sábado pasado en Barcelona. Más allá de la indiscutible gravedad de los daños causados, el comportamiento de unos cuantos se ha convertido en un síntoma del actual malestar social. Además, la proximidad de unas elecciones muy polarizadas ha hecho que cobraran valor político. Sin embargo, y de momento, no podemos ir mucho más allá de observar de qué manera exorcizamos lo imprevisto y cómo nos lo apropiamos a favor de nuestros prejuicios. He aquí unas notas.
En primer lugar, ante acontecimientos disruptivos como los del sábado pasado, es decir, los que alteran las rutinas sociales, tenemos la necesidad de verlos como si fueran resultado de la vulnerabilidad de la misma normalidad. Queremos que alguien nos diga que “ya era de esperar”. Por eso, todos los productores de discurso público, los medios de comunicación y las redes sociales, se vuelcan en fabricar explicaciones recurriendo a testigos, autoridades, expertos y, no hace falta decirlo, tertulianos. Se buscan antecedentes, se hacen comparaciones con situaciones parecidas y se pronostican consecuencias con el fin de, domesticando el hecho anómalo, calmar la ansiedad social.
Esto explica, en segundo lugar, que a las crisis sociales excepcionales se las presente como la expresión de algo más profundo, lo sean o no. Es una manera de diluir rápidamente su carácter extraordinario. Se trata de atribuir la responsabilidad de aquello que es inexplicable al fallo del conjunto de la sociedad, como si fuera el síntoma de una enfermedad más general. Son una especie de generalizaciones improvisadas que, cuando se abusa de ellas, facilitan las miradas catastrofistas que hacen crecer la desconfianza social y que, paradójicamente, pueden alimentar aún más los comportamientos reactivos.
En el caso de los hechos del sábado, en tercer lugar, es fácil descubrir cómo se simula que se tiene el control de ellos, aunque solo sea una ilusión. Por una parte, se describen los hechos poniéndoles nombre: la excepcionalidad se empieza a controlar sabiendo cómo se debe llamar, clasificándola, etiquetándola. Por otra, se especula sobre quién convocó, cómo y a quién llegó el mensaje y por qué los participantes atendieron la orden recibida. Y, claro, cómo es que quien tenía la misión de impedirlos, el gobierno y la policía, no supieron detenerlos.
El clima preelectoral, en cuarto lugar, ha hecho que los diferentes actores políticos hayan atribuido un sentido al saqueo en función de sus intereses. Que si está la extrema derecha detrás, que si son los sospechosos habituales de la extrema izquierda, que si el gobierno de Sánchez incendia las calles en beneficio propio, que si ya sabemos de dónde vienen o de quién son hijos, que ya se ve a quién beneficia... Se trata de llevar el agua del alboroto al propio molino de la supuesta capacidad de resolver sus causas. En política, como con el cerdo, todo se aprovecha.
El quinto punto es para las tópicas explicaciones generalizadoras de las que hablaba antes. Aquí los analistas sociales somos imprescindibles para dar credibilidad a las sospechas: somos los actuales profetas de calamidades. Así, podemos culpar a las redes sociales porque no solo han sido el instrumento de difusión, sino que también son la gasolina que las ha encendido. O apelamos a supuestos “efectos espejo” de hechos como los de París. Y según la agenda ideológica de cada cual, articulamos todo tipo de especulaciones sobre el perfil de quienes perpetraron el pillaje en función de la edad, el sexo, el origen o las situaciones administrativas. Todo, sin tener aún datos definitivos –si es que alguna vez nos los dan–, y solo atendiendo a los propios sesgos, tanto si son para provocar más conflictividad como si es, con buenas intenciones, para evitarla.
Y ya estamos en el último escalón en este intento de domesticar lo imprevisto. Llega la hora de exculpar a sus autores, la chiquillería que se delataba ingenuamente a sí misma ante los móviles, embriagada por los trofeos conseguidos en el saqueo. Se ha culpabilizado a la escuela, la familia o, por lo general, al sistema político y económico en el que nos toca “malvivir”. Se olvida que son la escuela, la familia y este sistema perverso los que, para bien o para mal, hacen que estos hechos sean excepcionales, que la ciudad no sea una selva y que en ella predomine el civismo dócil que ahora se ha visto alterado.
Pero, más allá de exorcizar la realidad, ¿podremos saber qué pasó y por qué? Quizá sí, pero todavía no. Una cosa es el control simbólico de la realidad, que tiene prisa, y otra es desentrañarla hasta comprender sus complejidades. Y esto último requiere datos y tiempo.