Extrema derecha e inmigración: no hay correlación, tampoco en Europa
Hace tiempo que el debate gira en torno a la pregunta de qué explica el auge de la extrema derecha. L’ARA del domingo pasado dedicaba un dossier que tenía la virtud de combinar un análisis más cuantitativo con descripciones a fondo de municipios como Ripoll, Figueres, Vic, Manresa o Balaguer, todos ellos en el llamado eje transversal de la extrema derecha. A partir de los datos cuantitativos, Jordi Muñoz concluía que, mientras que los niveles de inmigración y los factores socioeconómicos no parecen ser decisivos, la dimensión política (en concreto, el colapso del apoyo a los partidos independentistas) sí que correlaciona directamente con un voto más elevado a Aliança Catalana. Estos resultados confirman lo que hemos visto en otros contextos europeos.En el resto de Europa tampoco se da esta correlación entre extrema derecha e inmigración. Así lo concluye el demógrafo francés Hervé Le Bras en su libro El gran engaño (Editorial Hacer, 2024), donde compara la relación entre populismo e inmigración en seis países europeos (Austria, España, Suiza, Italia, Alemania y el Reino Unido) y los Estados Unidos. Según Le Bras, esta correlación puede llegar incluso a ser inversa, es decir, cuanto menos inmigración, más voto a la extrema derecha. Los ejemplos no son pocos: en Alemania los inmigrantes están en el oeste, mientras que el voto a la extrema derecha se concentra sobre todo en el este. En los Estados Unidos, Trump gana en el Oeste Medio y el sur profundo, que es justo donde los inmigrantes están menos presentes. Si bien en Francia e Italia sí que parece haber cierta correlación en términos regionales, cuando bajamos al nivel local esta relación desaparece.Según Le Bras, esta distribución desigual del voto a la extrema derecha se explica sobre todo por la fractura entre el campo y la ciudad. Por ejemplo, en Francia, en las elecciones de 2017, el 32% de los votantes en municipios de menos de 1.000 habitantes se decantaron a favor de Marine Le Pen, mientras que este porcentaje bajaba al 12% en ciudades de más de 100.000 habitantes y al 5% en París. Es la misma fractura que vimos en el Reino Unido con el referéndum del Brexit, donde las zonas urbanas se posicionaron mayoritariamente en contra y las rurales a favor.
Coincidiendo con el análisis sobre Cataluña, Le Bras tampoco ve concluyente la relación entre el voto antiinmigración y los factores socioeconómicos. La inmigración sigue una lógica económica, es decir, se establece en las regiones económicamente más dinámicas, que acostumbran a ser las más urbanas y menos favorables a los partidos de extrema derecha. En el caso de Italia, el reparto geográfico de las personas en situación de paro es inversamente proporcional al de los electores de extrema derecha: cuanto más al sur, más paro pero menos voto hacia estos partidos. Si bajamos al nivel individual, el perfil de los votantes de extrema derecha difiere de país en país: en Francia y Alemania son obreros; en Italia, Suiza y Austria son trabajadores independientes, y en España son clases medias.Donde sí que se da una correlación clara, como en Cataluña, es en el factor político. Según Le Bras, el auge de la extrema derecha es indisoluble del descontento hacia el poder central, que toma diferentes formas en cada contexto nacional: la de una Italia del norte que considera que Roma redistribuye injustamente en beneficio del sur, la de una parte del Reino Unido que acusa al gobierno de ceder ante Bruselas, la de una Alemania del Este que se siente despreciada por el Oeste o la de una España que considera que el gobierno cede ante las demandas de la periferia. En el caso de Cataluña, la percepción de desprecio por parte de Madrid y, tal como señala Jordi Muñoz, el desencanto post-Procés con los partidos independentistas es un factor determinante.Pero este descontento con el poder central, que se solapa con antiguas fracturas históricas, es indisoluble de cuestiones materiales. Tal como muestran los excelentes reportajes sobre los diferentes municipios del eje transversal, la saturación de los servicios públicos, la degradación de los centros urbanos, la segregación residencial y escolar, la crisis de la vivienda o el crecimiento de las desigualdades están detrás de esta percepción de abandono. Desde esta perspectiva, el discurso antiinmigración y el auge de la extrema derecha son síntomas de un problema mayor, que tiene que ver con una crisis de representación y de la democracia. Ante un estado que se percibe como incapaz de responder a su promesa de mejora de las condiciones sociales, la inmigración se convierte en el chivo expiatorio y el voto a la extrema derecha en una opción de protesta y antisistema.