Francia y el otro gran problema: la deuda
El gobierno francés tiene que pagar un tipo de interés de casi un 5% por endeudarse a un plazo de 10 años, más que Italia o que Grecia. La diferencia con lo que paga Alemania, la prima de riesgo, se ha elevado hasta 1,5 puntos porcentuales, más del doble que en el caso de España. Algunos inversores temen que la situación se pueda descontrolar. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Es realista el temor a una crisis de la deuda francesa? ¿Podría arrastrar a otros países de la zona del euro como en 2012?
Los tipos de interés han subido en todas partes, no solo en Francia, por el aumento de la inflación y la respuesta de los bancos centrales. En Francia, sin embargo, el aumento ha sido más intenso por culpa de su situación fiscal y de la inestabilidad política. La combinación de déficits públicos superiores al 5% del PIB durante cuatro años y un crecimiento económico pobre (este año se prevé que no llegue al 0,5%) ha elevado la deuda pública hasta cerca del 120% del PIB. Preocupa más la trayectoria ascendente de la deuda que el nivel del 120%, que no es prudente pero es inferior que en Italia o Grecia. Los mercados acostumbran a ser más indulgentes con un país muy endeudado que controla la trayectoria de la deuda que con un país menos endeudado pero sin un plan creíble para estabilizarlo.
Para estabilizar la deuda y empezar a bajarla es necesario que Francia reduzca el déficit público de una manera sostenida. El problema es que el gobierno no tiene suficiente mayoría para tomar las medidas necesarias. La contestación social todavía lo dificulta más. Y las elecciones presidenciales previstas para la próxima primavera añaden incertidumbre. No se sabe quién ganará ni si saldrá un gobierno estable.
¿Es, pues, probable una crisis de deuda francesa? No lo creo: hoy, una crisis de deuda sigue siendo un riesgo, pero no es el escenario central. La situación es difícil de gestionar, pero el ajuste necesario para estabilizar la deuda a medio plazo no es exagerado: reducir el déficit en medio punto de PIB por año podría ser suficiente. Francia tendrá que elegir entre aumentar una presión fiscal ya muy elevada (52,4% del PIB) y moderar un gasto (57,7% del PIB) que supera claramente la media de la zona del euro. Afortunadamente, a pesar de las dificultades que atraviesa, no es una economía en caída libre en la que la recaudación esté disminuyendo, lo que haría más difícil alcanzar una reducción del déficit. También existe un cierto consenso entre la mayoría de fuerzas políticas sobre la necesidad de arreglar las finanzas públicas, aunque, hasta ahora, no se hayan puesto de acuerdo en cómo hacerlo por tacticismo electoral o por razones ideológicas. Y la reestructuración de la deuda o el abandono del euro no forman parte del debate político central francés.
Aunque no hay una crisis de deuda, todavía podría haber más turbulencias de las que hemos visto hasta ahora. Los inversores están mirando con lupa lo que ocurre en Francia. Cualquier dato, noticia o declaración será escrutada según lo que indique sobre la capacidad del país de estabilizar la deuda. Si la economía cae en recesión, la tensión social se agrava o los candidatos con posibilidad de formar gobierno no transmiten con suficiente claridad un mínimo compromiso de disciplina fiscal, la prima de riesgo todavía puede crecer más. En otros países hemos visto que, a veces, la situación tiene que empeorar antes de mejorar. Ante la posibilidad de una crisis más grave, que tendría un enorme coste económico, parece razonable pensar que los responsables políticos harán lo necesario para evitarla.
En cuanto al riesgo de contagio a otros países, hoy en día existen mecanismos que ayudan a evitarlo. El Banco Central Europeo puede comprar deuda de un país que se vea afectado por una pérdida de confianza que tenga más que ver con la situación en Francia que con la situación en el mismo país. La situación actual es muy diferente a la de 2012, cuando estos mecanismos no existían y las dudas sobre la supervivencia del euro eran mucho más intensas. Ahora bien, es necesario que el país en cuestión cumpla determinados criterios sobre sostenibilidad fiscal y ausencia de desequilibrios macroeconómicos graves. El BCE tiene margen de discreción para valorar estos criterios, y pienso que, si se da el caso, no sería excesivamente meticuloso. En cualquier caso, España cumple estos criterios y se enfrenta a la situación actual desde una posición más sólida que en otros episodios de turbulencias –esto no impide que haga falta continuar reduciendo la deuda pública–. La lección de Francia es clara: los mercados pueden ignorar durante años unas finanzas públicas más o menos débiles, pero cuando cambia el entorno dejan de mirar la media y empiezan a buscar las excepciones. El mejor momento para corregir los desequilibrios es antes de convertirse en una de estas excepciones.