Francia y la indignación colectiva

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Protestas en Francia por el coste de la vida, el 18 de octubre de 2026.
19/10/2026 - 22:40 h
Periodista

Las imágenes de la angustia destructiva y del pillaje descontrolado se llevan los titulares de una descomposición mucho más profunda que recorre Europa. Las movilizaciones multitudinarias en Francia han reunido a estudiantes, padres, profesores, sindicatos y chalecos amarillos contra el encarecimiento de la vida; contra las propuestas del gobierno para recortar pensiones, retrasar la edad de jubilación y encarecer las tasas universitarias; es una protesta contra la falta de profesores, o el estado de abandono de muchos centros educativos de las banlieues, que contó, durante muchas semanas, con la participación pacífica de algunos alcaldes de las localidades más afectadas. No es solo una crisis intergeneracional, sino también un malestar generalizado contra un sistema redistributivo cada vez más desigual.

El hartazgo es general. Las protestas también crecen en Italia y en Bélgica por el coste de la vida y los recortes en educación. Disturbios en Milán, Turín y Bolonia y gritos de “Dinero para las escuelas y no para la guerra” en las calles de Roma. Las acampadas por la vivienda se extienden a Portugal y movilizan también a los jóvenes griegos. Albania lleva una semana entera de protestas violentas de los estudiantes con quema de edificios oficiales incluida, tras meses de frustración por la indiferencia del gobierno ante las manifestaciones pacíficas contra la corrupción, y la falta de mejoras tangibles en su vida cotidiana. Y en Alemania el malestar se expresa contra el servicio militar y el gasto armamentístico del gobierno.

Las causas pueden diferir, pero la sensación de angustia y descontento es compartida. Las protestas se han convertido en la expresión de una frustración colectiva por el coste de la vida, la disparidad extrema de riqueza, la parálisis gubernamental y un sistema de bienestar social en declive.

En Francia, las condiciones de vida de más del 40% de la población se han estancado o han empeorado desde la crisis económica post Lehman Brothers. Mientras tanto, el 10% de las fortunas más grandes de Europa acumulan casi el 60% de toda la riqueza continental. En cambio, el 50% inferior solo acumula el 5%. Hace quince años, la riqueza conjunta de los multimillonarios de todo el mundo era de 4,5 billones de dólares. En 2024 esta cifra se había más que triplicado, hasta llegar a los 14,2 billones de dólares. Son cifras del Observatorio Fiscal Internacional, una organización de investigación financiada por la Unión Europea, que dirige el economista francés Gabriel Zucman.

Es por eso que la agonía del macronismo vivirá este otoño su sentencia de muerte. Emmanuel Macron llegó al poder en 2017 como un presidente “jupiterino”, que pretendía situar al jefe del estado por encima de la política cotidiana, proyectando una autoridad distante y un brillo tecnocrático. La realidad, sin embargo, se ha traducido en arrogancia y desconexión. El presidente es un pato cojo permanentemente condenado a la inestabilidad política, con el país más fracturado que nunca, y un estado endeudado e irreformable. La deuda pública francesa roza el 120% del PIB, su nivel más alto desde 1946 y el doble del límite establecido por la UE. Los mercados están preocupados porque los costes de endeudamiento de Francia son más elevados que los de Grecia y la incertidumbre sobre el resultado de las próximas elecciones presidenciales y legislativas hace subir aún más los tipos de interés.

Macron debía regenerar y transformar el escenario político francés, pero no ha podido evitar, en cambio, la profundización en la degradación del sistema, ni el pesimismo y el malestar que han alimentado y agrandado a la extrema derecha más longeva de la Unión Europea. Mientras el Elíseo carga contra la izquierda de Francia Insumisa y la acusa de alimentar el desorden, los líderes de Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen y Jordan Bardella, se sienten los ganadores electorales inmediatos del caos y ofrecen su partido como el único capaz de restablecer el orden en el país.

El momento es crucial para Europa; justo al inicio de un superciclo electoral que debe decidir el futuro político de España, Francia, Italia y Polonia y, con ellos, el de la Unión Europea en general. Francia es demasiado grande para caer –como se decía durante la crisis financiera–, pero lo suficientemente disfuncional para arrastrar la estabilidad económica de toda la Unión.

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