El fraude
Una vez más debemos estar de acuerdo con José María Aznar, analista: las elecciones generales del 29 de noviembre no son unas elecciones cualesquiera. Según Aznar son “las más importantes en los últimos cincuenta años”: más “importantes”, debemos entender, por tanto, que las elecciones generales constituyentes de junio de 1977, donde fueron elegidas las Cortes que redactaron y aprobaron la Constitución de 1978, la misma contra la que Aznar escribía unos artículos profundamente furibundos y “liberales” en el diario La Nueva Rioja. Ahora, convertido desde hace tiempo en un Pelayo visigótico del autodenominado constitucionalismo, el expresidente de la guerra de Irak y de la España va bien nos advierte de la hecatombe: “Si la mayoría actual de gobierno continúa en el poder, el sistema constitucional y la monarquía parlamentaria se acaban”, ha avisado. Se debe reconocer que, según cómo, es un escenario tentador.
Las elecciones del 29 de noviembre no son unas elecciones cualesquiera, no porque sean “las más importantes”, sino porque claramente son las más frontistas que se habrán celebrado hasta ahora. La lógica de frentes no tiene compasión de los vencidos ni tampoco de los que dicen situarse al margen. Si el bloque de la derecha y la extrema derecha gana las elecciones, como parece probable, comenzará previsiblemente una agenda revanchista que irá desde la derogación de las leyes sanchistas al intento de encarcelar a Pedro Sánchez por alta traición. Habrá, también previsiblemente, una agenda catalana bien específica, que pasará por una embestida sin contemplaciones contra la escuela pública, la lengua y las instituciones de autogobierno. También contra los partidos independentistas o que se puedan considerar cercanos al independentismo, y esto incluye naturalmente a Junts, que reivindica no formar parte de ninguno de los dos bloques españoles, pero que simplemente ha hecho el papel de tonto útil. Puigdemont se puede encontrar con que vuelva del exilio para ver cómo se abre una nueva causa contra él y su partido, si así lo estiman conveniente los patriotas constitucionales para salvaguardar “el sistema constitucional y la monarquía parlamentaria” que, según Aznar, se encuentran en peligro.
El objetivo a largo plazo de la derecha y la ultraderecha es la corrosión del sistema de representación, y por eso comienzan por poner en cuestión la validez del voto. En este caso han fijado el foco en el voto por correo, que según Abascal y Ayuso está controlado por “Pedro Sánchez”. En nuestros días, lo primero que nos viene a la cabeza es el referente de Trump, que también se dedica a extender la sospecha del pucherazo en las ya inminentes elecciones de medio mandato, porque ve venir que las perderá. Pero la derecha española, en realidad, ha alimentado esta misma teoría conspirativa desde los tiempos de la República. Y, de hecho, la acusación de que las elecciones de febrero de 1936 habían sido “fraudulentas” fue utilizada (y lo es aún hoy) para justificar el golpe de estado fascista y militar de julio de aquel año. En cualquier caso se trata de socavar en beneficio propio la credibilidad de las instituciones democráticas, para hacérselas a medida.