No hay tiranía del presente inmediato que valga para no seguir hablando de lo que se ha denominado como la masacre de Melilla. Esto es: veinticuatro de junio del dos mil veintidós, asesinato a noche cerrada de decenas de personas que trataban de atravesar la frontera con España en la valla de Melilla. Un baile de cifras para decir cuánta vida había antes de lo que ahora llamamos "tragedia", repitiendo así el lenguaje institucional de la frontera. Un lenguaje que habla de "tragedia", como también habla de "migrantes", "mafias", "fuerzas de seguridad", "integridades nacionales", "cooperaciones" diversas, "órdenes" y "buenas resoluciones". 

No es de este lenguaje que habla la autora chicana Gloria Anzaldúa en su libro Borderlands / La frontera (1987). Ella, cuando designa el lenguaje de la frontera, se refiere al habla de los "atravesados": los prohibidos, los problemáticos, los de raza mezclada, los medio muertos, “los que cruzan, los que pasan por encima o atraviesan los confines de lo que es «normal»”. Una lengua contaminada de tensión, ambivalencia y malestar. Una lengua que acoge la muerte como una forma más de conjugarse. La lengua de quien cruza, pasa por encima o atraviesa. Lo explica así: hay quien habla sin sentirse seguro dentro de la vida interior de su ser. ¿Cuál es, pues, la lengua que hablan los herejes?

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Anzaldúa sostieneque la frontera –ya sea física, psicológica, sexual o espiritual– surge con el encuentro de dos culturas, con sujetos diferentes ocupando el mismo territorio, cuando el espacio entre las personas, afirma, se encoge con la intimidad compartida. Lo escribe con una mezcla bastarda de lenguas –entre el inglés, el español imperial, el dialecto del norte de México– hasta crear un nuevo idioma que acuña como el lenguaje de las tierras fronterizas. Una lengua desconocida. Una lengua a venir. Es un espacio de muerte y de vida, un encuentro a medio sendero entre el crecimiento y la derrota. 

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Confinar la frontera en un espacio metafórico, sin embargo, es ignorar la materialidad de lo que pensamos como un símbolo. La frontera, uno la palpa cuando la vive (“este es mi hogar / este fino borde de / alambre de púas”), cuando descubre que en la piel sin costuras de la tierra y en el mar sin vallas, igualmente se pueden trazar límites. Volvemos al veinticuatro de junio y a las palabras de un presidente estatal que describen el asesinato masivo como una "buena resolución": el espacio es Melilla y el tiempo, el nuestro.  

Anzaldúa fue la primera persona en seis generaciones que marchó del Valle, Texas. Le reprochaban que lo hiciera por voluntad. Le decían que le gustaba la mala vida. Lesbiana chicana criada en la religión católica y educada para ser heterosexual, escogió la fuga. Constantemente, narra, se encuentra entrando y saliendo de lo que es blanco, católico, mexicano, indígena, forjando día tras día una identidad que se fundamenta en el gesto de resistir. Vuelve: hablando una lengua que ansía rendir cuentas, que quiere la libertad para cortar y esculpir el propio rostro, que anhela fabricar sus dioses particulares. 

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Dos días después de la masacre de Melilla, llegaron las noticias de los entierros en fosas, secretamente y sin autopsia, de los asesinados. Las imágenes: un descampado árido y cortes anónimos en el suelo. Dicen que es un cementerio. La tierra removida y al final, al horizonte, el perfil de una ciudad fronteriza. "Tumba", otra palabra: del latín tumulus, hace referencia al montículo de tierra con que, antiguamente, se cubrían los sepulcros. Ahora, sin embargo, no hay ni una pequeña montaña de tierra que cubra los muertos, al acabar, ni ninguna losa con un nombre y una fecha que sea testigo de la vida robada. El silencio hecho carne. También la orfandad de quien habla una lengua huérfana. 

Porque los herejes –quiero decir: los "atravesados"– tienen habla, idiomas que articulan “con lenguas de fuego”, como escribe Anzaldúa. Lenguas que se entierran. Que constantemente se pierden. Y ya no es tan solo que cada lengua sea una manera única de designar el mundo –y, por lo tanto, de generarlo–, es que, siguiendo lo que expone Anzaldúa, una no se puede sentir orgullosa de quién es si no se puede enorgullecer de la lengua que habla (“yo soy mi lengua”) y cuando, con voluntad o sin, una decide huir, no puede dejar de llevarse el idioma que carga. Vencer la tradición del silencio sería algo parecido a escribir los nombres, con sus lenguas, con sus abecedarios íntimos, de cada persona que perdura en el gesto de atravesar. Que se hace habitante de las palabras en cada momento que lo dejan vivir.