Cuando gane la derecha
-
CAT -
ENG
Dado que ganará la derecha, el mejor escenario posible para Cataluña en las próximas elecciones generales es un Congreso donde los votos de Junts sean decisivos para legislar. En un Parlamento ajustado, tanto el señor Feijóo como el señor Abascal dejarían de empañar el mundo catalán con sus palabras sombrías y empezarían a recitar poemas de Pere Gimferrer desde el escaño. No soy optimista, sin embargo. Dudo que la fortuna se alíe con la aritmética, como se alió hace tres años, después de haber sido la quinta fuerza política en las urnas.
Me temo que Junts será una vez más, en lo que respecta al interés general de todos los catalanes, una fuerza irrelevante en Madrid, pero esta vez sin quererlo. Ahora bien: si sonara la flauta (que no sonará), mi esperanza es que, en esta ocasión, lo que un día fue mi partido recuperará de verdad la sensatez y, aunque sea a regañadientes, hará valer su poder inesperado, como no ha hecho en esta legislatura que termina.
Pase lo que pase, no pasará nada. Digo esto porque gracias a Dios las cosas son difíciles de cambiar, incluso las buenas. Se ha de saber mucho para ser capaz de destruir el sistema de pensiones, el modelo de sanidad pública o el de enseñanza universal. Cuesta tanto como corregirlos y arreglarlos, porque las inercias son poderosísimas y hay un entramado de intereses tan espeso que no hay bisturí que haga un corte. Como no es de prever que ningún partido arrasará con sus votos en las próximas contiendas, lo que debemos esperar es una capacidad insignificante de los gobiernos para cambiar las cosas. Gradualismo y poca cosa más, por suerte. Está claro que pueden causar heridas dolorosas, pero nada que no se pueda curar echándolos con el voto.
Con el Procés enterrado, podéis esperar de Junts más gesticulación estéril y arrogancia estéril en las formas, tristemente esto forma parte del carácter del partido, pero seguro que también un poco de cintura para no pasar a la historia como unos despojados, porque no lo son.
De la misma manera, vayan como vayan las elecciones, no esperéis un Vox que haga pasar proyectos de ley para quemar mezquitas o para encarcelar a disidentes. Como estamos viendo allí donde el vendaval populista empezó a abrirse camino veinte años antes que aquí, si la democracia aguanta, llega el reflujo. La clave es que las instituciones no colapsen.
Salvo que aparezca un día un mesías trastornado capaz de llevarnos a la perdición guiándonos hacia el Valhalla, y que nosotros nos lo creamos, cada cuatro años habrá elecciones y, si no te gustan los que te mandan, échalos. Ha pasado en Brasil, en Serbia, en Hungría o en Polonia. Si todo va bien, pasará en Francia y en Alemania cuando los ciudadanos se harten de unos discursos que, cuando aterrizan, no van a ninguna parte. También lo veremos en Cataluña, si Aliança llega algún día a poder gobernar con los votos postconvergentes. Yo no tengo ninguna duda: llegado el momento, los juntaires dirán que tampoco es para tanto, mientras la investen. Y en el fondo, quizás tengan razón. No sufráis que no pasará nada, porque la realidad es tozuda, la democracia es fuerte y la mayoría de los políticos profesionales –también la señora Orriols– lo que quieren es llegar a fin de mes.
¿Y qué vemos, allí donde mandan los que están a la derecha de la derecha? Que el lobo, cuando por fin conquista la casa de Caperucita Roja, continúa disfrazado de abuela. Enseña los dientes y escupe fuego por los colmillos, no sea que digan que no tiene brío, pero no se imaginaba que en casa se estaría tan calentito, meciéndose en una butaca con la forma de un escaño. El tintineo de los millones de euros en el monedero de la señora Von der Leyen se ha convertido en la Italia de Meloni en una música más europea que la Novena sinfonía. En Argentina, Milei ha dejado en un armario la motosierra y ha cogido unas tijeras de podar para que no le reprochen que no quiere recortar nada. Incluso en los Estados Unidos la gente empieza a ver que al presidente Trump se le va por la boca la mitad de la fuerza que le dan las hamburguesas del McDonald's.
Yo soy de una generación que vio las últimas bocanadas de un régimen oscuro y truculento. He crecido en un tiempo en el que las democracias se han extendido por todas partes, el mundo se ha hecho pequeño y he visto aparecer en mi corazón una cosa que ni sabía que existía: la conciencia de ser europeo.
He visto cambiar tanto mi país que, si volviera a la Badalona donde nací y me crié, no la reconocería. Mientras esto ha pasado, nos hemos hecho fuertes. Oímos advertencias espeluznantes, procedentes de todas partes, sobre lo que nos pasará si Vox, el PP o Alianza se hacen fuertes en el hemiciclo. Yo estoy tranquilo, os lo digo de verdad, porque no veo nada que me tenga que hacer pensar, sinceramente, que la democracia está en peligro.