Gaudí(r) con Cerdà
La genial figura de Ildefons Cerdà ha servido a menudo de cabeza de turco. La moda la inauguró un prohombre del catalanismo conservador y de la arquitectura modernista, Josep Puig i Cadafalch. Su manía aún colea. El Ayuntamiento de Barcelona por fin quiere dedicar a Cerdà una escultura en la plaza Universitat, uno de los espacios iniciales donde se empezó a construir el Eixample. Seguro que alguien aún sacará del cajón de los malos enredos ideológicos los tópicos gastados sobre el ingeniero que dio forma a la Barcelona moderna: que si era un socialista utópico (falso), que si era racionalista sin imaginación (falso), que si Madrid nos impuso su proyecto (en este caso fue una suerte). Demasiado tiempo ha sido menospreciado como una mancha centralista de manera absurda y simplista.
El largo silencio que sufrió Cerdà se ha ido corrigiendo, en buena parte gracias a los ingenieros, que lo han adoptado como referente. Albert Serratosa fue un gran cerdaniano y ha tenido continuidad en Francesc Magrinyà o Andreu Ulied, entre otros. Magrinyà ha publicado ahora el exhaustivo Teoría Cerdà. La revolución urbana e industrial (UPC). Pero también gracias a arquitectos como Oriol Bohigas, el primero en reivindicarlo seriamente, y Salvador Tarragó; o al economista Fabià Estapé.
A Gaudí, desde un ángulo del todo diferente, tampoco se le entendió por su modernismo excesivo e inclasificable, por una religiosidad y catalanidad extremas y por la aparente distancia que lo separaba de la modernidad arquitectónica. Una triple valoración bizca que se corrigió antes que en el caso de Cerdà. Gaudí es hoy inmensamente popular y universalmente admirado. Ha quedado, eso sí, la polémica sobre la continuación de la Sagrada Familia. Pero tanto partidarios como detractores de acabarla lo hacen en defensa suya.
Este año celebramos 100 años de la muerte de Gaudí y 150 de la de Cerdà. Dos genios fecundos sin los cuales Barcelona no sería lo que es ni habría alcanzado el renombre que tiene. La relevancia de Gaudí es artística; la de Cerdà, estructural. Son fruto de momentos diferentes, personalidades fuertes de una gran capacidad creativa y de una determinación práctica fenomenal. Personas de acción y pensamiento, de ciencia-técnica y de imaginación. Inventores de formas.
Cerdà era muy crítico con la España inmovilista y corrupta. Venía de una familia acomodada rural de Centelles y se enfrentó al padre para poder estudiar primero en Barcelona y después en Madrid. Era un reformista científico, higienista, con mentalidad política -parlamentario en Madrid, concejal en Barcelona y presidente de la Diputación de Barcelona- y capacidad emprendedora -creó una empresa para construir el Eixample-, un hombre de orientación social liberal, federalista y republicano. Pensaba en el interés común. Estaba bien conectado, casado con la pintora Clotilde Bosch, hija del indiano enriquecido en Cuba Josep Bosch. Clotilde formó parte del séquito cortesano de Isabel II, con quien marchó al exilio de París. Clotilde e Ildefons se separaron, ella le había sido infiel... Quizás eso impulsó su republicanismo. Él vivía solo para el Eixample.
Hablaba habitualmente catalán y su castellano tenía un fuerte acento. Dominaba el francés: viajó a menudo a París, donde conoció al barón de Haussmann, el gran urbanista, que lo quiso retener. Cerdà era un hombre moderno típico de la revolución urbana del siglo XIX -industria, vapor, ferrocarril...-, que miraba hacia el futuro con optimismo y voluntad de superar las desigualdades. No era un revolucionario: "No creo que nadie me juzgue tan estúpido que suponga que propondré la expropiación de todos los terrenos comprendidos en el proyecto de Eixample".
Gaudí también era barcelonés de adopción, católico ferviente y nacionalista catalán radical. En su juventud es cuando estalla la Renaixença y después el catalanismo político. También tenía espíritu técnico y ambición por la obra bien hecha, atento, como Cerdà, a las novedades internacionales. Pensaba igualmente en el interés común, pero en lugar de visión política tenía inspiración espiritual. Ambos vivieron obsesionados por el trabajo. Ahora que celebramos sus aniversarios, fuera bueno para Barcelona que Gaudí no tapara Cerdà.