La 'grandeur' y la frustración de Francia

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Estudiantes manifestándose en Montpellier, Francia, el 13 de octubre de 2026.
23/10/2026 - 08:39 h
Periodista

Los franceses son propensos a la protesta callejera. Eso parece indiscutible. Pero tiene que haber algo más, algo que explique una frustración prácticamente endémica. Y esta cosa podría estar relacionada con el hecho de que Francia se siente especial, como un faro de luz único en el mundo. La supuesta identidad francesa, construida, como todas, en el siglo XIX, se basa en la invención de la grandeur.

Cualquier turbulencia social tiene causas inmediatas. En el caso de Francia, el fracaso de Emmanuel Macron en sus diez años como presidente (una deuda fuera de control, una desigualdad creciente, una enemistad profunda entre las grandes ciudades y sus banlieues, una rápida degradación de la provincia y el mundo rural) explica las frecuentes erupciones de rabia popular.

Pero antes de Macron ya existía el malestar. Cierto, Francia era una potencia hace un siglo y no ha dejado de decaer desde entonces. Sin embargo, lo mismo puede decirse de otros países europeos, muy especialmente del Reino Unido.

¿Qué hay detrás del malestar francés? El año pasado, el filósofo y politólogo Olivier Le Cour Grandmaison aventuró, en el ensayo La fabrique du roman national-républicain (traducible como El montaje de la novela nacional-republicana), una tesis interesante: la III República (1870-1940) trató de resolver sus crisis permanentes inventando para Francia una extraordinaria grandeza: el país de las luces, la razón y la libertad, de los derechos humanos, de la revolución, gozaba de un destino único y eterno en el mundo.

La III República empezó mal y terminó peor. Arrancó con una tremenda derrota militar ante Prusia (el canciller Otto von Bismarck se permitió el lujo de firmar la unificación de Alemania en Versalles) y con la experiencia revolucionaria de la Comuna de París, brutalmente reprimida. Y llegó al final con el régimen filonazi del mariscal Philippe Pétain.

Mientras tanto pasó de todo. Hablamos de una República cuya clase política era mayoritariamente monárquica (aunque dividida entre legitimistas y orleanistas), que se sentía humillada por Alemania y aterrorizada ante el riesgo de una nueva insurrección obrera. Lo cual no impidió el hedonismo de la Belle Époque, la eclosión artística y, a partir de 1936, la formación del Frente Popular y la obtención de notables derechos por parte de la clase trabajadora.

Pero el rasgo esencial de la III República fue la escuela pública, gratuita, universal y laica. Esta escuela creó la Francia de hoy, para las cosas buenas (que a pesar de todo siguen siendo muchas) y para las cosas malas.

Estableció lo que llamamos lengua francesa (la derivada de la langue d'oïl que se hablaba en París y en el norte) como única lengua nacional, cosa que acabó con todas las demás. Elevó el nivel cultural del país y pulió el concepto de ciudadanía. Y añadió a la docencia convencional una especie de metafísica nacional, por no hablar de novela como Le Cour Grandmaison: un destino civilizatorio de alcance planetario que acabó plasmándose en el término grandeur (y de paso sirvió como excusa para emprender la tardía expansión de un imperio africano).

Solo hay tres naciones que de alguna manera se sienten elegidas. Israel y los Estados Unidos se atribuyen por vías diferentes una designación divina; Francia cree haber sido designada por la Historia.

El mismo Emmanuel Macron se refiere de vez en cuando a la especificidad francesa. Como cuando dijo, refiriéndose a su presidencia y al característico malestar social: "Guste o no, la historia de Francia es única en Europa. A grandes rasgos, Francia es un país de monárquicos regicidas. Se trata de una paradoja. Los franceses quieren elegir a un rey, pero quieren ser capaces de destronarlo en cuanto les venga en gana".

En fin, no cuesta mucho imaginar el cortocircuito que se produce en las mentes de los escolares, especialmente los de las banlieues y los de origen extranjero, cuando se les habla de grandeur y se les enseña el destino único y maravilloso de Francia. Tampoco cuesta entender el dolor que han causado las últimas décadas de frustración, recortes y estancamiento en el país que fue, y hasta cierto punto todavía es, puntero en las conquistas sociales.

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