Un hilado de telaraña

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07/10/2026 - 12:41 h

Contemplo una araña pequeña que repasa ante mí la telaraña que ha extendido entre los dos barrotes de una reja de hierro. Hace un poco de viento y la malla tiembla y brilla débilmente. La araña se pasea de punta a punta como un propietario que inspeccionase su casa. Por donde pasa adivino los peldaños blandos de la telaraña, más o menos las celdas de una colmena plateada, el vitral sin colores de una ventana gótica. Repasa por instinto, quizás ni lo sabe, de la misma manera que yo no sé qué parte de mí mismo es instinto y cuál no.

La araña se pasea por el aire y detrás de ella parece que flotan igual que ella la nube, el avión y los pájaros. La telaraña ha atrapado mi atención. La pizca de corriente que la atraviesa arrastra ruidos que la telaraña captura y amplifica como un altavoz de malla muy fina. La señora de la casa de enfrente ha salido como cada domingo por la mañana a faenar en el jardincito, y enciende una radio pequeña. Siento el clac-clac-clac metálico de la tijera podadora que corta un brote, una hoja, una ramita. La telaraña enredaría la poda, si volara hasta aquí. Mi vecina tiene cuatro perritos diabólicos que ladran a todo el mundo que pasa por la calle, yendo o viniendo del mercado. Siempre son las mismas personas, que se paran a hablar con la vecina, del tiempo, del alcalde, de la salud de cada uno. En el programa de radio ponen siempre, cada semana, las mismas canciones de cuando ella era joven: Delilah, Release me, San Francisco…

Es extraño pero no me molesta. Veo a través de la telaraña un pétalo que cae, una abeja que vuela o que cuelga, un gorrión que atraviesa el aire, un árbol que se mueve, y me viene a la cabeza un poema precioso que siempre pienso que Carner dedicó a Ofelia: “i cada gota de serena fina, suspesa”...

La araña es como mi pensamiento, que se mueve por la red que él mismo hace y que de vez en cuando captura algún insecto despistado, alguna mosca para comer. Es todo lo que pasa dentro de la cabeza, el automatismo de rumiar, que comprende en el sentido que incorpora, nada más. 

Dedico este artículo a Dolors Oller, que el otro día se fue, pero que debe estar leyéndolo. “La capacidad de admirar es una virtud básica del entendimiento para el buen crecimiento mental y moral de los individuos”, dejó escrito. Era una de esas columnas robustas que el pensamiento necesita para tejer entre ellas con palabras, los pilares imprescindibles de cualquier cultura, la catalana también. Una gran profesora y estudiosa, vitalista, querida, de las personas más conscientes que he conocido de la importancia de la literatura, y de las más generosas.

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