Historias del fascismo

Fue, creo recordar, a principios de abril de 2001. Por entonces vivía en Nueva York. Entré en una librería de Miami porque me había quedado sin lectura y resultó que el librero era barcelonés. Se llamaba Juan Carlos Castillón, acababa de publicar una novela casi autobiográfica titulada La muerte del héroe y otros sueños fascistas y, sí, tenía un pasado rotundamente fascista del que, por simple respeto a sí mismo, no renegaba.

Lo importante de Castillón no es el fascismo, sino su obra (les recomiendo leer la novela recién mencionada, o Nieve sobre Miami, o el ensayo Extremo Occidente sobre Estados Unidos), pero aquí me conviene hablar de su pasado y de sus experiencias. Recién publicado el informe de la comisión de Memoria Democrática que revisa 63 muertes violentas cometidas entre 1979 y 1982 por grupos de extrema derecha y cuerpos policiales (ay, esa Transición que algunos consideran tan fácil), puedo utilizar las antiguas peripecias del escritor barcelonés como eslabón entre el viejo fascismo y el nuevo, tan pujante.

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Juan Carlos Castillón pertenecía a una familia culta (él lo es mucho) y más bien progresista. Pero durante la adolescencia cayó en la fascinación de la mística fascista: el caudillo, la pelea, el honor, el sacrificio… Aún estaba en bachillerato cuando se afilió a CEDADE (Círculo Español de Amigos de Europa), un grupúsculo tan refinadamente nazi que acabó expulsándole por moderado: les pareció intolerable que Castillón fuera al funeral de Francisco Franco, ese dictador tan blandengue.

Participó en peleas callejeras, se manchó de sangre los puños y la cara, se afilió al Movimiento Nacional cuando éste ya se disolvía en desbandada, fue expulsado de Fuerza Nueva por violento y en 1981 le detuvieron, tras el atentado contra la revista El Papus (en el que no participó) por tenencia ilícita de armas. Entonces huyó a El Salvador. Y se unió a los Escuadrones de la Muerte del mayor Roberto d'Aubuisson, héroe de la oligarquía salvadoreña y, por entonces, el fascista más químicamente puro del planeta.

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“D’Aubuisson fue el mejor jefe que he tenido”, me dijo Castillón. Asesinatos, revólveres, peligro, alcohol y mariachis: los años en El Salvador fueron la consumación de un sueño fascista. Pero D’Aubuisson, con tanto muerto a sus espaldas, se pasó a la política parlamentaria y en 1984 fracasó en su intento de convertirse en presidente de El Salvador. Castillón se marchó a Miami, encontró trabajo como librero y empezó a escribir. D’Aubuisson murió de cáncer en 1992, con 47 años.

De aquello hace una generación, más o menos.

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En noviembre pasado viajé a Guatemala para impartir un cursillo. Me invitó Carlos Dada, director de El Faro, el heroico diario digital de El Salvador que apareció en 1998 y se dedicó a investigar los crímenes del viejo fascismo local (sobre todo el asesinato del arzobispo Óscar Arnulfo Romero por parte de la gente de D’Aubuisson) y la colusión entre políticos, pandilleros y narcotráfico que define la historia reciente del país.

Nayib Bukele fue elegido presidente de El Salvador en 2019, con una gran mayoría. Prometió acabar con la violencia pandillera y convirtió el país, bajo un régimen de excepción permanente, en una inmensa cárcel. El Faro no tardó en descubrir y publicar que Bukele había pactado en secreto con la principal pandilla, la Mara Salvatrucha (M-13), considerada organización terrorista por Estados Unidos.

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La consecuencia era previsible: Bukele empezó a acosar al periódico y empujó al exilio a su director y a sus principales periodistas. Por eso pude conocer, en Guatemala, a los hermanos Carlos y Óscar Martínez, puntales de El Faro y, en mi prescindible opinión, dos de los mejores reporteros en lengua castellana.

También pude conocer a su madre, Marisa, una mujer formidable. Marisa se apellida D’Aubuisson y fue hermana (y enemiga política) del mayor D'Aubuisson. Carlos y Óscar son, por tanto, sobrinos de aquel violento caudillo oligárquico. 

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Conocieron familiarmente el viejo fascismo y ahora conocen de cerca, demasiado cerca, el nuevo. El joven y moderno, el entusiasta del neoliberalismo, el que convierte las criptomonedas en moneda oficial y especula con ellas, el que controla magistralmente la propaganda política (en eso se parece mucho al fascismo antiguo) y se alía con Donald Trump, patrón grotesco del fascismo contemporáneo. El que, como siempre, encarcela, amenaza, exilia o mata a la oposición política y a los periodistas valientes.

El fascismo se transforma, pero no muere. Siempre hay alguna oligarquía que lo necesita.