Para una identidad relacional
Hay dos maneras –como mínimo– de aproximarse a los debates sobre la identidad. Una es de carácter esencialista y quiere responder a la pregunta de “qué es ser” (mujer u hombre, joven o viejo, padre o hijo, de derechas o de izquierdas, español, francés, italiano o catalán...). Y en el plano estrictamente individual se pregunta “quién soy yo”. La otra propone una aproximación relacional que podemos resumir en preguntas como “a quién o a qué se pertenece” o “para quién y con quién se es” alguna cosa.
Marcado por una mirada sociológica, es la segunda aproximación la que más me interesa. Ciertamente, no digo que no haya rasgos que, cuando menos en un periodo concreto o en unas determinadas circunstancias, tengan un papel constitutivo casi esencial. Pienso en los condicionantes que pueden aportar el conocimiento científico y los estudios rigurosos en el campo de la historia, la geografía o la antropología. Pero me aferro a la idea sartriana de que somos lo que hacemos con lo que los otros hacen de nosotros. Es decir, que la identidad es resultado de un proceso relacional en el que, necesariamente, el nosotros está construido –también y más de lo que pensamos– por los otros.
Una de las experiencias que hacen más fácil entender de qué hablo es la que vivimos cada vez que estamos en el extranjero, alguien nos pregunta por la identidad nacional, por el “qué somos”. Si decimos que somos catalanes, como que –todavía– no estamos en el catálogo internacional de lo que es posible ser, se nos piden explicaciones. Hay quien esquiva la dificultad de una respuesta comprometida y opta por decirse de una ciudad reconocida –“Soy de Barcelona”–, lo sea poco o mucho. Barcelona sí que está en el catálogo de donde se puede ser y que, en este tipo de situaciones, equivale a aquello que se es. Automáticamente, el interlocutor te asocia al Fútbol Club Barcelona –aunque seas del Girona–, a la Sagrada Familia –aunque no hayas estado nunca– o a la Costa Brava –aunque no te guste la playa y seas más de montaña–. Los tópicos te hacen el trabajo de una definición casi imposible, precisamente porque uno todavía no dispone de los tópicos universalmente reconocidos.
Está claro que, todavía más fácil, también un catalán puede optar por llamarse español, y entonces los tópicos se inclinan hacia los toros, el flamenco y, con mucha suerte, el cine de Almodóvar, aunque le puedan ser ajenos. En este sentido, una de las gracias del recurso a una concepción esencialista de la identidad es que los tópicos, los estereotipos, e incluso los prejuicios, esconden la complejidad de lo que sería una definición relacional de la identidad. En el fondo, las identidades explicadas en términos esenciales son prácticas y fáciles porque ocultan más de lo que muestran. El drama, sin embargo, es que son tan útiles como erróneas, tan claras como inciertas.
Entendida en su dimensión relacional, en cambio, la identidad hace referencia al proceso social a través del cual obtenemos el reconocimiento que nos permite disponer de un espacio, de una existencia, de un perfil propios. Se trata de un proceso, generalmente, de naturaleza conflictiva porque todo el espacio que reclamamos y que queremos que se nos reconozca –colectiva o individualmente– entra en competencia con el que ocupa alguien más. En particular, si pensamos en el caso de la identidad nacional, es decir, en llegar a ser reconocidos colectivamente como nación –con los derechos que le corresponden–, este espacio hay que disputárselo a quienes lo perderán. Pero también es el caso de las luchas por la identidad de género o la ideología política.
Una de las virtudes de una aproximación relacional a la identidad es que se entiende en una dimensión abierta e histórica. ¡Dios nos libre de pensar que la supervivencia de la identidad catalana actual hubiese dependido de conservarla tal como podía ser entendida y vivida hace un centenar de años! De nosotros ya no quedaría ni rastro. Otra cosa es saber qué ha cambiado y qué ha perdurado a lo largo del tiempo, pero la respuesta difícilmente la encontraríamos en características esenciales. Incluso si dijéramos que el elemento esencial de la continuidad es la lengua catalana, también deberíamos admitir que la lengua sigue viva porque lo es, de viva, en el sentido de que ha sabido adaptarse a los cambios. Y todavía habría que averiguar si la lengua ha garantizado la identidad, o si es la lucha por el reconocimiento lo que ha hecho sobrevivir a la lengua en contra de todo pronóstico.
La otra gran virtud de entender la identidad como una lucha por el reconocimiento, para la obtención de un espacio propio, es que remite a las ideas del vínculo y la pertenencia. Lo relevante es que el “qué es ser” en este caso se responde con el “de quién somos”, “para quién somos”, “con quién somos” y “qué queremos ser”... seamos lo que ahora mismo seamos. Más que una esencia ensimismada, una identidad relacional nos obliga a decir cuál es el proyecto de futuro compartido, con quién lo queremos hacer y guiados por qué principios éticos.