La importancia de llamarse Antoni

Abriendo la lista de santos más populares de junio, el sábado es San Antonio de Padua, que después será seguido por San Luis, San Juan, San Pedro y San Pablo, que componen lo que diríamos una delantera goleadora. No es el único Antonio del santoral. De hecho, y a juzgar por la cantidad de gente que me felicita cada 17 de enero, San Antonio Abad tiene mucho predicamento, sobre todo en Mallorca. El hecho de que el San Antonio de enero sea el del cerdito o de los burros hace que notes que a más de uno le apetece especialmente recordarse de ti.

Llamarse Antonio es una aventura de la vida. De entrada, hay muchos que te convierten en Toni, e incluso hay gente que te lo escribe “Tony”, por influencia del inglés. Lo más curioso es que a muchos castellanoparlantes, incluso en Cataluña, Antoni es un nombre que se les atraganta y lo pronuncian “Anthony”, como mi amigo madrileño Manolo de l'Apm?. El momento culminante llega con el célebre: “Dime tu nombre para saber a quién me debo dirigir.” Les dices “Antoni” e inmediatamente contestan “Pues mire, Antonio...”. Cuando los interrumpes y les haces notar que no, que es “Antoni”, no entienden nada: “Ántony?” “No, Ántony, no, Antoni, como Antonio pero sin la o al final”. Cortocircuito.

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Para ser sinceros, al principio no me llamé Antoni sino Antòniu, de la famosa estirpe de los Franciscus, los Carlus y las Assunssions. Así que la ley lo permitió, y como todavía era menor de edad, mi padre me llevó al Registro Civil a hacer la traducción al catalán.

Quizás pronto todo eso será una historia vieja. Según el Idescat, solo 28 niños nacidos entre los años 2020 y 2023 recibieron el nombre de Antoni. Claro que siempre nos quedará Gaudí, que quizás el día que lo canonizen creará una nueva generación de Antonis. Después de lo que hemos visto esta semana, es el único que puede hacer el milagro.