Impotencia europea en los Balcanes Occidentales
La camisa de fuerza de los Acuerdos de Dayton continúa determinando la disfuncionalidad de Bosnia y Herzegovina. Y las urnas se encargan de que nada cambie. Las elecciones generales del domingo dieron la victoria al partido del líder serbobosnio, Milorad Dodik, la Alianza de los Socialdemócratas Independientes (SNSD). Al mismo tiempo, se declaraba vencedor también el actual miembro bosnio de la presidencia tripartita, Denis Becirovic. Y hacía lo mismo la candidata nacionalista croata de Bosnia, Darijana Filipovic.
Dayton dividió Bosnia en dos entidades semiautónomas: la República Srpska y una federación de musulmanes y croatas. Ambas, unidas por un gobierno central débil, incapaz de revertir la frustración de muchos jóvenes que, desde hace años, se debaten entre la movilización y la emigración. El país vive una profunda crisis económica y demográfica. Fuentes locales estiman que más de 600.000 personas han marchado de Bosnia y Herzegovina en poco más de una década. La población oficial ronda los 3,5 millones de habitantes.
El pasado y el futuro viven en constante contradicción. Y, aunque la diáspora aporta nuevas esperanzas y posibilidades –como explica un diplomático europeo que lleva años de trabajo en los Balcanes–, la realidad que se respira en las calles continúa inmersa en la retórica sectaria, que se enciende en cada campaña. “Hay una sensación de impotencia, pero no de desesperanza”, asegura este diplomático británico, porque el peso de la historia es pesado.
Dayton consagró la etnicidad como base de la arquitectura política de un país condenado a la parálisis y a las viejas retóricas de guerra enquistadas, como lo demuestra el entierro del criminal de guerra Ratko Mladic, el 7 de septiembre pasado, en el cementerio de Topcider, en Belgrado, con todos los honores militares, y después de que el gobierno serbio hubiera enviado un avión oficial para trasladar el féretro del verdugo del genocidio de Srebrenica desde la unidad de detención de la ONU en La Haya, donde murió a los 84 años.
Dodik, el expresidente serbobosnio –que ha festejado activamente a Donald Trump y Vladímir Putin–, ha asegurado diversas veces que “el crimen de Srebrenica es una tragedia montada con el objetivo de satanizar a los serbios”, y ha llegado a definir la ejecución de más de 8.000 hombres y muchachos musulmanes a manos del ejército serbobosnio, en julio de 1995, como “la gran estafa del siglo XX”.
La despedida de Mladic como un héroe nacional es la escenificación más desafiante del fracaso de la influencia de la Unión Europea en los Balcanes.
Hace veinte años, la UE puso sobre la mesa el instrumento más potente que cualquier actor externo podía ofrecer a los Balcanes: una promesa creíble de adhesión capaz de inspirar sociedades, reformas políticas y superación de heridas. Inicialmente, la oferta dio resultados. La perspectiva de ingresar en la UE impulsó el retorno masivo de minorías y la creación de un ejército bosnio unificado a partir de las tres fuerzas existentes durante la guerra; además de una estrecha colaboración con el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. En aquel momento, Belgrado consideraba que este era el precio a pagar por un futuro europeo que parecía real y atractivo.
Pero, con los años y las decepciones, la misma UE acabó vaciando de credibilidad y de contenido aquella promesa. Por eso, ahora que la ampliación ha vuelto a la agenda europea, la UE debe lidiar con unos Balcanes desencantados que se han puesto en manos de otros actores con más influencia en la región.
Por una parte, se ha impuesto la dependencia energética de Rusia, que es el principal suministrador regional y provee el 100% de la totalidad del gas que consume Bosnia. Por otra, los Estados Unidos de Donald Trump también han decidido jugar más activamente la carta de la influencia política. Primero, desafiando diplomáticamente a la UE para forzar la dimisión del Alto Representante para Bosnia y Herzegovina, el alemán Christian Schmidt, y nombrar, provisionalmente, a su candidato. Pero, además, esta pugna entre Washington y Bruselas entra también en el terreno económico y energético. Hace unos meses, la agencia Reuters y el diario The Guardian aseguraban que la adjudicación de la construcción del gasoducto Southern Interconnection, en Bosnia y Herzegovina, a la compañía estadounidense AAFS Infrastructure and Energy suponía un contrato muy suculento para una empresa con escasa experiencia en infraestructuras pero con estrechas conexiones personales en el entorno de Trump.
La UE necesita algo más que promesas. Hoy en día, muy poca gente en Serbia, Kosovo, Macedonia del Norte o Bosnia cree que la adhesión sea una perspectiva real. Solo Montenegro confía en que podría convertirse en el 28.º estado miembro de la UE ya en 2028, seguido al año siguiente por Albania. Pero, hasta que esto no ocurra, la UE seguirá atrapada en su propia incapacidad de ofrecer un futuro creíble a los Balcanes.