Irak e Irán

La guerra del presidente Bush (hijo) en Irak (2003-2011) y ahora la de Trump tienen similitudes. Pero para ganar perspectiva será interesante examinar sus diferencias.

La justificación. La de Bush fue una mentira: que Irak disponía de armas de destrucción masiva. Éramos multitud los que no nos lo creíamos. Las inspecciones habían sido tan intensas que si las hubieran tenido se habría sabido. Los impulsores de la guerra debían saberlo. Fue una excusa. La motivación real fue más bien una combinación de tres factores: el deseo de venganza después de los atentados del 11 de Septiembre –dirigida paradójicamente a un régimen ciertamente dictatorial, pero laico–; la compulsión freudiana de un hijo para conseguir el cambio de régimen que su padre (también presidente, y más sabio), no había querido promover en la Guerra del Golfo (1990-91), y, como siempre, el petróleo.

Ahora, en Irán, la explicación oficial tiene más fuerza. Hay que ser muy inocente para no ver la voluntad de los ayatolás de tener la bomba atómica. O para no sacar la conclusión de que si la tienen pueden utilizarla contra el Estado de Israel. No digo que no hubiera otra forma de evitarlo, sólo que es una explicación más creíble que las armas de destrucción masiva de Sadam. Ésta es también la razón de que la guerra con Irán tenga un apoyo generalizado en Israel, en contraste con la de Gaza. Somos muchos en Israel y en el mundo quienes creemos que entre el río y el mar caben dos estados, pero que el derecho a existir del Estado de Israel no puede estar en cuestión. Puede ser –es mi caso– muy crítico con las acciones del gobierno de Israel y ser consciente de que el peso de la culpa recae sobre el gobierno, no sobre el estado. La motivación oficial seguramente también tiene un complemento más oculto: de nuevo el petróleo, conectado ahora –como en Venezuela– con una estrategia global de limitar a China.

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La intención. La experiencia de Irak acabó inspirando un cambio radical en la política exterior del Partido Republicano. En la presidencia de Bush –aún impresionada por la ola democratizadora subsecuente a la caída de la URSS y la retórica del fin de la historia– el equipo a cargo eran los neocons. Su obsesión era propiciar cambios de régimen. Lo hicieron en Irak, donde disolvieron el ejército de Sadam e implantaron una Constitución democrática. EEUU lo había hecho en Japón y salió bien. Pero en Irak, ni de lejos: dominio del gobierno por la mayoría chiíta, influida por Irán; guerra civil; resistencia al empleo, etc. Añada el desastre de las Primaveras Árabes y entenderá por qué una presidencia poco propensa de natural a valorar la democracia se ha convertido, superada en una etapa ingenua durante la cual predicaba el aislamiento, intervencionista en el mundo. Pero sin intención de cambiar regímenes, sino de condicionar bajo amenaza y hacer pagar tributos a unos gobernantes que controlen a la población. Lo han hecho en Venezuela y creo que es lo que quieren hacer en Irán. La amenaza de cambio de régimen es del tipo de amenazas que se confían en no tener que llevar a cabo. Demasiado costosa. Aún no sabemos cómo acabará esta guerra. Si, como en Irak en su momento, se entra en un largo período de caos, juzgaremos como muy negativa la decisión de Trump de ir a la guerra sin una cuidadosa preparación de la posguerra. Pero si se estabilizara, evitando el caos y con un margen de libertades civiles –y mejor si fuera un régimen democrático–, sería poco sensato echar de menos el barbárico gobierno de los ayatolás.

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La reacción española. Sin tapujos: ha sido desacertada las dos veces. La de Aznar en Azores ya es un pecado mortal consumado. La de Sánchez aún puede terminar en pecado venial. Ojalá. Curiosamente, la naturaleza del error ha sido la misma en ambos casos: desmarcarse con rotundidad –entonces acercándose a EEUU, ahora distanciándose– de los consensos franco-alemanes en temas importantes de política exterior. Puede discreparse, pero bloquear el uso de las bases son palabras mayores. Si Alemania y España tienen bases americanas, el régimen de utilización no debería ser muy distinto. Si pedimos a EE.UU. que nos ayuden en la defensa de Ucrania más de lo que quisieran, parece razonable corresponder en la otra dirección. Aunque la UE no tenga competencias en política exterior, la Unión sufrirá si los estados toman acciones que unilateralmente terminan comprometiendo el proyecto común. Y si Trump ha convertido los aranceles externos en un instrumento político y hasta ahora, sorprendentemente, había respetado la unidad comercial europea (los aranceles de EE.UU. son los mismos para todos los estados de la UE), no deberíamos poner a la UE en la posición de tener que defender este principio por una acción unilateral de España. Y no nos engañemos: si lo han hecho es por defender el principio, no por solidaridad con España.