¿Las izquierdas? Bien, gracias a Dios

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Irene Montero e Ione Belarra el 17 de octubre en un acto de Podemos.
25/10/2026 - 21:01 h
Profesor universitario y ensayista

Ante las próximas elecciones generales, ha habido un interés y cobertura inusitados en torno a la posibilidad de que se construyera una candidatura unitaria de la izquierda que hay más allá del PSOE. En todas las comunidades autónomas, a la izquierda de los socialistas hay un espacio político más o menos grande, bastante consolidado, que no pueden aspirar a ocupar las candidaturas del PSOE, aunque las diferencias programáticas reales no sean, a estas alturas, excesivamente grandes. Es una cuestión de procedencia y cultura política, de énfasis diferentes, así como de formas más moderadas unas y más radicales las otras. La izquierda que proviene de la cultura del comunismo democrático, de Carrillo, López Raimundo y Berlinguer, para que nos entendamos, tiene un ámbito propio, especialmente cuando se le ha sumado una nueva izquierda proveniente de las movilizaciones sociales y de nuevas preocupaciones. En el fondo, los planteamientos son socialdemócratas como los del PSOE, aunque un poco más exigentes a la hora de plantear transformaciones sociales y económicas. Ambas ofertas socialdemócratas se necesitan para poder gobernar en España, también en Cataluña. Convivien y es mucho más lo que comparten que lo que les confronta.

Para las elecciones del 29-N, esta izquierda de la izquierda, que es muy plural, ha conseguido reunirse bajo una nueva bandera, la del Frente Amplio, formado por más de una decena de organizaciones, algunas muy fuertes en sus territorios. A pesar de este acuerdo, imprescindible para disponer de posibilidades de continuar con un gobierno progresista, veo que los medios titulan y vuelven a titular que la pretensión de unidad ha sido un “fracaso”, porque no está Podemos y porque no lo lidera Gabriel Rufián. Es hilar muy fino decir que se fracasa cuando una docena de fuerzas de izquierdas pactan, pero una extraparlamentaria y de dudosa ubicación en el lado izquierdo se queda fuera, como era bastante previsible. Recordemos que los de Pablo Iglesias tenían 5 diputados en el Congreso, que después quedaron en 4 y que habían sido elegidos dentro de las listas de Sumar, antes de que se escindieran rápidamente. Y que la escasa quincena de diputados que suman en todos los Parlamentos autonómicos los obtuvieron en coalición, y en lugares como Cataluña solo les queda el nombre, sin casi representación ni militantes. Podemos, recordémoslo, no nació como un movimiento de izquierdas, sino con la pretensión de superar estas ubicaciones políticas y sus culturas. Su planteamiento es explícitamente hijo del populismo que, en Latinoamérica, impulsaron teóricos como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, que mezclando conceptos de Gramsci, pero también del reaccionario Carl Schmitt, plantean el establecimiento de movimientos políticos a partir de la dualidad amigo-enemigo, pueblo-casta, arriba-abajo... Vienen a conformar un nuevo espacio que no casa con la cultura de izquierdas. En España se apropian del movimiento del 15-M un puñado de politólogos de la Complutense, formados alrededor de Jorge Vestrynge, quien, para quien no lo recuerde, había sido secretario general de la Alianza Popular de Manuel Fraga, de quien mantuvo, después de su epifanía, un afilado sentido autoritario y reaccionario. Completa las influencias políticas de Iglesias y de los suyos el magisterio reconocido del peor Julio Anguita, dirigente comunista que abogaba y practicaba una pinza entre Izquierda Unida y el Partido Popular para acabar con los gobiernos socialistas.

La pretensión del núcleo duro de Podemos siempre ha sido reiniciar el sistema político español, negando cualquier valor a la Transición y a los gobiernos de progreso. Su apuesta clara es facilitar, cuanto antes mejor, que la derecha y la extrema derecha ocupen el poder, hagan entrar en crisis a los socialistas y a toda la izquierda y, en este contexto, ellos puedan emerger como el populismo salvador contra las élites. No les ha interesado la unidad ni confluir con una cultura política que no es la suya. Han hecho el paripé para desgastar a una izquierda que, en realidad, han convertido en sus enemigos. El Frente Amplio también lo sabía, esto, pero ha tenido que remar hasta última hora porque su base social y política se lo reclamaba. No es un malogrado tiro en el pie, es un relato político bien trabajado. Hace años, a los que hacían esto, fomentar la derrota simulando pertenencia, se les llamaba quintacolumnistas. Por cierto, el mismo papel ha hecho Gabriel Rufián, que parece mentira que alguien se pudiera creer que abandonaría ERC para encabezar una movida que era evidente que no se haría. Ha conseguido muchas portadas y fotografías y acabar pareciendo “el deseado”, cuando, de hecho, era un episodio de distracción. ERC, independentismo pragmático y progresismo fuera de la tradición socialista, tiene poco que ver con el espacio político del Frente Amplio o de Podemos; siempre se puede recurrir al eslogan de “la casita y el huerto” de Francesc Macià para ilustrarlo. Por tanto, el “fracaso” de la izquierda solo existe para quien le es útil enarbolarlo. Tanto en España como en Cataluña la oferta de las izquierdas de tradición socialista está bien delimitada en dos: el espacio socialdemócrata mayoritario aquí y allá, y una izquierda "alternativa", también funcionalmente socialdemócrata, con formas más exigentes. Espacios y grupos diferentes que convergen en objetivos. ¿Dónde está la división y el “fracaso”?

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