Larga vida a ella
Escribir reseñas le hace una ilusión máxima, superlativa, el Empire State de la ilusión. "Buen trato, muy profesionales, pero un estante me llegó rayado", puede escribir. "Un gran servicio y muy bien tratados, pero las croquetas eran pequeñas", puede haber escrito.
Ha escrito reseñas de hamburgueserías, de tiendas de bricolaje, de supermercados (y se ha quejado del funcionamiento de la sartén que le tocó con los puntos regalo) y sobre todo de restaurantes con ciertas pretensiones. Se siente importante opinando de la croqueta, del punto de la carne y de la marca del helado de los postres que –es cierto– te venden como artesano. Le gusta quejarse amargamente del hecho de que no le den kétchup para la niña, que es de patatas fritas con kétchup, y de los que llevan perro. Le gusta advertir que hará una reseña, porque le gusta forzar que la inviten a un dedalito. Es la más lista, la que no tiene pelos en la lengua, la más decidida, la más maleducada. No distinguiría un guacamole de una mierda de gallina (y, según cómo, no se la puede culpar por ello), pero ella no duda en echar por tierra el olor del ambientador del lavabo, el peinado del cocinero o el color de los cuadros de copas de cócteles con chicas sentadas dentro.
Larga vida a la escritora de reseñas, el azote de los hoteles de la costa que hacen dos por uno, el látigo de los restaurantes de quinta gama, la amazona de las ferreterías donde no tienen tápers de cristal con tapa hermética.