Las llaves de Barcelona
Una amiga me envía una fotografía preciosa de una sábana colgada en Francia, con las calles llenas de manifestantes, donde se lee: “La burguesía preparará la guerra, la juventud prepara el futuro”. Es esta tensión constante entre la visión pesimista e interesada del miedo, la de culpar a los migrantes o al crecimiento de las ciudades (¿os imagináis que nuestros abuelos, en los años sesenta, se hubieran opuesto a la tendencia demográfica?) y la responsabilidad de planificar un futuro un poco más alentador lo que me conecta con los grandes autores del urbanismo y la arquitectura europeos. ¿Por qué entrar en el barro de los proyectos y las obras, en lugar de conformarse con lo que ya hay?
Una de las razones por las cuales Barcelona es una ciudad magnífica es porque te puedes adentrar por muchos de sus barrios residenciales sin tener las llaves. Hasta cuándo durará esto, depende mucho de los dibujos y del liderazgo de la plaza Sant Jaume. No es que a Barcelona le falte relato, lo que le falta es consistencia con su pasado astuto, generoso y arriesgado.
Ahora todo el mundo habla de densidad, porque es un término atractivo para los promotores, que enseguida hacen cálculos con los incrementos de aprovechamiento que les puede generar. Pero a mí me gusta más hablar del grano pequeño, de la convivencia y de la multipropiedad: en Barcelona hay cientos de miles de vecinos que comparten escaleras, azoteas, vestíbulos y patios y que conviven con unos valores cívicos que van mucho más allá de la norma. Por eso es mejor vivir en una ciudad que tiene una azotea llena de gigantes en la Pedrera o unos patios de luces alicatados en las fincas modernistas.
En Barcelona no sorprende que el tejado del Mercado de Santa Caterina tenga una forma ondulada sugerente y llena de colores, porque se entiende, como en el caso del Palacio de la Música y del Hospital de Sant Pau, que hay una función social de la piel del edificio que va más allá de tener aberturas y ventanas. Los edificios de Barcelona califican su espacio público, y lo han hecho de manera sorprendente desde la génesis del Ensanche. ¿Qué es la rambla de Cataluña sino un espectáculo de fachadas espectacularmente bien compuestas?
Te puedes encontrar caminando por el Raval y que una esquina te invite a mirar de lejos el edificio y admirar sus retranqueos. Pasa con los edificios de Pep Llinàs, que sin romper la continuidad de la calle se alzan con forma de torre y crean esquinas luminosas para los peatones y para los residentes, en operaciones en las que no se sabe dónde empieza el urbanismo y dónde acaba la arquitectura, porque la solución es simplemente genial desde todos los puntos de vista.
Puedes ir de casa al despacho pasando por el Hospital Clínic, cruzando el itinerario de estudiantes, médicos, pacientes y familiares, y comprar delicias en el Mercado del Ninot o disfrutar del bullicio que se crea entre los pasillos de las alas del viejo edificio y los cientos de restaurantes de los bajos del Eixample.
Los lugares interesantes de Barcelona beben de lo mejor de los tejidos tradicionales, y los reinterpretan. Coderch hizo posible que fuera atractivo para una determinada clase media vivir en bloques de hasta siete plantas pero con las cualidades de las casitas con jardín rodeando los balcones de verde y creando una supermanzana en la frontera con el viejo Sarrià.
Hasta los años cincuenta era costumbre que los edificios llevaran el nombre del propietario que los había promovido: la casa Rocamora, la casa Sayrach, la casa Thomas, la Casa Planells... Podéis ver sus planos en el Archivo Municipal. Había una conciencia por el legado que se dejaría a la ciudad. Podían ser edificios de renta limitada o bloques para una misma familia acomodada, pero el encargo incluía a menudo instrucciones a los arquitectos para que hicieran coronamientos singulares, fachadas esgrafiadas o vestíbulos impresionantes, aunque fueran con materiales pobres. Pequeños regalos a la ciudad: decisiones basadas en la confianza, quizás un poco atrevida, en que la gente no siempre tiene actitudes vandálicas. De hecho, hay estudios que demuestran que la permanencia en un lugar ayuda a que los propios vecinos se ocupen de mantener las zonas comunes y mejorarlas. Quizás nadie se sienta en los jardines retirados de las Tres Torres, pero pasear por ellos es agradable aunque no seas un vecino.
En las ciudades siempre ha habido lugares muy caros y otros más populares. Pero ahora los edificios “exclusivos” tienen bajos opacos, comunidades cerradas, recintos vigilados, zonas comunes con spa, piscinas y gimnasios privativos: límites demasiado rígidos en contacto con la ciudad. Los jardines se amurallan, no se permite la entrada a los paseantes y se cierran los espacios libres de las parcelas privadas: no se pueden ni ver desde la calle. Existe el riesgo de que Barcelona empiece a hablar el lenguaje que los nuevos operadores de la ciudad han importado de la América suburbana o la Europa diseminada. Si la juventud no ve que pueda quedarse a vivir en Barcelona o que aquello que se hace de nuevo cada vez es más impenetrable, será difícil sumarlos al motor de la transformación. Y, en cambio, mirando ejemplos concretos, visitando proyectos reconocidos, se abrirían tantas puertas...