Cuando llueve, nos acordamos de Mazón
En relativamente poco tiempo, nos hemos tenido que hacer a la idea de que el cambio climático ha dejado de ser un aviso o una alarma y ha empezado (por lo que parece, solo ha empezado) a convertirse no solo en una realidad perceptible, sino directamente en una amenaza real. Algunos expertos dicen que el clima mediterráneo está experimentando un proceso de tropicalización, y que por este motivo son cada vez más frecuentes los aguaceros, las inundaciones y fenómenos nuevos, o hasta ahora insólitos o desconocidos, para los cuales hay que inventar nombres nuevos, como el medicán o huracán mediterráneo (a veces habrá que afinarlos un poco, estos nombres nuevos): intentos de denominar un fenómeno que se parece bastante a un huracán, en un lugar del mundo donde no había habido nunca, huracanes. Es solo un ejemplo, hay —habrá— a montones.
También se afinan y mejoran las herramientas para protegernos. El sistema ES-Alert, cada vez más extendido (los ciudadanos de las Islas Baleares lo hemos sentido sonar por primera vez en nuestros móviles este pasado domingo) funciona bien, o razonablemente bien. Los llamamientos de las autoridades y de los medios de comunicación a una ciudadanía cada día más informada y concienciada, también. Fenómenos catastróficos como la dana Adam, que ha causado el confinamiento de casi un millón de personas en el País Valenciano, y que ha dejado precipitaciones espectaculares por donde ha pasado, causan destrozos materiales pero pocas desgracias humanas. Naturalmente no debería haber ninguna, de muerte por lluvias torrenciales, pero usamos la palabra pocas por comparación con los casos en los que ha habido muchas.
Y es aquí donde es inevitable recordar el caso de la dana que causó 230 muertos, también en el País Valenciano, pronto hará dos años. En la mezcla de ineptitud, desvergüenza y mala baba de un consejo de la Generalitat Valenciana que incluía desde una consejera de emergencias que desconocía la existencia del sistema ES-Alert hasta un jefe de gabinete de Presidencia que la reñía (y la detenía) si se le ocurría confinar a la población, pasando naturalmente por un presidente del ejecutivo que se pasó la tarde encerrado en un reservado de un restaurante en compañía de una periodista, sin permitir que nada ni nadie le hiciera salir de allí, mientras los valencianos ya morían ahogados. Y nos hace pensar en la torrentera de indignidad que vino después, con las mentiras y las huidas hacia adelante del impresentable Mazón, que además fue encubierto por su partido hasta que la justicia de parte se ha encargado de obstruir el trabajo de la jueza de Catarroja.
Por más que el PP y su entorno intentaran desviar las responsabilidades hacia todo el mundo que se les puso por delante (y en especial, naturalmente, a Pedro Sánchez), y por más que Mazón haya demostrado que su bajeza no tiene medida, todo el mundo recordará siempre que él y su gobierno fueron los responsables directos de aquellas 230 muertes. Y cada nueva emergencia que se supera sin bajas, o con muy pocas bajas, gracias simplemente a la aplicación de los protocolos de seguridad, los deja más en evidencia.