Los maestros
Leemos en el Ara Balears un testimonio de esta serie extraordinaria, Mis años de escuela, que reconstruye, década a década, la escuela de los que somos mayores hoy, con maestros que ya no existen. Antoni Vidal, nacido en el año 1963, dice: “Un compañero con una deformación en la cara, que hablaba con dificultad, fue ridiculizado por el director ante toda la clase. Le preguntó si ya había acabado de vender cupones. Nadie rio. El silencio fue más elocuente que cualquier risa”.
Me miré con detenimiento, hace tiempo ya, el cuadro de Goya –hoy en el Palacio de la Aljafería–, llamado La letra con sangre entra, porque estoy convencida de que no, que no, que no entra con sangre. La letra con sangre solo sale. Es un cuadro desolador, que transmite suciedad, desorden, dolor, y que explica a los que justifican o justificaban el castigo físico. Uno de los cuentos que más me han impresionado en la vida es Galloping Foxley, de Roald Dahl, sobre el abuso de los chicos de cursos superiores hacia los de cursos inferiores. En la vida real me encontré con una maestra que humillaba a algunas alumnas. Qué fácil es humillar a niños y adolescentes, ¿verdad? Qué barato. Le dije una cosa a esa mujer: “Usted ahora no lo piensa, pero estas niñas un día serán mujeres, y estas mujeres no la olvidarán nunca”.
Hay una cosa en el testimonio que nos ocupa, sin embargo, que me ha hecho reflexionar. No hubo risas, dice. Hubo un silencio elocuente y valiente. No estoy del todo segura de que esto, la ausencia de risas, la complicidad callada, la solidaridad del igual, hoy se produjera en todas partes. Quizás hoy ningún maestro se reiría del físico de nadie, pero no estoy segura de que no se rieran algunos compañeros, con la complicidad o connivencia de algunos de sus padres. Las bromas privadas de los que se quejan de que ahora no se puede decir nada, qué miedo dan, porque van en una dirección siempre: el físico.