Maltratos, eutanasia y sociedades adultas

Estos días hemos sabido dos noticias sucedidas en Cataluña, ambas muy difíciles de digerir: los malos tratos a una criatura, presuntamente causados por sus padres, y la eutanasia que finalmente ha recibido la mujer que la había solicitado y que su padre había estado impidiendo en los tribunales desde hacía casi dos años. No son dos noticias cualesquiera. Y, precisamente porque nos llaman la atención, no podemos quedarnos en la morbosidad y debemos tomárnoslas muy en serio. Y esto significa huir de los juicios sumarísimos sin fundamento y de las obviedades sin interés.

Porque estas noticias tienen unos protagonistas concretos pero hablan de nosotros mismos mucho más de lo que parece. Sale el mal que son capaces de hacer aquellos que se tienen por buenos, el horror en su versión probablemente más imperdonable, los traumas personales y familiares no superados ante los cuales alguien no quiere continuar viviendo, lo que dice la ley de la eutanasia, qué cautelas contiene, qué haríamos nosotros si nos encontráramos en esa situación o el hecho de que muchos cristianos se sitúan en la posición contraria de aquellos que se hacen llamar “abogados cristianos”.

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Me ha recordado el caso de Gisèle Pelicot, que con su valentía a la hora de afrontar el juicio nos obligó a mirar el comportamiento horrible de su marido y de los hombres que la violaron mientras dormía sedada. Aprovechemos la dureza de estas noticias para hablar de ellas con calma, para proponer un debate informado a los menores que pronto dejarán de serlo y entrarán en la edad de las plenas responsabilidades penales. Acercarse a estas noticias con voluntad de entenderlas y de saber más de la sociedad y de nosotros mismos, con más silencios que exabruptos y conclusiones apresuradas, es la única aproximación adulta.