Cómo matar una negociación antes de empezar

Estos últimos días ha vuelto a salir la polémica sobre si la mesa de diálogo que tiene que empezar en septiembre servirá de algo, si ya es inútil y una pérdida de tiempo o es una ocasión que hay que aprovechar. Nada nuevo y, al mismo tiempo, muy esperable, puesto que hay sectores que desean fervorosamente que estas negociaciones fracasen, y cuanto antes mejor. Quien quiere una negociación exprés, en realidad lo que quiere es matarla, y si puede ser antes de empezar mejor.

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Para analizar este curioso y extraño fenómeno, vuelvo a recordar tres datos importantes. La primera es que el 75% de la población catalana querría ser consultada a través de un referéndum. La segunda, que más del 80% rechazan la vía unilateral; y la tercera, que la gente querría ser consultada sobre el futuro político, con la posibilidad de optar sobre varias opciones, no de manera binaria. Todo esto lo tendrían que tener presente las personas que se dedican a la política en Catalunya. El gobierno de España lo sabe perfectamente, aunque no lo parezca. También tengo que añadir una cuestión muy importante, decisiva y condicionadora, y que no han tenido los casos de Quebec y Escocia: aquí partimos de un pasado reciente en el que se probó la vía unilateral, con todo lo que ha comportado, y en el que se hizo un pronunciamiento para declarar la República. Es más, a mediados del diciembre pasado, el Consell per la República publicó un documento con el título “Preparémonos” en el que invitaba a la confrontación, y en el cual se decía que “la declaración de independencia del 27 de octubre del 2017 nunca ha sido derogada ni enmendada, por lo cual es el documento fundacional de la República Catalana”. Todo ello pesa como una losa a la hora de negociar. No se puede hacer ver que no ha pasado nada, y la otra parte lo sabe muy bien, puesto que le condiciona lo que puede hacer, cómo hacerlo y hasta dónde puede llegar. Las negociaciones funcionan teniendo en cuenta el pasado y el presente, y esto condiciona la visión de los futuribles posibles.

Desde comienzos del año pasado, cuando se hizo la primera reunión, todo el mundo sabía con precisión cuáles eran las agendas de cada parte y las líneas rojas que cada cual ponía. De hecho, no ha cambiado casi nada desde aquellos días, y tiene que ser a partir de esta realidad muy conocida que se tendrá que recomenzar, si puede ser con una nueva y mejor estrategia. Es cierto que en las primeras reuniones, las partes exponen sus posiciones y demandas, y muy poco después ya se ve la capacidad de cada parte para ceder, sea poco, mucho o nada. Si la actitud es de intransigencia, no haría falta ni empezar. Si la actitud es más abierta, se buscan nuevas palabras para definir más o menos las mismas cosas para hacerlas más aceptables; se tienen en cuenta las cuestiones que tendrán que ser refrendadas por toda la población española, puesto que requerirá cambios en la Constitución (esto vale también para crear un modelo federal, no solo para independizarse); se recuerda que hay que hacer una pedagogía previa para algunas cosas, y se llega a consensos para definir las mayorías requeridas para hacer cada cosa. Así, el tema de darse el tiempo necesario para que todas estas cuestiones vayan a misa es vital, puesto que es imposible hacerlo rápido y mal. Con esto no quiero decir que se tenga que perder el tiempo, cosa que iría en contra de la efectividad de las negociaciones, sino que no estamos hablando de cosas menores, que hay muchos factores en contra, que es una carrera de obstáculos, y que solo con mucha inteligencia, coraje, paciencia y cintura política se podrá ir avanzando. Y acabo haciendo una propuesta que podría clarificarlo todo y ayudaría mucho a enfocar las negociaciones: llevar a cabo una macroencuesta en Catalunya, con una muestra de 30.000 personas, para preguntarles, en caso de que se hiciera una consulta, aunque no fuera vinculante, qué es lo que votarían sobre cuatro opciones, y si irían a votar o se abstendrían, puesto que la abstención se ha convertido, por desgracia, en un instrumento político de primera categoría para algunos sectores.