Nos hacemos muy mayores
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En tiempos de apocalipsis permanente, que cuando no es el sol que quema, la amenaza son verdugos que se consideran garantes de la paz mientras hablan de aniquilar naciones, sucede la paradoja que está ocurriendo en los países del Primer Mundo: vivimos muchos más años. Japón ya ha superado las 100.000 personas que tienen más de cien años. En Cataluña ya hay más de 3.000. Existe un interés científico por la longevidad, una obsesión por conseguir el elixir de la juventud eterna y una necesidad de residencias y cuidadoras para las personas mayores que no se ha dado nunca tanto como hasta ahora.
A las personas mayores, a quienes muchas veces se califica de abuelos sin saber si lo son (es el único segmento de población al que se le atribuye un genérico de parentesco inventado, porque no vamos diciendo de la gente de mediana edad que son padres o madres), se les trata con una condescendencia relacionada con su estado físico. O se les adora indiscriminadamente porque son viejos o se les infantiliza porque van perdiendo algunas facultades. Cuesta ver la vejez como el final de un camino recorrido, de una vida vivida como se ha querido o podido, de un viaje que depende tanto de factores externos como internos. Cuesta ver a la persona mayor como persona adulta. Haber perdido capacidad auditiva no tiene nada que ver con perder la capacidad comprensiva. Y a menudo se habla con las personas mayores como si tuvieran un problema mental, cuando lo único que tienen es sordera. Cuando pienso en cómo me gustaría que me trataran si llego a hacerme vieja, me da mucho miedo pensar que será de la manera como veo que se trata la vejez en general. Como algo pesado y tedioso que se tiene que aguantar porque no queda otro remedio. Como un lastre social que está en la sala de espera de la muerte esperando que le toque el turno. Como un estorbo sin ninguna experiencia vital, una medusa sin capacidad de picar, flotando en un mar de viejos. Esto, o todo lo contrario. Porque hay una exaltación de la vejez activa. Pero, ¿y si llegas a un punto en que ya te has cansado de la actividad? ¿Por qué se valora todo el tiempo a las personas que no paran de hacer cosas y se menosprecian las más contemplativas? ¿Es que no tenemos derecho a parar nunca? También pienso en cuál querría que fuera mi límite. Qué dejaría que me arreglaran y qué no aunque eso significara vivir menos. No es fácil. No lo es sin haber envejecido y no lo es cuando ya lo hemos hecho. Pero sí que creo que está bien pensarlo con serenidad.
La vejez no es un tramo plácido. Los humanos, si llegamos a viejos, podemos acabar cerrando un círculo que empezamos cuando nacimos: nos tienen que dar de comer y perdemos el control de los esfínteres. De hecho, hay un dato muy significativo: en Japón, hace más de diez años que la venta de pañales para adultos supera la de pañales para bebés. Y el dato no es solo significativo porque sea llamativo. Lo es también porque cuando hablamos de una vida larga, tenemos que pensar en las necesidades de estas sociedades cada vez más envejecidas, con sus problemas evidentes y sus dilemas éticos. No lo tenemos resuelto. Pero como el apocalipsis todavía no llega, tenemos tiempo para intentar hacerlo un poco mejor.