Ha muerto el Tito

“Ha muerto el Tito”, dice una de las señoras que –es muy divertido de ver– juegan al bridge en esta pastelería, medio elegante, medio decadente, de las que tienen bocadillos fríos de carne empanada, envueltos, y esos sándwiches en forma de triángulo, de los que toman, a la hora del té, los protagonistas de La importancia de ser Frank.

De seguida entiendo que el Tito era una persona, pero que no les da mucha pena. Se lo esperaban. La que lo explica da detalles de cómo lo encontraron. Se ve que se cayó, porque tenía un chichón en la frente, dice que dicen los Mossos. El caso es que la señora explica, también, que ha dado el pésame a la familia. Y lo ha hecho por WhatsApp “para no invadir”. De seguida las otras hacen movimientos de cabeza que indican que lo aprueban. “La privacidad ante todo”, dice una, que toma gintónic. “¿Y qué has puesto?”, pregunta la otra. “Ah, se lo he pedido a la IA”, contesta ella. “Le he dicho que me dé el pésame con palabras bonitas y sin castellanismos, que el Tito era muy catalán”, exclama, medio riendo. “¿Y te lo ha hecho bien?”, le pregunta la que toma cava. “Mucho, porque era como si lo estuviera diciendo yo. Una cosa con sentimiento”. Todas lo encuentran tan fantástico que consideran que ellas también lo tendrán que hacer. “Yo también le pediré a la IA que me lo haga”.

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De repente, aquello las ilusiona. El bridge queda en un segundo plano, porque todas quieren dar el pésame a la familia del Tito. Y lo quieren hacer en ese momento. “Pero ¿nos lo hará personal, no? No nos escribirá lo mismo, ¿no?”

La que ha explicado la noticia sonríe. “Es como cuando nos hicimos el perfil de Instagram. La foto tenía filtros, pero a cada una le filtraba diferente. Somos nosotras, pero mejoradas”.

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Yo también sonrío. Antes había escribientes y ahora hay IA, para mejorar la escritura. Antes había fajas y ahora hay filtros de fotos, para mejorar la figura. Antes había religión y ahora hay tazas de Mr. Wonderful, para mejorar el alma. Lástima que el Tito no lo puede ver.