Dos mujeres que no conozco

3 min
Imagen del día del desahucio de Mari Carmen Abascal, en Madrid.
29/09/2026 - 18:02 h
Filósofo
Traducción CAST automática
  • CAT
  • ENG

La semana pasada, los medios me acercaron virtualmente a dos mujeres que, por razones diferentes, me llamaron la atención. Una era la diputada del PP por Ourense Ana Vázquez, de 51 años; la otra, Maricarmen Abascal, pensionista madrileña de 87 que fue desahuciada por orden judicial. No entraré en el trasfondo que motivó sus respectivas (omni)presencias mediáticas a lo largo de unas horas porque de lo contrario el artículo acabaría siendo el típico batiburrillo argumental de tertulia acelerada. Me centraré en la manera como esta breve (omni)presencia condicionará el resto de su vida, hagan lo que hagan. De la diputada Vázquez me dejó perplejo su vulgaridad, más allá del numerito del gas de defensa: la gestualidad, la dicción, aquella mirada impertinente... De la pensionista Abascal, en cambio, me sorprendió una serenidad que, dada la situación, todavía impresionaba más. No sé gran cosa más, de estas dos mujeres, especialmente de la mayor. He leído que Vázquez opositó al cuerpo de la Policía Nacional, pero saltó a la política ya a los 25 años, y que Abascal trabajó de secretaria en una empresa farmacéutica norteamericana a lo largo de más de tres décadas. Tengo una certeza, sin embargo: los andywarholianos 15 minutos de gloria de ambas señoras se intentarán alargar por razones que tienen poco que ver con la finalidad esencial del periodismo, la cual —lo recuerdo por si alguien se ha olvidado— no es otra que informar con rigor y veracidad. Es probable que Ana Vázquez cometiera una infracción más o menos grave en sede parlamentaria, y es razonable pensar que Maricarmen Abascal personifique una situación a la que no se debería haber llegado. La manera en que los medios deglutirán ambos casos, sin embargo, ya es otro tema. Su historia mediática, tan breve y ruidosa, seguramente no se desvanecerá con la misma rapidez con la que irrumpió. Al contrario: aunque muchos se olviden, quedará adherida a su biografía pública como una especie de segunda piel, una capa de interpretaciones que ellas no han elegido y que, aun así, se tendrán que tragar. Es el precio de haber sido transformadas por obra del azar en símbolos involuntarios. A partir de ahora, cualquier gesto de Vázquez será filtrado por la caricatura de su desafortunado numerito; cualquier aparición de Abascal, por la imagen de vulnerabilidad que le han atribuido. Y es aquí donde el periodismo, cuando abdica de su función esencial, deja de ser un instrumento de comprensión para convertirse en un peligroso mecanismo de solidificación o fijación: congela a personas en un solo fotograma y las condena a representarlo indefinidamente. Un ejemplo que la gente de mi generación quizás recordará: el año 1975, el presidente de los Estados Unidos Gerald Ford (1913-2006) pasó de ser un político a ser solo "el hombre que se caía por las escaleras de los aviones".

Lo que me preocupa no es tanto lo que han hecho o dejado de hacer las dos mujeres que protagonizan este papel, o el mismo presidente Ford, como lo que les harán hacer: repetirse, encarnar un papel que no han elegido (en el caso del pobre Ford, a título póstumo: eternamente). La diputada tendrá que convivir con una etiqueta que la reducirá a un episodio, quizá como aquel compañero suyo de partido que se equivocó en una votación decisiva. La pensionista desahuciada, con una narrativa que la convertirá en emblema de un problema que, por razones obvias, la supera. De esta manera, el relato mediático, que debería ser un puente hacia la factualidad, se convertirá en una especie de espejo deformante que obliga a contemplar a estas dos personas siempre desde el mismo ángulo. Quizá es inevitable, pero no deja de ser inquietante. La gloria dura quince minutos; la simplificación de la propia imagen, en cambio, no acostumbra a tener fecha de caducidad. Más allá de la coincidencia en el tiempo, ¿estamos ante dos historias paralelas o equiparables? No, en absoluto. La presencia pública de la diputada Vázquez, tertuliana de estilo hardcore, es voluntaria y está bien remunerada; la de la pensionista desahuciada de 87 años es totalmente accidental. Esto no significa, evidentemente, que la primera pueda ser tratada como un muñeco de feria y la segunda como si fuera una santa laica, pero sí que marca una diferencia moral que tengo muy clara a la hora de adjetivarlas. En todo caso, la que me hace sufrir más es la señora Abascal, que tiene la edad de mis padres. La tentación de instrumentalizar políticamente su historia en un sentido o en otro es irresistible. La posibilidad de que esta instrumentalización se transforme en un circo con muchos payasos y leones, tan poco recomendable para una persona de su edad, es considerable. 

stats